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No entres dócilmente en esa noche quieta

02/05/2019

No entres dócilmente en esa noche quieta.
La vejez debería delirar y arder cuando se cierra el día;
Rabia, rabia, contra la agonía de la luz.

Aunque los sabios al morir entiendan que la tiniebla es justa,
porque sus palabras no ensartaron relámpagos
no entran dócilmente en esa noche quieta.

Los buenos, que tras la última inquietud lloran por ese brillo
con que sus actos frágiles pudieron danzar en una bahía verde
rabian, rabian contra la agonía de la luz.

Los locos que atraparon y cantaron al sol en su carrera
y aprenden, ya muy tarde, que llenaron de pena su camino
no entran dócilmente en esa noche quieta.

Los solemnes, cercanos a la muerte, que ven con mirada deslumbrante
cuánto los ojos ciegos pudieron alegrarse y arder como meteoros
rabian, rabian contra la agonía de la luz.

Y tú mi padre, allí, en tu triste apogeo
maldice, bendice, que yo ahora imploro con la vehemencia de tus lágrimas.
No entres dócilmente en esa noche quieta.
Rabia, rabia contra la agonía de la luz.

Dylan Marlais Thomas.

* * *

Do not go gentle into that good night

Do not go gentle into that good night,
Old age should burn and rave at close of day;
Rage, rage against the dying of the light.

Though wise men at their end know dark is right,
Because their words had forked no lightning they
Do not go gentle into that good night.

Good men, the last wave by, crying how bright
Their frail deeds might have danced in a green bay,
Rage, rage against the dying of the light.

Wild men who caught and sang the sun in flight,
And learn, too late, they grieved it on its way,
Do not go gentle into that good night.

Grave men, near death, who see with blinding sight
Blind eyes could blaze like meteors and be gay,
Rage, rage against the dying of the light.

And you, my father, there on the sad height,
Curse, bless, me now with your fierce tears, I pray.
Do not go gentle into that good night.
Rage, rage against the dying of the light.

Dylan Marlais Thomas.

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Siempre son culpables

04/04/2019

FRED. ¿Fue a ti a la que el negro ese quiso violar?

LIZZIE. ¿El qué?

FRED. ¿No llegaste anteayer en el rápido de las seis?

LIZZIE. Sí.

FRED. Entonces eres tú.

LIZZIE. A mí nadie me ha querido violar. (Ríe con un poco de amargura.) ¿Violarme a mí? ¿Tú te imaginas?

FRED. Eres tú. Webster me lo dijo anoche en la sala de fiestas.

LIZZIE. ¿Webster? (Una pausa.) ¡Ah!, entonces era por eso.

FRED. ¿Por eso el qué?

LIZZIE. Por eso te brillaban así los ojos. Qué, ¿te excitaba? ¡Cochino! ¡Con un padre tan bueno!

FRED. ¡Imbécil! (Una pausa.) Sólo de pensar que te hubieras acostado con un negro…

LIZZIE. ¿Qué?

FRED. Yo tengo cinco criados de color, ¿sabes? Bueno, pues cuando suena el teléfono y lo coge uno de ellos, lo limpia con la bayeta antes de dármelo.

LIZZIE. (Silbido admirativo.) ¡Qué bueno!

FRED. (Despacio.) Aquí no nos gustan mucho los negros. Ni las blancas que se divierten con ellos.

LIZZIE. Comprendido. Yo no tengo nada contra ellos, pero de eso a que me toquen, ¡en fin!

FRED. ¡Cualquiera sabe! Tú eres el Demonio. El negro también es el Demonio… (Bruscamente.) ¿Así que intentó violarte?

LIZZIE. ¿Qué puede importarte a ti lo que pasara?

FRED. Entraron dos en tu compartimiento, y al poco se echaron encima de ti. Tú pediste socorro y unos blancos vinieron en tu ayuda. Uno de los negros tiró de navaja y un blanco lo tumbó de un tiro. ¡El otro negro se escapó!

LIZZIE. ¿Eso es lo que te ha contado ese Webster?

FRED. Sí.

LIZZIE. ¿Y el de qué lo sabe?

FRED. Todo el mundo habla de ello.

LIZZIE. ¿Todo el mundo? La suerte mía de siempre. ¿Es que no tenéis otra cosa que hacer?

FRED. ¿Ha pasado como te he dicho?

LIZZIE. Ni mucho menos. Los dos negros estaban tan tranquilos hablando entre ellos; ni siquiera me miraron. Después subieron cuatro blancos; que por cierto dos de ellos se me empezaron a echar encima. Por lo visto, acababan de ganar un partido de rugby o no sé qué; el caso es que estaban borrachos. Luego dijeron que olía a negro y entonces los quisieron echar al pasillo. Los otros se defendieron como Dios les dio a entender; y es cuando a uno de los blancos le dieron un puñetazo en un ojo y el tío sacó un revólver y disparó. Ni más ni menos. El otro negro se escapó saltando al andén cuando el tren entraba en la estación; ni más ni menos.

