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Secretos

02/07/2018
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… En medio de ellos, Célestin Duclos, estrechando contra sí a una chica alta de mejillas rojas, a caballo sobre sus piernas, la miraba con ardor. Menos curda que los otros, y no porque hubiera bebido menos, tenía aún otros pensamientos y, más tierno, trataba de charlar. Las ideas se le escapaban un poco, se iban, regresaban y desaparecían sin que pudiera acordarse exactamente de lo que había querido decir.

Reía, repitiendo:

«Entonces, entonces… ¿hace mucho que estás aquí?»
«Seis meses», respondió la chica.
Pareció encantado por ella, como si hubiera sido una prueba de buena conducta, y prosiguió:
«¿Te gusta esta vida?»
Ella vaciló, y después, resignada:
«Se acostumbra una. No es más fastidiosa que otra. Ser criada o buscona, siempre son oficios sucios.»
Él pareció aprobar de nuevo esta verdad.
«No eres de aquí», dijo.
Ella dijo que no con la cabeza, sin responder.
«¿Eres de lejos?»
Ella dijo que sí de la misma manera.
«¿Y de dónde?»
Pareció buscar en sus recuerdos, refrescarlos, después murmuró:
«De Perpiñán.»
Quedó de nuevo muy satisfecho y dijo:
«¡Ah! ¿Sí?»
A su vez ella preguntó:
«Y tú, ¿eres marinero?»
«Sí, hermosa.»
«¿Vienes de lejos?»
«¡Ah, sí! He visto países, puertos, de todo.»
«¿Quizás has dado la vuelta al mundo?»
«Ya lo creo, y más de una vez».
De nuevo ella pareció vacilar, buscar en su cabeza una cosa olvidada, y después, con voz un poco diferente, más seria:
«¿Has visto muchos navíos en tus viajes?»
«Ya lo creo, hermosa.»
«¿No habrás visto el ‹Notre-Dame-des-Vents›, por casualidad?»
Él se rió burlón:
«La semana pasada.»
Ella palideció, toda la sangre abandonó sus mejillas, y preguntó:
«¿De verdad, de verdad de la buena?», preguntó ella.
«De verdad, como ahora te estoy hablando.»
«¿No me estarás mintiendo, al menos?»
Él levantó la mano.
«¡Lo juro ante Dios!», dijo.
«Entonces, ¿sabes si Célestin Duclos sigue embarcado en él?»
Sorprendido, inquieto, quiso, antes de responder, saber más cosas.
«¿Lo conoces?»
A su vez ella desconfió.
«¡Oh, yo no! ¡Hay una mujer que lo conoce!»
«¿Una mujer de aquí?»
«No, de al lado.»
«¿En la misma calle?»
«No, en otra.»
«¿Qué mujer?»
«Pues una mujer, una mujer como yo.»
«¿Y qué es lo que quiere esa mujer de él?»
«¡Y yo qué sé! ¿Qué pasa?»
Se miraron fijamente, para espiarse, sintiendo, adivinando que algo grave iba a surgir entre ellos.
Él prosiguió:
«¿Puedo ver a esa mujer?»
«¿Y qué le dirías?»
«Le diría… le diría… que he visto a Célestin Duclos.»
«¿Estaba bien, al menos?»
«Como tú y como yo, es un buen tipo.»
Ella enmudeció de nuevo, ordenando sus ideas, y después, con lentitud:
«¿Y a dónde iba el ‹Notre-Dame-des-Vents›?»
«Pues a Marsella, claro». No pudo reprimir un sobresalto. «¿De verdad de la buena?»
«De verdad de la buena.»
«¿Conoces a Duclos?»
«Sí, lo conozco.»
Vaciló otra vez, y después, muy despacito:
«Bueno. ¡Está bien!»
«¿Qué es lo que quieres de él?»
«Escucha, dile… ¡no, nada!»
Él la seguía mirando, cada vez más molesto. Al final quiso saberlo.
«¿Y tú, tú lo conoces?»
«No, dijo ella.»
«Entonces, ¿qué quieres de él?»
Ella tomó bruscamente una resolución, se levantó, corrió a la barra donde reinaba la patrona, cogió un limón que partió y cuyo zumo exprimió en un vaso, después llenó de agua el vaso y, trayéndolo:
«¡Bébete esto!»
«¿Para qué?»
«Para que se te pase el vino. Te hablaré después.»
Él bebió dócilmente, se limpió los labios con el dorso de la mano, y luego anunció:
«Ya está, te escucho.»
«Vas a prometerme que no le contarás que me has visto, ni por quien sabes lo que voy a decirte. Tienes que jurarlo.»
