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Del clasicismo al romanticismo y el análisis simbólico

01/08/2009

[...] Sin riesgo excesivo, podemos afirmar que hay clasicismo allí donde las culturas quedan excluidas en beneficio de la razón, allí donde se ignora el sentido en beneficio de la verdad (hasta el punto de que se prefiere menospreciar la razón antes que admitir una significación racional cualquiera a los contenidos culturales, como puede advertirse, por ejemplo, en Pascal). Al generalizar la idea clásica de lo verdadero y admitir la noción de sentido, el romanticismo es un intento de asumir y promover los contenidos culturales como tales; introduce así ese proyecto, con el que todavía vivimos, de comprender el pluralismo de las significaciones, de decodificar todos los lenguajes que no son necesariamente los de la razón pura.

Para llevar a buen término ese proyecto el romanticismo debió constituir pacientemente un método propio, así como el clasicismo tuvo el suyo en su búsqueda de la verdad. Ahora bien, para ganar tiempo y no demorarnos en estas precisiones liminares, se nos puede conceder asimismo, sin riesgo excesivo, que la verdad metódica del romanticismo es la técnica de análisis simbólico. Si el problema clásico es la verdad y el campo de ese problema la razón, el problema romántico es el sentido y su campo el conjunto histórico de las actitudes humanas; el horizonte metódico del primero es el del orden (deducciones, temas, condiciones, etcétera), el horizonte metódico del segundo es el del símbolo. Para mantenerse fiel al ideal de orden es necesario y suficiente que exista un modelo en que el orden sea ideal y esté perfectamente realizado: ese modelo fue suministrado por las ciencias estrictas. El orden matemático, el de las ciencias exactas, etcétera, era el arquetipo del método clásico, que este trataba de imitar; arquetipo, es decir, modelo eminente. A partir del momento en que se amplía el campo de los interrogantes, a partir del momento en que la oscuridad del sentido debe ser asumida como tal, el arquetipo de referencia se halla desadaptado. El ámbito del sentido ya no imita ningún arquetipo riguroso u ordenado, ningún modelo que haya nacido de la razón completamente armada. Es preciso elegir entonces un arquetipo en el ámbito mismo del sentido y proyectar sobre ese modelo toda la esencia del contenido cultural analizado. En lugar de referirse a un modelo ideal como índice normativo, hay que constituir un modelo concreto en el interior mismo del campo analizado y referirse a su contenido más que a su orden. Tal contenido ya no imita un modelo ideal: repite, contenido por contenido, un símbolo universal y concreto. En aquel tiempo los símbolos descendieron del cielo a la tierra, pero no del todo, pues solo descendieron del cielo de las ideas a la tierra o a la historia de los mitos*. En este sentido, la técnica de los análisis de Hegel, Nietzsche y Freud es simbólica y arquetípica: el problema es saber dónde elegir el arquetipo, de qué conjunto simbólico tomarlo. En líneas generales, los análisis simbólicos del siglo XIX escogen sus modelos en la historia mítica: Apolo, Dionisio, Ariadna, Zaratustra, Electra, Edipo, etcétera, representan eminentemente (simbolizan) la totalidad de la esencia de un contenido cultural de significación.** Se comprende y asume el sentido de ese contenido cuando se muestra que recomienza y reitera el arquetipo, que lo realiza nuevamente, que lo hace pasar del mito a la historia, de lo Eterno a lo evolutivo. Del contenido a su símbolo hay correspondencia de sentido a sentido, y esa correspondencia engendra la historia o el Eterno Retorno de manera que la técnica del análisis simbólico está ligada a la concepción de la historia; e inversamente, las tipologías históricas son engendradas por el conjunto de arquetipos elegido. Se comprende entonces lo que significa análisis simbólico: proyección de una densidad de sentido en un único y denso arquetipo, ubicado en un origen histórico lo más lejano (lo más arcaico) posible. Por eso el conjunto de modelos elegido es la historia mítica, porque el mito no es solamente símbolo, sino también origen límite. Del clasicismo al romanticismo, la noción de modelo pasa de lo claro a lo oscuro (es decir, en el campo de los problemas, de lo verdadero a lo significante), de lo normativo a lo simbólico, de lo trascendente a lo original.*** Por lo que se refiere al hombre, el ámbito de referencia pasa de lo racional a la totalidad de las funciones significantes.

Este rápido análisis muestra las nociones con las que hemos vivido hasta ayer: problema del sentido y del signo, simbolismo y lenguajes, arquetipos e historia, comprensión de contenidos culturales oscuros, fascinación de lo original y de lo originario, y así sucesivamente. Pero lo que hay que subrayar es la variación de los modelos elegidos. Hay algo de lo que no se tuvo conciencia, pero que ahora es para nosotros tan claro como la luz del sol: que al variar de problemas, hemos variado de referencias; que el análisis simbólico del romanticismo no es un milagro metódico original, sino una etapa en una variación. Al plantear el problema de lo verdadero, la matemática se nos aparece como instrumento límite; al plantear el problema de la experiencia, encontramos la mecánica, la física o la filosofía de la naturaleza, pero al plantear el problema de la significación de las culturas, hallamos el conjunto de los arquetipos suministrados por la memoria inmemorial de la humanidad. La naturaleza y la función del modelo varían, pero lo que nos interesa es la variación.

* Y aquí se ve que lo puro se convierte en lo mítico, y que este último es a la vez universal y singular.

** El análisis simbólico invita, pues, a comprender la historia (en el sentido amplio) por el conjunto de sus arquetipos mitológicos. Si se midiera el alejamiento de estos símbolos de su sentido histórico, se advertiría que a medida que el análisis simbólico se perfecciona en fineza y en precisión, tal alejamiento se reduce: en el límite, se obtiene la técnica de G. Dumézil, para quien cierta historia es el mito mismo.

*** Evidentemente, habría que precisar estas observaciones demasiado amplias. Por ejemplo, en la época clásica, un filósofo como Leibniz practica ya esas transiciones de la verdad al sentido, de lo claro a lo oscuro, de lo normativo a lo simbólico, de lo trascendente a lo original. Por consiguiente, en él podemos encontrar un método clásico, un método simbólico, y —ya entonces— un método estructural. Sin dejar de ser clásico, se interesa en los contenidos culturales (literatura, historia, filología, etcétera);  conserva el ideal de claridad y de distinción, pero desea asumir lo oscuro como tal.

Michel SerresAnalyse symbolique et méthode structurale, publicado en Revue Philosophique de la France et de l’Étranger, N° 4, 1967. Análisis simbólico y método estructural.

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