FRED. A ese negro lo conocemos de sobra. Lo único que puede ganar ya es un poco de tiempo. (Una pausa.) Oye, y cuando el juez te llame a declarar, ¿le vas a contar toda esa historia?

LIZZIE. Pero ¿qué puede importarte a ti?

FRED. Tú contesta.

LIZZIE. No pienso ni ver al juez; así que mira. Ya te digo que me horrorizan las complicaciones.

FRED. Claro que tendrás que ir a verlo.

LIZZIE. De eso, nada. No quiero tener ningún asunto con la Policía.

FRED. Vendrán a por ti.

LIZZIE. ¡Ah! Entonces les diré lo que he visto. (Una pausa.)

FRED. ¿Te das bien cuenta de lo que vas a hacer?

LIZZIE. ¿De lo que voy a hacer yo? Tú me dirás.

FRED. Vas a declarar contra un blanco, a favor de un negro.

LIZZIE. ¡Hombre! Si el blanco es culpable…

FRED. Es que no es culpable.

LIZZIE. Si es él el que ha matado, a ver si no.

FRED. A ver. Culpable, ¿de qué?

LIZZIE. De haber matado.

FRED. Pero ha matado a un negro.

LIZZIE. ¿Y qué?

FRED. Si se fuera culpable cada vez que se mata a un negro…

LIZZIE. No tenía derecho.

FRED. ¿Qué derecho?

LIZZIE. ¡No tenía derecho!

FRED. Ese derecho tuyo viene del Norte, nena. (Una pausa.) Culpable o no, tú no puedes hacer que castiguen a uno de tu raza.

LIZZIE. Yo no quiero hacer que castiguen a nadie. Me preguntarán lo que he visto y yo lo diré. (Una pausa. FRED va hacia ella.)

FRED. Oye, ¿qué es lo que hay entre tú y ese negro? ¿Por qué lo proteges?

LIZZIE. Ni siquiera lo conozco.

FRED. ¡Entonces!

LIZZIE. ¡Entonces quiero decir la verdad! ¿Qué pasa?

FRED. ¡La verdad! ¡Una putita de diez dólares que quiere decir la verdad! ¡Que verdad ni que ocho cuartos! ¡Lo que hay es blancos y negros, a ver si te enteras! Diecisiete mil blancos y veinte mil negros. Esto no es Nueva York; así que no nos podemos andar con esas bromas. (Una pausa.) Thomas es primo mío.

LIZZIE. ¿Quién?

FRED. Thomas, el que ha matado al negro; es primo mío.

LIZZIE. (Impresionada.) ¿Sí?

FRED. Y es un hombre de bien; eso a ti puede que no te diga mucho; pero es un hombre de bien.

LIZZIE. ¡Un hombre de bien que se apretujaba todo el rato contra mí y que me levantaba las faldas! ¡Fíjate tú de los hombres de bien! No me extraña nada que seáis de la misma familia.

FRED. ¡No te fastidia la asquerosa! (Se contiene.) Tú eres el Demonio, claro, y con el Demonio no se puede hacer más que el mal. Te levantó las faldas y disparó contra un mierda de negro, vaya cosa; son gestos que uno hace sin pensar, cosas que no cuentan. Thomas es un jefe; eso es lo único que cuenta.

LIZZIE. Puede que sí. Pero es que el negro no hizo nada.

FRED. Un negro siempre ha hecho alguna cosa.

LIZZIE. Yo nunca entregaré a nadie a la bofia, nunca.

FRED. Pero si no es él, será Thomas, ¿no comprendes? De todos modos, vas a entregar a uno. Y eres tú la que tienes que elegir.

LIZZIE. Bueno, ya estoy otra vez de porquería hasta los ojos; eso para cambiar. (A la pulsera.) ¿No sabes hacer otra cosa, pedazo de animal? (La tira al suelo.)

FRED. ¿Cuánto quieres?

LIZZIE. No quiero ni una perra.

FRED. Quinientos dólares.

LIZZIE. Ni una perra.

FRED. Tú necesitas bastante más que una noche para ganar quinientos dólares.

LIZZIE. Sobre todo si me caen en suerte tacaños como tú. (Una pausa.) ¿Por eso empezaste a timarte conmigo anoche?

FRED. ¡Bueno!

LIZZIE. Así que fue por eso. Te dijiste: «Ahí está la chica; ahora la acompaño a casa y se arregla el asunto.» ¡Era por eso! Me sobabas las manos, pero estabas frío como el hielo, pensando: «A ver cómo le planteo la cosa a esta…» (Una pausa.) Pero ¡ahora dime! Anda, dime, hijo mío… Si has subido a mi cuarto para proponerme ese negocio, no tenías necesidad de acostarte conmigo. ¿Eh? ¿Por qué te has acostado conmigo, asqueroso? Di, ¿por qué?