«Lo juro.»
«¿Por Dios?»
«Por Dios.»
«Pues bueno, dile que su padre ha muerto, que su madre ha muerto, que su hermano ha muerto, los tres en un mes, de fiebres tifoideas, en enero de 1883, hace ya tres años y medio.»
A su vez, él sintió que toda la sangre se le helaba en el cuerpo, y se quedó durante unos instantes tan impresionado que no se le ocurrió nada que responder; después le entraron dudas y preguntó:
«¿Estás segura?»
«Estoy segura.»
«¿Quién te lo ha dicho?»
Ella le puso las manos en los hombros, y mirándolo desde lo más hondo en los ojos:
«¿Me juras que no te irás de la lengua?»
«Te lo juro.»
«¡Soy su hermana!»
Sin quererlo él soltó su nombre:
«¿Françoise?»
Ella lo contempló de nuevo fijamente, después, sublevada por un espanto loco, por un profundo horror, murmuró muy bajo, casi para sí:
«¡Oh! ¡Oh! ¿Eres tú, Célestin?»
No se movieron, sin quitarse ojo.
A su alrededor, los camaradas seguían chillando. El ruido de los vasos, de los puñetazos, del taconeo que acompañaba las coplas y los gritos agudos de las mujeres se mezclaban con el jaleo de las canciones.
Él la sentía sobre sí, enlazada a él, cálida y aterrada, ¡a su hermana! Entonces, muy bajito, por miedo a que alguien lo escuchara, tan bajo que ella apenas lo oyó:
«¡Qué desgracia! ¡Menuda cochinada que hemos hecho!»
A ella, en un segundo, se le llenaron los ojos de lágrimas, y balbuceó:
«¿Qué puedo hacer?»
Pero él preguntó de pronto:
«Entonces, ¿han muerto?»
«Han muerto.»
«¿Padre, madre, y mi hermano?»
«Los tres en un mes, como te dije. Me quedé sola, sin más que mis cuatro trapos, en vista de que debíamos la farmacia, el médico y el entierro de los tres difuntos, que pagué con los muebles.
«Entré entonces de sirvienta en casa del señor Cacheux, ya sabes, el cojo. Tenía quince años justos en ese momento porque cuando te marchaste aún no tenía catorce. Con él empezó. ¡Una es tan tonta cuando es joven! Luego estuve de criada con el notario, que también me corrompió y me llevó al Havre, a una habitación. Pronto no volvió más; pasé tres días sin comer y luego, como no encontraba trabajo, entré en una casa, como otras muchas. ¡También yo he visto mundo! ¡Ah, y un mundo bien sucio! Ruán, Evreux, Lille, Burdeos, Perpiñán, Niza, y luego Marsella, ¡y aquí me tienes!»
Las lágrimas le salían de los ojos y de la nariz, mojaban sus mejillas, le corrían hasta la boca.
Prosiguió:
«¡Te creía muerto también, pobre Célestin!»
Él dijo:
«No te habría reconocido, eras tan pequeña entonces, ¡y ahora estás tan grande! Pero ¿cómo no me reconociste tú?»
Ella tuvo un gesto desesperado.
«Veo tantos hombres que todos me parecen iguales.» Él seguía mirándola a lo hondo de los ojos, oprimido por una emoción confusa y tan intensa que le daban ganas de gritar como un crío al que pegan. La tenía aún entre sus brazos, a caballo sobre él, las manos abiertas en la espalda de la chica, y a fuerza de mirarla la reconoció por fin, a la hermanita dejada en el pueblo con todos aquellos a quienes había visto morir, ella, mientras él corría los mares. Entonces, cogiendo de pronto entre sus gruesas manazas de marinero aquella cabeza recobrada, se puso a besarla como se besa a una hermana. Después, unos sollozos de hombre, largos como olas, ascendieron por su garganta, semejantes a hipos de borrachera.
Balbucía:
«Aquí estás, aquí estás, Françoise, mi pequeña Françoise…»

Guy de Maupassant. El puerto

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21/06/2018

2. Musik. Rita tanzt.

OFFIZIER: Warum ausgerechnet Film. Fällt dir nichts Besseres ein. Ärztin, Lehrerin. Das hat Zukunft. Zum Studium kann ich dir verhelfen.

RITA lacht: Lehrerin. Vor zwanzig Schwachsinnigen das ABC herbeten. Jedes Jahr aufs neue. Ärztin. Alten Weibern den Finger in den Hintern stecken. Jeden Tag. Dann hätt’ ich besser gleich in meiner Mutter bleiben sollen. Arbeiten kann, wer keine Lust zum Leben hat. Für Leute mit Verstand gibts nur zwei Möglichkeiten: Künstler oder Krimineller.

Thomas Brasch. Lovely Rita (1975).

Einsamkeit

11/06/2018
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Wenn man von den Einsamen spricht, setzt man immer zuviel voraus. Man meint, die Leute wüßten, um was es sich handelt. Nein, sie wissen es nicht. Sie haben nie einen Einsamen gesehen, sie haben ihn nur gehaßt, ohne ihn zu kennen. Sie sind seine Nachbaren gewesen, die ihn aufbrauchten, und die Stimmen im Nebenzimmer, die ihn versuchten. Sie haben die Dinge aufgereizt gegen ihn, daß sie lärmten und ihn übertönten. Die Kinder verbanden sich wider ihn, da er zart und ein Kind war, und mit jedem Wachsen wuchs er gegen die Erwachsenen an. Sie spürten ihn auf in seinem Versteck wie ein jagdbares Tier, und seine lange Jugend war ohne Schonzeit. Und wenn er sich nicht erschöpfen ließ und davonkam, so schrieen sie über das, was von ihm ausging, und nannten es häßlich und verdächtigten es. Und hörte er nicht darauf, so wurden sie deutlicher und aßen ihm sein Essen weg und atmeten ihm seine Luft aus und spieen in seine Armut, daß sie ihm widerwärtig würde. Sie brachten Verruf über ihn wie über einen Ansteckenden und warfen ihm Steine nach, damit er sich rascher entfernte. Und sie hatten recht in ihrem alten Instinkt: denn er war wirklich ihr Feind.

Aber dann, wenn er nicht aufsah, besannen sie sich. Sie ahnten, daß sie ihm mit alledem seinen Willen taten; daß sie ihn in seinem Alleinsein bestärkten und ihm halfen, sich abzuscheiden von ihnen für immer. Und nun schlugen sie um und wandten das Letzte an, das Äußerste, den anderen Widerstand: den Ruhm. Und bei diesem Lärmen blickte fast jeder auf und wurde zerstreut.

Rainer Maria Rilke. Die Aufzeichnungen des Malte Laurids Brigge, 1910.

Del suicidio

02/06/2018

Cómo he comprendido a aquellos que, débiles, acosados por la mala suerte, habiendo perdido a los seres queridos, despertados del sueño de una recompensa tardía, de la ilusión de otra existencia donde Dios por fin sería justo, tras haber sido feroz; y desengañados de los espejismos de la felicidad, se han hartado y quieren acabar con este drama sin tregua o con esta vergonzosa comedia.

¡El suicidio! Pero ¡si es la fuerza de quienes ya no tienen nada, es la esperanza de quienes ya no creen, es el sublime valor de los vencidos! Sí, hay una puerta por lo menos en esta vida, siempre podemos abrirla y pasar al otro lado. La naturaleza ha tenido un movimiento de piedad; no nos ha aprisionado. ¡Gracias en nombre de los desesperados!

Guy de Maupassant. La Dormilona / L’endormeuse, (1889).

27/05/2018

Was ich habe, will ich nicht verlieren, aber
wo ich bin, will ich nicht bleiben, aber
die ich liebe, will ich nicht verlassen, aber
die ich kenne, will ich nicht mehr sehen, aber
wo ich lebe, da will ich nicht sterben, aber
wo ich sterbe, da will ich nicht hin:
Bleiben will ich, wo ich nie gewesen bin.