FRED. Que me maten si lo sé.

LIZZIE. (Se desploma en una silla llorando.) ¡Asqueroso! ¡Asqueroso! ¡Asqueroso!

FRED. ¡Bueno, basta ya! ¡Quinientos dólares! ¡No chilles más, maldita sea! ¡Quinientos dólares! ¡No chilles más! ¡Vamos, Lizzie! ¡Lizzie! ¡Sé razonable! ¡Quinientos dólares!

LIZZIE. (Sollozando.) Yo no soy razonable. Y no quiero los quinientos dólares. Y no quiero levantar falso testimonio. ¡Quiero volverme a Nueva York, quiero marcharme! (Llaman al timbre. Para en seco. Llaman otra vez. En voz baja.) ¿Quién será? Cállate. (Un timbrazo largo.) No voy a abrir. Tú estate quieto. (Golpes en la puerta.)

UNA VOZ. Abran. Policía.

LIZZIE. (En voz baja.) La poli. Tenía que ocurrir. (Señala la pulsera.) Esta tiene la culpa. (La recoge y vuelve a ponérsela.) Es peor si no me la pongo. Escóndete. (Golpes en la puerta)

LA VOZ. ¡Policía!

LIZZIE. Escóndete, te digo. Vete al cuarto de baño. (El no se mueve. Ella lo empuja con todas sus fuerzas.) Pero ¡venga! ¡Escóndete!

LA VOZ. Fred, ¿estás ahí? ¿Estás ahí, Fred?

FRED. Sí, aquí estoy. (Rechaza a LIZZIE. Ella lo mira con estupor.)

LIZZIE. ¡Era para esto! (FRED va a abrir. Entran JOHN y JAMES.)

Jean-Paul Sartre. La puta respetuosa / La Putain respectueuse, (1946).

02/03/2019

Die Menschen haben doch viel zu viel Geduld gehabt. Wir haben 400- oder 500.000 Kriege in der Weltgeschichte gehabt, und kaum zehn Revolutionen. Und von den zehn Revolutionen sind acht verloren gegangen und eine pervertiert… zu viel Geduld!

Ernst Bloch.

Las personas han tenido demasiada paciencia. Hemos tenido 400 o 500.000 guerras en la historia del mundo, y apenas diez revoluciones. Y de las diez revoluciones ocho se han perdido y una se ha pervertido… ¡Demasiada paciencia!

Ernst Bloch.

Un mundo de la mujer

02/02/2019

12. Un mundo de la mujer

En 1922, el joven sexólogo Reich, que trabajaba en el campo del psicoanálisis, escribió un artículo titulado Coitus and the Sexes (El coito y los sexos), en oposición a una afirmación de Karl Urbach en el sentido de que el orgasmo femenino tiene lugar con posterioridad al masculino. Al refutar esta afirmación y abogar por la simultaneidad, Reich aprovechó la oportunidad para hacer hincapié en un tema que ya había planteado en muchos debates: la importancia de las actitudes sociales en la determinación de la naturaleza de las relaciones sexuales. Sostuvo que las diferencias significativas entre la sexualidad masculina y la femenina eran producidas por las costumbres sociales (aunque consideró responsable de la menor excitabilidad de las mujeres a una combinación de factores biológicos y sociales). Señaló el hecho de que los hombres jóvenes de las clases media y alta dividen sus deseos sexuales en sensualidad (satisfecha mediante la prostitución) y sentimentalidad (sus prometidas, esposas y madres) y, por consiguiente, no se interesan por la satisfacción sexual de las mujeres al hacer el amor. Por otro lado, la abstinencia forzosa de las mujeres hasta el matrimonio, sumada a esta devaluación sexual y a una artificiosa sobrevaloración sentimental, conducen a su frigidez real. No era un tema nuevo, pero su reiteración mordaz fue saludable en las circunstancias de la burguesía vienesa.