Thomas Brasch. Der Papiertiger / Kargo. 32. Versuch auf einem untergehenden Schiff aus der eigenen Haut zu entkommen, (1977).

¿Qué es la dictadura del proletariado?

03/05/2018

La dictadura del proletariado –como ya he dicho más de una vez y, por cierto, también en mi discurso del 12 de marzo en la reunión del Soviet de diputados de Petrogrado– no es sólo el ejercicio de la violencia sobre los explotadores, ni siquiera es principalmente violencia. La base económica de esta violencia revolucionaria, la garantía de su vitalidad y éxito, está en que el proletariado representa y pone en práctica un tipo más elevado de organización social del trabajo que el capitalismo. Esto es lo esencial. En ello radica la fuerza y la garantía del triunfo inevitable y completo del comunismo.

La organización feudal del trabajo social se fundaba en la disciplina del látigo, en la ignorancia y el embrutecimiento extremos de los trabajadores, expoliados y escarnecidos por un puñado de terratenientes. La organización capitalista del trabajo social se basaba en la disciplina del hambre, y la inmensa masa de trabajadores, a pesar de todos los progresos de la cultura y la democracia burguesas, ha seguido siendo, incluso en las repúblicas más avanzadas, más civilizadas y más democráticas, la masa oscura y oprimida de esclavos asalariados o de campesinos aplastados, expoliados y vejados por un puñado de capitalistas. La organización comunista del trabajo social, el primer paso hacia la cual es el socialismo, se basa y se basará cada día más en la disciplina libre y consciente de los trabajadores mismos, que se han sacudido el yugo de los terratenientes y los capitalistas.

Esta disciplina nueva no cae del cielo ni se consigue con buenas intenciones, sino que nace exclusivamente de las condiciones materiales de la gran producción capitalista, sin las cuales es imposible. Y el portador o vehículo de estas condiciones materiales es una determinada clase histórica, creada, organizada, agrupada, instruida, educada y forjada por el gran capitalismo. Esta clase es el proletariado.

La dictadura del proletariado, si traducimos esta expresión latina, científica, histórico-filosófica, a un lenguaje más sencillo, significa lo siguiente:

Sólo una clase determinada, a saber, los obreros urbanos y, en general, los obreros fabriles, los obreros industriales, está en condiciones de dirigir a toda la masa de trabajadores y explotados en la lucha por derrocar el yugo del capital, en el proceso mismo de su derrocamiento, en la lucha por mantener y consolidar el triunfo, en la creación del nuevo régimen social, del régimen socialista, en toda la lucha por la supresión completa de las clases. (Hagamos notar, entre paréntesis, que la diferencia científica entre el socialismo y el comunismo consiste únicamente en que el primer término designa la primera fase de la sociedad nueva que brota del capitalismo, mientras que el segundo término designa una fase superior y más avanzada de dicha sociedad.)

El error de la Internacional amarilla “de Berna” (1) consiste en que sus líderes reconocen sólo de palabra la lucha de clases y el papel dirigente del proletariado, temiendo llevar sus ideas hasta el fin, temiendo precisamente la inevitable deducción que tan singular horror causa a la burguesía y que esta no puede admitir de ninguna manera. Tienen miedo de reconocer que la dictadura del proletariado es también un período de lucha de clases, la cual es inevitable mientras las clases no hayan sido suprimidas y reviste diversas formas, siendo particularmente violenta y específica durante el primer período después de derrocado el capital. Una vez conquistado el poder político, el proletariado no ceja en su lucha de clase, sino que la continúa hasta que las clases hayan sido suprimidas, pero, naturalmente, en otras condiciones, bajo otra forma y con otros medios.

¿Qué quiere decir “supresión de las clases”? Todos los que se llaman socialistas reconocen este objetivo final del socialismo, pero no todos, ni mucho menos, reflexionan sobre el alcance de dichas palabras. Las clases son grandes grupos de hombres que se diferencian entre sí por el lugar que ocupan en un sistema de producción social históricamente determinado, por las relaciones en que se encuentran con respecto a los medios de producción (relaciones que en su mayor parte las leyes refrendan y formalizan), por el papel que desempeñan en la organización social del trabajo, y, consiguientemente, por el modo de percibir y la proporción en que perciben la parte de riqueza social de que disponen. Las clases son grupos humanos, uno de los cuales puede apropiarse el trabajo de otro por ocupar puestos diferentes en un régimen determinado de economía social.

Es evidente que, para suprimir por completo las clases, no basta con derrocar a los explotadores, a los terratenientes y capitalistas, no basta con suprimir su propiedad, sino que es imprescindible también suprimir toda propiedad privada sobre los medios de producción; es necesario suprimir la diferencia existente entre la ciudad y el campo, así como entre los trabajadores manuales e intelectuales. Esta obra exige mucho tiempo. Para realizarla, hay que dar un gigantesco paso adelante en el desarrollo de las fuerzas productivas, hay que vencer la resistencia (muchas veces pasiva y mucho más tenaz y difícil de vencer) de los numerosos vestigios de la pequeña producción, hay que vencer la enorme fuerza de la costumbre y la rutina que estos vestigios llevan consigo.

Suponer que todos los “trabajadores” están igualmente capacitados para realizar esta obra, sería decir la frase más vacía o hacerse ilusiones de socialista antediluviano, premarxista. Porque esta capacidad no se da por sí misma, sino que se forma históricamente y sólo en las condiciones materiales de la gran producción capitalista. En los comienzos del tránsito del capitalismo al socialismo, únicamente el proletariado posee esta capacidad. Y puede cumplir la gigantesca misión que le incumbe, primero, porque es la clase más fuerte y más avanzada de las sociedades civilizadas; segundo, porque en los países más desarrollados constituye la mayoría de la población; tercero, porque en los países capitalistas atrasados, como Rusia, la mayoría de la población se compone de semiproletarios, es decir, de hombres que durante una parte del año viven como proletarios, que sistemáticamente se ganan el sustento, en cierta medida, recurriendo al trabajo asalariado en empresas capitalistas.

Quienes intentan resolver los problemas del tránsito del capitalismo al socialismo con tópicos sobre la libertad, la igualdad, la democracia en general, la igualdad de la democracia laboral, etc. (como hacen Kautsky, Martov y demás personajes de la Internacional amarilla de Berna), lo único que consiguen es poner al desnudo su naturaleza de pequeños burgueses, de filisteos, de espíritus mezquinos, que se arrastran serviles tras la burguesía en el aspecto ideológico. Este problema sólo puede resolverlo de un modo acertado un estudio concreto de las relaciones especiales existentes entre la clase específica que ha conquistado el poder político, o sea, el proletariado, y toda la masa no proletaria y semiproletaria de los trabajadores; y estas relaciones no se establecen, por cierto, en una situación fantásticamente armónica, “ideal”, sino en una situación real de encarnizada y múltiple resistencia de la burguesía.

En cualquier país capitalista, incluida Rusia, la inmensa mayoría de la población –y tanto más la inmensa mayoría de la población trabajadora– ha sentido mil veces sobre ella y sus familiares el yugo del capital, su pillaje y toda clase de vejaciones. La guerra imperialista –es decir, el asesinato de diez millones de hombres para decidir si debía pertenecer al capital inglés o al capital alemán la primacía en el saqueo del mundo entero– ha avivado, ampliado y profundizado extraordinariamente todos estos sufrimientos, forzando a las masas a adquirir conciencia de ellos. De aquí arranca la inevitable simpatía de la inmensa mayoría de la población, sobre todo de la masa de trabajadores, hacia el proletariado, pues este, con heroica audacia, con rigor revolucionario, abate el yugo del capital, derriba a los explotadores, vence su resistencia y, derramando su propia sangre, abre el camino que conduce a la creación de una sociedad nueva, en la cual no habrá ya sitio para los explotadores.

Por grandes e inevitables que sean las vacilaciones pequeñoburguesas de las masas no proletarias y semiproletarias de la población trabajadora, sus oscilaciones hacia el “orden” burgués, bajo el “ala” de la burguesía, estas masas no pueden dejar de reconocer la autoridad moral y política del proletariado, el cual no se limita a derrocar a los explotadores y vencer su resistencia, sino que establece unas relaciones sociales nuevas y más elevadas, una nueva disciplina social: la disciplina de los trabajadores conscientes y unidos, que no conocen ningún yugo, que no conocen ningún poder, fuera del de su propia unión, del de su propia vanguardia, más consciente, más audaz, más compacta, más revolucionaria, más firme.