A medida que se acercaba al Partido Comunista, Reich retuvo y amplió su convicción de la suprema importancia del factor social. En muchas ocasiones resaltó que la dependencia económica de la mujer y su utilización como «objeto sexual» determinaban su necesidad de la constantemente dañina pero protectora institución del matrimonio, que también determinaba su carácter fundamentalmente conservador. La privación sexual, a diferencia de la privación económica, jamás produjo una estructura revolucionaria del carácter:

El marxista vulgar que piensa en términos mecanicistas supone que la toma de conciencia de la situación social tendría que ser más marcada si se sumara la angustia sexual a la económica. Si esta premisa fuese verdadera, la mayoría de los adolescentes y la mayoría de las mujeres serían mucho más rebelde que la mayoría de los hombres.[1]

Y, de hecho, Reich apuntó cómo la creciente emancipación sexual de las mujeres y su participación masiva en la industria en los tiempos de guerra, condujo a un enorme aumento de la tensión y a numerosas contradicciones que, en última instancia, conducirían a su mayor rechazo de las costumbres conservadoras y opresivas. A menudo la contradicción se produciría entre una estructura del carácter históricamente condicionada y nuevas circunstancias sociales. Así, en 1925, escribió refiriéndose a la mujer: «Su carácter requiere, por ejemplo, una vida sexual estrictamente monogámica, aunque en el ínterin la monogamia compulsiva ha quedado social e ideológicamente socavada»,[2] de donde surge su posición de retaguardia y su adhesión a tradiciones sofocantes. Pero Reich era optimista:

Una mujer frígida de 1900, que permanecía en su casa dedicada a los trabajos domésticos y no trabajaba ni tenía contactos con hombres en el exterior, corría muchos menos peligros que hoy, en que participa cada vez más de la vida social, como resultado del desarrollo industrial y de la guerra actual. Sin duda, cabe esperar cambios mucho más revolucionarios en la vida de la mujer. Nadie –salvo los fascistas– exigirá su retorno «al hogar». Y en este caso, incluso el fascismo es impotente.[3]

Reich llevó su discusión del condicionamiento social de la sexualidad y de la formación del carácter al corazón de la doctrina psicoanalítica. La naturaleza de la familia nuclear y las actitudes sociales hacia las mujeres producían aquellas características que se consideraban inmutablemente femeninas. Freud había propuesto la envidia del pene como una fuente de la lucha de la mujer por la masculinidad y la menor necesidad de sublimación en la época del complejo de Edipo como una de las razones, entre muchas, de su inferioridad intelectual. Reich salió resueltamente al encuentro de la implicación de que semejantes características eran intrínsecas. Coincidió en que alguna «actitud sexual inconsciente» hace que cada padre prefiera al hijo del sexo opuesto, pero esto no tiene por qué ser cruelmente suprimido. Así, por ejemplo, si el padre es cálido y amoroso, su hija puede retenerlo como objeto amoroso y no reprimirse identificándose con él, como tendría que hacerlo si el padre fuese dominante y punitivo:

Es verdad que, probablemente, también ella haya adquirido la envidia del pene, pero como no hubo grandes frustraciones de tendencias heterosexuales, permaneció ilesa en cuanto se refiere a la formación del carácter. Entonces, vemos que decir que tal o cual mujer tiene envidia del pene no significa nada. Lo que importa es su influencia en la formación de síntomas o el carácter. En este tipo, el factor decisivo consiste en que tuvo lugar una identificación con la madre en el ego; la misma se expresa en esos rasgos del carácter denominados «femeninos».[4]

Hasta último momento Reich sostuvo que toda inferioridad o pasividad de las mujeres les era impuesta por una moral cultural específica, que de este modo las definía. Como hemos visto, no se trata de que este argumento sea erróneo en sí mismo, sino que no es más que una explicación parcial que trata de abarcar la respuesta global. La forma reichiana de resolver el problema consistió en eliminarlo.

No obstante, Reich no se mostró reacio a utilizar las costumbres sexuales culturalmente determinadas como parte de sus propios métodos de análisis del carácter. De este modo, en «A Case History of an Inferiority Complex», todo su análisis del paciente masculino es llevado en términos del complejo de feminidad del hombre. En el mejor de los casos, esto hace que toda la proposición sea tautológica, aunque nos brinda cierta comprensión de cómo se experimenta la feminidad (y ésta no fue la intención de Reich). La misma objeción es válida para su teoría central del masoquismo; en este caso considera crucial el condicionamiento cultural, lo encuentra presente y llega a la conclusión de que ahí está: «El masoquismo florece como una mala hierba en la forma de diversas religiones patriarcales, en tanto ideología y práctica, ahogando toda reivindicación natural de vida».[5] No es «biológico» sino patógeno. No obstante, la explicación que ofrece Reich es física: es la urgencia que tiene la vejiga de estallar, reprimida por las instituciones sociales y vuelta sobre sí misma: «Lo que no pudo producir espontáneamente desde el interior, lo esperará pasiva e impotentemente desde el exterior». También en este caso la descripción que hace Reich de la sensación del masoquismo, como la de la experiencia de la feminidad en el caso del paciente masculino y el temor a la agresión masculina, son buenas imágenes de la sensación de feminidad. Pero son imágenes.

El acento que Reich pone en la producción cultural de rasgos sexuales es correcto sólo porque omite la influencia cultural en la formación de su «inconsciente». Si el inconsciente es biológico, resulta esencial señalar el crucial punto de encuentro de la biología con la sociedad. Pero el «inconsciente» de Freud era, precisamente, una estructura que, de manera compleja y desigual, ya lo había hecho. Reich nunca lo comprendió, de modo que su obra ignora el propósito total del psicoanálisis y sus tesis sobre las mujeres, a pesar de su simpático atractivo, sufren el mismo destino. El acento que pone Reich en lo superflua que es la feminidad, ignora las razones del porqué de su existencia. Su ecuación del hombre y la mujer, su unidad y afinidad, es una expresión de deseos biológica. ¿Son también aquéllos funcionalmente idénticos? También esto es indicativo de otra dimensión de su obra.

En principio produce un gran alivio conocer la noción reichiana de que no existe una diferencia importante entre los sexos, pero gradualmente este alivio se convierte en evasión. Las actitudes y las condiciones sociales pueden volver específicas la masculinidad y la feminidad… pero éstas existen y no pueden ser castigadas de forma voluntarista por su existencia misma, no pueden hacerse desaparecer por medios mágicos. Pero esto es lo que haría la «ciencia» de la orgonomía; nos retrotraería a una imaginaria entidad del hombre «pre-social»:

Amo a los pájaros, a los ciervos y a las ardillas, que están cerca de los negros. Me refiero a los negros de la jungla y no a los de Harlem de cuello duro y levita. No me refiero a las negras gordas con aretes, cuyo placer inhibido se transformó en grasa en sus caderas. Me refiero a los ágiles y esbeltos cuerpos de las muchachas del Mar del Sur a quienes tú, cerdo sexual de tal o cual ejército, «te tiras»; a las muchachas que ignoran que tú tomas su amor puro como lo harías en un burdel de Denver.
No, hija, tú anhelas la vida que todavía no ha comprendido que es explotada y despreciada. Pero ha llegado tu hora. Has dejado de funcionar como la virgen racial alemana. Continúas viviendo como la virgen rusa de clase o como la hija universal de la revolución. Dentro de quinientos o mil años, cuando los jóvenes sanos de ambos sexos gocen y protejan el amor, nada quedará de ti sino un ridículo recuerdo.[7]

La unidad de todas las antítesis y diversidades en un «uno» original planteó un problema: ¿por qué dos sexos? ¿Tendría razón el Aristóteles de Platón? ¿Somos un andrógino dividido? ¿Quizá uno de los sexos no es más que un estadio en el camino del otro?

Ya en la década del 20, la insistencia de Reich sobre la superioridad de la vagina en todos los estadios contenía una urgencia de la que carecía la noción freudiana de los dos aspectos de la sexualidad femenina. Reich afirmó que el pene estaba especialmente bien adaptado para la formación y la liberación de la descarga eléctrica, y en 1934 pensó que el concepto de tensión mecánica sólo representaba una descripción acertada de la sexualidad masculina, pero que no explicaba correctamente la respuesta de la mujer. Empero, esto no lo llevó a degradar el orgasmo femenino, sino a emprender nuevas investigaciones en busca de su significado. La posterior premisa de la orgonomía ofrece una respuesta parcial: el orgasmo clitoridiano es un sustituto neurótico, ya que el verdadero orgasmo es el punto de encuentro de las corrientes de energía interna del individuo y el mundo exterior. De acuerdo con esta interpretación el orgasmo vaginal, en su milagrosa pérdida del yo y su fluir hacia el mundo, puede ser el pináculo de la felicidad:

…desde un punto de vista biogenético podemos considerar si existe una excitabilidad vaginal desarrollada en el reino animal –incluyendo a la hembra de la especie humana– o si nos movemos en lo femenino del hombre hacia un funcionamiento orgonómico vaginal universal como un paso más en la filogénesis.[8]

La lógica de los conceptos dualistas hará que éstos se resuelvan en uno solo. Este y sólo éste puede ser el significado de la dialéctica del sexo. La dualidad del sexo se verá finalmente sumergida en el principio femenino. Pero el halago no compensa la ilusión y su revolución fracasa, en última instancia, por la misma razón que atrae. La actitud contemporánea de separar sus primeras obras de las últimas surge de nuestra auténtica necesidad de continuar repitiendo el mismo tipo de comprensión sociológica y el mismo tipo de retórica política. En todo momento la obra de Reich refleja fielmente y denuncia actitudes ideológicas decisivas, pero su conquista de las mismas implica su anulación: la naturaleza y la cultura, el hombre y el animal, el hombre y el cosmos, el hombre y la mujer, todos descubrirán su así llamada unidad «dialéctica». Todos compartimos –sin llegar a penetrarla– la ideología dualista de Reich y su ingenua resolución: de ahí su atractivo, pero también su fatalidad. Reich refleja la forma en que vivimos, la forma en que objetamos la forma en que vivimos, y nuestras esperanzas religiosas por un futuro que reposa en un pasado mítico. Y si reflexionamos sobre tal dialéctica, ¿qué es lo que ésta representa, en definitiva? ¿Una revolución ecológica,[9] un sátiro, un ángel, un andrógino femenino?