Para triunfar, para crear y consolidar el socialismo, el proletariado debe resolver una tarea doble, o, más bien, una tarea única con dos aspectos: primero, con su heroísmo a toda prueba en la lucha revolucionaria contra el capital, atraer a toda la masa de trabajadores y explotados, organizarla, dirigir sus esfuerzos para derrocar a la burguesía y aplastar plenamente cualquier resistencia por parte de esta; segundo, conducir a toda la masa de trabajadores y explotados, así como a todos los sectores de la pequeña burguesía, al camino de la nueva construcción económica, al camino de la creación de las nuevas relaciones sociales, de una nueva disciplina laboral y de una nueva organización del trabajo que conjugue el aprovechamiento de la última palabra de la ciencia y la técnica capitalista con la agrupación en masa de los trabajadores conscientes, entregados a la gran producción socialista.

Esta segunda tarea es más difícil que la primera, porque no puede ser cumplida en modo alguno con un esfuerzo heroico, momentáneo, sino que exige el heroísmo más prolongado, más tenaz, y difícil: el del trabajo cotidiano y masivo. Pero esta tarea es también más esencial que la primera, porque, en fin de cuentas, la fuente más profunda de la fuerza necesaria para vencer a la burguesía y la única garantía de solidez y seguridad de estas victorias residen únicamente en un modo nuevo y superior de producción social, en la sustitución de la producción capitalista y pequeñoburguesa por la gran producción socialista.

(1) Internacional de Berna: Se dio este nombre a la agrupación de partidos socialchovinistas y centristas creada en la Conferencia de Berna de febrero de 1919 para establecer la II Internacional. Lenin hizo la crítica de la Intenacional de Berna en su artículo La tarea de la III Internacional y en otras obras.

Wladimir Lenin. Una gran iniciativa, (28 de junio de 1919).

Ein Dichter

11/04/2018
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Bibliothèque Nationale.