* * *

[1] The Mass Psychology of Fascism.
[2] Character Analysis, Introducción a la tercera edición, 1948.
[3] The Discovery of the Orgone, parte II, The Cancer Biopathy.
[4] Character Analysis.
[5] «The Breakthrough into the Vegetative Realm», Selected Writings.
[6] Ibid.
[7] Listen, Little Man.
[8] Reich Speaks of Freud.
[9] Véase Shulamith Firestone: The Dialectic of Sex, Nueva York, 1970.

Juliet Mitchell. Psicoanálisis y feminismo. Freud, Reich, Laing y las mujeres; Psychoanalysis and Feminism, (1974).

Cuántos han pasado por aquí antes que nosotros

03/01/2019
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III

¡Cosa singular! Siguió el ómnibus su marcha, y yo, a mi vez, seguí pensando en la incógnita Condesa, en su cruel y suspicaz consorte, y, sobre todo, en el hombre siniestro que, según la enérgica expresión del médico, a punto estaba de causar un desastre en aquella casa. Considera, lector, lo que es el humano pensamiento: cuando Cascajares principió a referirme aquellos sucesos, yo renegaba de su inoportunidad y pesadez; mas poco tardó mi mente en apoderarse de aquel mismo asunto, para darle vueltas de arriba a abajo, operación psicológica que no deja de ser estimulada por la regular marcha del coche y el sordo y monótono rumor de sus ruedas, limando el hierro de los carriles.

Pero al fin dejé de pensar en lo que tan poco me interesaba, y, recorriendo con la vista el interior del coche, examiné, uno por uno, a mis compañeros de viaje. ¡Cuán distintas caras y cuán diversas expresiones! Unos, parecen no inquietarse ni lo más mínimo de los que van a su lado; otros, pasan revista al corrillo con impertinente curiosidad; unos están alegres; otros, tristes; aquél, bosteza; el de más allá, ríe, y, a pesar de la brevedad del trayecto, no hay uno que no desee terminarlo pronto; pues, entre las cosas fastidiosas, ninguna aventaja al que consiste en estar una docena de personas mirándose las caras sin decirse palabra, y contándose, recíprocamente, sus arrugas, sus lunares, y este o el otro accidente observado en el rostro o en la ropa.

Es singular aquel breve conocimiento con personas que no hemos visto y que, probablemente, no volveremos a ver. Al entrar, ya encontramos a alguien; otros, vienen después que estamos allí; unos se marchan, quedándonos nosotros, y, por último, también nos vamos. Imitación es esto de la vida humana, en que el nacer y el morir son como las entradas y salidas a que me refiero, pues van renovando sin cesar, en generaciones de viajeros, el pequeño mundo que allí dentro vive. Entran, salen, nacen, mueren… ¡Cuántos han pasado por aquí antes que nosotros! ¡Cuántos vendrán después!

Y para que la semejanza sea más completa, también hay un mundo chico de pasiones en miniatura dentro de aquel cajón. Muchos van allí que se nos antojan excelentes personas, y nos agrada su aspecto, hasta les vemos salir con disgusto. Otros, por el contrario, nos revientan desde que les echamos la vista encima: les aborrecemos durante diez minutos; examinamos con cierto rencor sus caracteres frenológicos y sentimos verdadero gozo al verles salir. Y en tanto, sigue corriendo el vehículo, remedo de la vida humana, siempre recibiendo y soltando, uniforme, incansable, majestuoso, insensible a lo que pasa en su interior; sin que le conmuevan, ni poco ni mucho, las mal sofocadas pasioncillas de que es mudo teatro; siempre corriendo, corriendo sobre las dos interminables paralelas de hierro, largas y resbaladizas como los siglos.

Madrid, noviembre de 1871.

Benito Pérez Galdós. La novela en el tranvía, (1871).

En el diccionario

03/12/2018
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Llegaron a la plaza del Estante y la ocuparon de punta a punta. El verbo Ser hizo una especie de cadalso o tribuna con dos admiraciones y algunas comas que por allí rodaban, y subió a él con intención de despotricarse; pero le quitó la palabra un Sustantivo muy travieso y hablador, llamado Hombre, el cual, subiendo a los hombros de sus edecanes, los simpáticos Adjetivos Racional y Libre, saludó a la multitud, quitándose la H, que a guisa de sombrero le cubría, y empezó a hablar en estos o parecidos términos:

– Señores: la osadía de los escritores españoles ha irritado nuestros ánimos, y es preciso darles justo y pronto castigo. Ya no les basta introducir en sus libros contrabando francés, con gran detrimento de la riqueza nacional, sino que cuando por casualidad se nos emplea, trastornan nuestro sentido y nos hacen decir lo contrario de nuestra intención. (Bien, bien). De nada sirve nuestro noble origen latino, para que esos tales respeten nuestro significado. Se nos desfigura de un modo que da grima y dolor. Así, permitidme que me conmueva, porque las lágrimas brotan de mis ojos y no puedo reprimir la emoción. (Nutridos aplausos.)