Ich sitze und lese einen Dichter. Es sind viele Leute im Saal, aber man spürt sie nicht. Sie sind in den Büchern. Manchmal bewegen sie sich in den Blättern, wie Menschen, die schlafen und sich umwenden zwischen zwei Träumen. Ach, wie gut ist es doch, unter lesenden Menschen zu sein. Warum sind sie nicht immer so? Du kannst hingehen zu einem und ihn leise anrühren: er fühlt nichts. Und stößt du einen Nachbar beim Aufstehen ein wenig an und entschuldigst dich, so nickt er nach der Seite, auf der er deine Stimme hört, sein Gesicht wendet sich dir zu und sieht dich nicht, und sein Haar ist wie das Haar eines Schlafenden. Wie wohl das tut. Und ich sitze und habe einen Dichter. Was für ein Schicksal. Es sind jetzt vielleicht dreihundert Leute im Saale, die lesen; aber es ist unmöglich, daß sie jeder einzelne einen Dichter haben. (Weiß Gott, was sie haben.) Dreihundert Dichter giebt es nicht. Aber sieh nur, was für ein Schicksal, ich, vielleicht der armsäligste von diesen Lesenden, ein Ausländer: ich habe einen Dichter. Obwohl ich arm bin. Obwohl mein Anzug, den ich täglich trage, anfängt, gewisse Stellen zu bekommen, obwohl gegen meine Schuhe sich das und jenes einwenden ließe. Zwar mein Kragen ist rein, meine Wäsche auch, und ich könnte, wie ich bin, in eine beliebige Konditorei gehen, womöglich auf den großen Boulevards, und könnte mit meiner Hand getrost in einen Kuchenteller greifen und etwas nehmen. Man würde nichts Auffälliges darin finden und mich nicht schelten und hinausweisen, denn es ist immerhin eine Hand aus den guten Kreisen, eine Hand, die vier- bis fünfmal täglich gewaschen wird. Ja, es ist nichts hinter den Nägeln, der Schreibfinger ist ohne Tinte, und besonders die Gelenke sind tadellos. Bis dorthin waschen arme Leute sich nicht, das ist eine bekannte Tatsache. Man kann also aus ihrer Reinlichkeit gewisse Schlüsse ziehen. Man zieht sie auch. In den Geschäften zieht man sie. Aber es giebt doch ein paar Existenzen, auf dem Boulevard Saint-Michel zum Beispiel und in der rue Racine, die lassen sich nicht irremachen, die pfeifen auf die Gelenke. Die sehen mich an und wissen es. Die wissen, daß ich eigentlich zu ihnen gehöre, daß ich nur ein bißchen Komödie spiele. Es ist ja Fasching. Und sie wollen mir den Spaß nicht verderben; sie grinsen nur so ein bißchen und zwinkern mit den Augen. Kein Mensch hats gesehen. Im übrigen behandeln sie mich wie einen Herrn. Es muß nur jemand in der Nähe sein, dann tun sie sogar untertänig. Tun, als ob ich einen Pelz anhätte und mein Wagen hinter mir herführe. Manchmal gebe ich ihnen zwei Sous und zittere, sie könnten sie abweisen; aber sie nehmen sie an. Und es wäre alles in Ordnung, wenn sie nicht wieder ein wenig gegrinst und gezwinkert hätten. Wer sind diese Leute? Was wollen sie von mir? Warten sie auf mich? Woran erkennen sie mich? Es ist wahr, mein Bart sieht etwas vernachlässigt aus, ein ganz, ganz klein wenig erinnert er an ihre kranken, alten, verblichenen Bärte, die mir immer Eindruck gemacht haben. Aber habe ich nicht das Recht, meinen Bart zu vernachlässigen? Viele beschäftigte Menschen tun das, und es fällt doch niemandem ein, sie deshalb gleich zu den Fortgeworfenen zu zählen. Denn das ist mir klar, daß das die Fortgeworfenen sind, nicht nur Bettler; nein, es sind eigentlich keine Bettler, man muß Unterschiede machen. Es sind Abfälle, Schalen von Menschen, die das Schicksal ausgespieen hat. Feucht vom Speichel des Schicksals kleben sie an einer Mauer, an einer Laterne, an einer Plakatsäule, oder sie rinnen langsam die Gasse herunter mit einer dunklen, schmutzigen Spur hinter sich her. Was in aller Welt wollte diese Alte von mir, die, mit einer Nachttischschublade, in der einige Knöpfe und Nadeln herumrollten, aus irgendeinem Loch herausgekrochen war? Weshalb ging sie immer neben mir und beobachtete mich? Als ob sie versuchte, mich zu erkennen mit ihren Triefaugen, die aussahen, als hätte ihr ein Kranker grünen Schleim in die blutigen Lider gespuckt. Und wie kam damals jene graue, kleine Frau dazu, eine Viertelstunde lang vor einem Schaufenster an meiner Seite zu stehen, während sie mir einen alten, langen Bleistift zeigte, der unendlich langsam aus ihren schlechten, geschlossenen Händen sich herausschob. Ich tat, als betrachtete ich die ausgelegten Sachen und merkte nichts. Sie aber wußte, daß ich sie gesehen hatte, sie wußte, daß ich stand und nachdachte, was sie eigentlich täte. Denn daß es sich nicht um den Bleistift handeln konnte, begriff ich wohl: ich fühlte, daß das ein Zeichen war, ein Zeichen für Eingeweihte, ein Zeichen, das die Fortgeworfenen kennen; ich ahnte, sie bedeutete mir, ich müßte irgendwohin kommen oder etwas tun. Und das Seltsamste war, daß ich immerfort das Gefühl nicht los wurde, es bestünde tatsächlich eine gewisse Verabredung, zu der dieses Zeichen gehörte, und diese Szene wäre im Grunde etwas, was ich hätte erwarten müssen.

Das war vor zwei Wochen. Aber nun vergeht fast kein Tag ohne eine solche Begegnung. Nicht nur in der Dämmerung, am Mittag in den dichtesten Straßen geschieht es, daß plötzlich ein kleiner Mann oder eine alte Frau da ist, nickt, mir etwas zeigt und wieder verschwindet, als wäre nun alles Nötige getan. Es ist möglich, daß es ihnen eines Tages einfällt, bis in meine Stube zu kommen, sie wissen bestimmt, wo ich wohne, und sie werden es schon einrichten, daß der Concierge sie nicht aufhält. Aber hier, meine Lieben, hier bin ich sicher vor euch. Man muß eine besondere Karte haben, um in diesen Saal eintreten zu können. Diese Karte habe ich vor euch voraus. Ich gehe ein wenig scheu, wie man sich denken kann, durch die Straßen, aber schließlich stehe ich vor einer Glastür, öffne sie, als ob ich zuhause wäre, weise an der nächsten Tür meine Karte vor (ganz genau wie ihr mir eure Dinge zeigt, nur mit dem Unterschiede, daß man mich versteht und begreift, was ich meine –), und dann bin ich zwischen diesen Büchern, bin euch weggenommen, als ob ich gestorben wäre, und sitze und lese einen Dichter.

Ihr wißt nicht, was das ist, ein Dichter? – Verlaine… Nichts? Keine Erinnerung? Nein. Ihr habt ihn nicht unterschieden unter denen, die ihr kanntet? Unterschiede macht ihr keine, ich weiß. Aber es ist ein anderer Dichter, den ich lese, einer, der nicht in Paris wohnt, ein ganz anderer. Einer, der ein stilles Haus hat im Gebirge. Der klingt wie eine Glocke in reiner Luft. Ein glücklicher Dichter, der von seinem Fenster erzählt und von den Glastüren seines Bücherschrankes, die eine liebe, einsame Weite nachdenklich spiegeln. Gerade der Dichter ist es, der ich hätte werden wollen; denn er weiß von den Mädchen so viel, und ich hätte auch viel von ihnen gewußt. Er weiß von Mädchen, die vor hundert Jahren gelebt haben; es tut nichts mehr, daß sie tot sind, denn er weiß alles. Und das ist die Hauptsache. Er spricht ihre Namen aus, diese leisen, schlankgeschriebenen Namen mit den altmodischen Schleifen in den langen Buchstaben und die erwachsenen Namen ihrer älteren Freundinnen, in denen schon ein klein wenig Schicksal mitklingt, ein klein wenig Enttäuschung und Tod. Vielleicht liegen in einem Fach seines Mahagonischreibtisches ihre verblichenen Briefe und die gelösten Blätter ihrer Tagebücher, in denen Geburtstage stehen, Sommerpartien, Geburtstage. Oder es kann sein, daß es in der bauchigen Kommode im Hintergrunde seines Schlafzimmers eine Schublade giebt, in der ihre Frühjahrskleider aufgehoben sind; weiße Kleider, die um Ostern zum erstenmal angezogen wurden, Kleider aus getupftem Tüll, die eigentlich in den Sommer gehören, den man nicht erwarten konnte. O was für ein glückliches Schicksal, in der stillen Stube eines ererbten Hauses zu sitzen unter lauter ruhigen, seßhaften Dingen und draußen im leichten, lichtgrünen Garten die ersten Meisen zu hören, die sich versuchen, und in der Ferne die Dorfuhr. Zu sitzen und auf einen warmen Streifen Nachmittagssonne zu sehen und vieles von vergangenen Mädchen zu wissen und ein Dichter zu sein. Und zu denken, daß ich auch so ein Dichter geworden wäre, wenn ich irgendwo hätte wohnen dürfen, irgendwo auf der Welt, in einem von den vielen verschlossenen Landhäusern, um die sich niemand bekümmert. Ich hätte ein einziges Zimmer gebraucht (das lichte Zimmer im Giebel). Da hätte ich drinnen gelebt mit meinen alten Dingen, den Familienbildern, den Büchern. Und einen Lehnstuhl hätte ich gehabt und Blumen und Hunde und einen starken Stock für die steinigen Wege. Und nichts sonst. Nur ein Buch in gelbliches, elfenbeinfarbiges Leder gebunden mit einem alten blumigen Muster als Vorsatz: dahinein hätte ich geschrieben. Ich hätte viel geschrieben, denn ich hätte viele Gedanken gehabt und Erinnerungen von Vielen. Aber es ist anders gekommen, Gott wird wissen, warum. Meine alten Möbel faulen in einer Scheune, in die ich sie habe stellen dürfen, und ich selbst, ja, mein Gott, ich habe kein Dach über mir, und es regnet mir in die Augen.

Rainer Maria Rilke. Die Aufzeichnungen des Malte Laurids Brigge, 1910.