El orador se enjugó las lágrimas con la punta de la e, que de faldón le servía, y ya se preparaba a continuar, cuando le distrajo el rumor de una disputa que no lejos se había entablado.

Era que el Sustantivo Sentido estaba dando de mojicones al Adjetivo Común, y le decía:

– Perro, follón y sucio vocablo, por ti me traen asendereado y me ponen como salvaguardia de toda clase de desatinos. Desde que cualquier escritor no entiende palotada de una ciencia, se escuda con el Sentido Común y ya le parece que es el más sabio de la Tierra. Vete, negro y pestífero Adjetivo, lejos de mí, o te juro que no saldrás con vida de mis manos.

Y al decir esto el Sentido enarboló la t, y dándole un garrotazo con ella a su escudero le dejó tan mal parado, que tuvieron que ponerle un vendaje en la o, y bizmarle las costillas de la m, porque se iba desangrando por allí a toda prisa.

– Haya paz, señores –dijo un Sustantivo Femenino llamado Filosofía, que con dueñescas tocas blancas apareció entre el tumulto–. Mas en cuanto le vio otra palabra llamada Música, se echó sobre ella y empezó a mesarle los cabellos y a darle coces, cantando así:

– Miren la bellaca, la sandía, la loca; ¿pues no quiere llevarme encadenada con una Preposición, diciendo que yo tengo Filosofía? Yo no tengo sino Música, hermana. Déjeme en paz y púdrase de vieja en compañía de la Alemana, que es otra vieja loca.

– Quita allá, bullanguera –dijo la Filosofía, arrancándole a la Música el penacho o acento que muy erguido sobre la ú llevaba–; quita allá, que para nada vales ni sirves más que de pasatiempo pueril.

– Poco a poco, señoras mías –gritó un Sustantivo alto, delgado, flaco y medio tísico, llamado el Sentimiento–. A ver, señora Filosofía, si no me dice usted esas cosas a mi hermana, o tendremos que vernos las caras. Estése usted quieta y deje a Perico en su casa, porque todos tenemos trapitos que lavar, y si yo saco los suyos, ni con colada habrán de quedar limpios.

– Miren el mocoso –dijo la Razón, que andaba por allí en paños menores y un poquillo desmelenada–, ¿qué sería de esos badulaques sin mí? No reñir, y cada uno a su puesto, que si me incomodo…

– No ha de ser –dijo el Sustantivo Mal, que en todo había de meterse.

– ¿Quién le ha dado a usted vela en este entierro, tío Mal? Váyase al Infierno, que ya está de más en el mundo.

– No, señoras; perdonen usías, que no estoy sino muy retebién. Un poco decaidillo andaba; pero después que tomé este lacayo, que ahora me sirve, me voy remediando.

Y mostró un lacayo, que era el Adjetivo Necesario.

– Quítenmela, que la mato –chillaba la Religión, que había venido a las manos con la Política–; quítenmela, que me ha usurpado el nombre para disimular en el mundo sus socaliñas y gatuperios.

– Basta de indirectas. ¡Orden! –dijo el Sustantivo Gobierno, que se presentó para poner paz en el asunto.

– Déjelas que se arañen, hermano –observó la Justicia–; déjelas que se arañen, que ya sabe vuecencia que rabian de verse juntas. Procuremos nosotros no andar también a la greña, y adelante con los faroles.

Mientras esto ocurría, se presentó un gallardo Sustantivo, vestido con relucientes armas y trayendo un escudo con peregrinas figuras y lema de plata y oro. Llamábase el Honor, y venía a quejarse de los innumerables desatinos que hacían los humanos en su nombre, dándole las más raras aplicaciones y haciéndole significar lo que más les venía a cuento. Pero el Sustantivo Moral, que estaba en un rincón atándose un hilo en la l, que se le había roto en la anterior refriega, se presentó, atrayendo la atención general. Quejóse de que se le subían a las barbas ciertos Adjetivos advenedizos, y concluyó diciendo que no le gustaban ciertas compañías, y que más le valiera andar solo; de lo cual se rieron otros muchos Sustantivos fachendosos que no llevaban nunca menos de seis Adjetivos de servidumbre.

Entretanto, la Inquisición, una viejecilla que no se podía tener, estaba pegando fuego a una hoguera que había hecho con interrogantes gastados, palos de T y paréntesis rotos, en la cual hoguera dicen que quería quemar a la Libertad, que andaba dando zancajos por allí con muchísima gracia y desenvoltura. Por otro lado estaba el Verbo Matar, dando grandes voces, y cerrando el puño con rabia, decía de vez en cuando:

– ¡Si me conjugo…!

Oyendo lo cual, el Sustantivo Paz acudió corriendo tan aprisa, que tropezó en la z con que venía calzada y cayó cuan larga era, dando un gran batacazo.

– Allá voy –gritó el Sustantivo Arte, que ya se había metido a zapatero–. Allá voy a componer este zapato, que es cosa de mi incumbencia.

Y con unas comas le clavó la z a la Paz, que tomó vuelo y se fue a hacer cabriolas ante el Sustantivo Cañón, de quien dicen estaba perdidamente enamorada.

No pudiendo ni el Verbo Ser, ni el Sustantivo Hombre, ni el Adjetivo Racional poner en orden a aquella gente, y comprendiendo que de aquella manera iban a ser vencidos en la desigual batalla que con los escritores españoles tendrían que emprender, resolvieron volverse a su casa. Dieron orden de que cada cual entrara en su celda, y así se cumplió, costando gran trabajo encerrar a algunas camorristas, que se empeñaban en alborotar y hacer el coco.

Resultaron de este tumulto bastantes heridos, que aún están en el hospital de sangre, o sea, Fe de erratas del Diccionario. Han determinado congregarse de nuevo para examinar los medios de imponerse a la gente de letras. Se están redactando las pragmáticas, que establecerán el orden en las discusiones. No tuvo resultado el pronunciamiento, por gastar el tiempo los conjurados en estériles debates y luchas de amor propio, en vez de congregarse para combatir al enemigo común; así es que concluyó aquello como el Rosario de la Aurora.

El Flos sanctorum me asegura que la Gramática había mandado al Diccionario una embajada de géneros, números y casos para ver si por las buenas, y sin derramamiento de sangre, se arreglaban los trastornados asuntos de la Lengua Castellana.

Madrid, abril de 1868.

Benito Pérez Galdós. La conjuración de la palabras, (1868).

Cuando el niño era niño

04/11/2018

Cuando el niño era niño,
andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera un torrente,
y este charco el mar.

Cuando el niño era niño,
no sabía que era niño,
para él todo estaba animado,
y todas las almas eran una.

Cuando el niño era niño,
no tenía opinión sobre nada,
no tenía ningún hábito,
frecuentemente se sentaba en cuclillas,
y echaba a correr de pronto,
tenía un remolino en el pelo
y no ponía caras cuando lo fotografiaban.

Cuando el niño era niño
era el tiempo de preguntas como:
¿Por qué yo soy yo y no soy tú?
¿Por qué estoy aquí y por qué no allá?
¿Cuándo empezó el tiempo y dónde termina el espacio?
¿Acaso la vida bajo el sol es tan solo un sueño?

Lo que veo oigo y huelo,
¿no es sólo la apariencia de un mundo frente al mundo?
¿Existe de verdad el mal
y gente que en verdad es mala?
¿Cómo es posible que yo, el que yo soy,
no fuera antes de existir;
y que un día yo, el que yo soy,
ya no seré más éste que soy?

Cuando el niño era niño,
no podía tragar las espinacas, las judías,
el arroz con leche y la coliflor.
Ahora lo come todo y no por obligación.

Cuando el niño era niño,
despertó una vez en una cama extraña,
y ahora lo hace una y otra vez.
Muchas personas le parecían bellas,
y ahora, con suerte, solo en ocasiones.

Imaginaba claramente un paraíso
y ahora apenas puede intuirlo.
Nada podía pensar de la nada,
y ahora se estremece ante a ella.

Cuando el niño era niño,
jugaba abstraído,
y ahora se concentra en cosas como antes
sólo cuando esas cosas son su trabajo.

Cuando el niño era niño,
como alimento le bastaba una manzana y pan
y hoy sigue siendo así.

Cuando el niño era niño,
las moras le caían en la mano como sólo caen las moras
y aún sigue siendo así.
Las nueces frescas le eran ásperas en la lengua
y aún sigue siendo así.

En cada montaña ansiaba
la montaña más alta
y en cada ciudad ansiaba
una ciudad aún mayor
y aún sigue siendo así.

En la copa de un árbol cortaba las cerezas emocionado
como aún lo sigue estando,
Era tímido ante los extraños
y aún lo sigue siendo.
Esperaba la primera nieve
y aún la sigue esperando.

Cuando el niño era niño,
tiraba una vara como lanza contra un árbol,
y ésta aún sigue ahí, vibrando.

Poema de Peter Handke en la película El cielo sobre Berlín / Der Himmel über Berlin, Wim Wenders (1987).