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Man lebt

10/12/2017
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So, also hierher kommen die Leute, um zu leben, ich würde eher meinen, es stürbe sich hier. Ich bin ausgewesen. Ich habe gesehen: Hospitäler. Ich habe einen Menschen gesehen, welcher schwankte und umsank. Die Leute versammelten sich um ihn, das ersparte mir den Rest. Ich habe eine schwangere Frau gesehen. Sie schob sich schwer an einer hohen, warmen Mauer entlang, nach der sie manchmal tastete, wie um sich zu überzeugen, ob sie noch da sei. Ja, sie war noch da. Dahinter? Ich suchte auf meinem Plan: Maison d’Accuochement. Gut. Man wird sie entbinden — man kann das. Weiter, rue Saint-Jacques, ein großes Gebäude mit einer Kuppel. Der Plan gab an Val-de-grâce, Hôspital militaire. Das brauchte ich eigentlich nicht zu wissen, aber es schadet nicht. Die Gasse begann von allen Seiten zu riechen. Es roch, soviel sich unterscheiden ließ, nach Jodoform, nach dem Fett von pommes frites, nach Angst. Alle Städte riechen im Sommer. Dann habe ich ein eigentümlich starblindes Haus gesehen, es war im Plan nicht zu finden, aber über der Tür stand noch ziemlich leserlich: Asyle de nuit. Neben dem Eingang waren die Preise. Ich habe sie gelesen. Es war nicht teuer.

Und sonst? ein Kind in einem stehenden Kinderwagen: es war dick, grünlich und hatte einen deutlichen Ausschlag auf der Stirn. Er heilte offenbar ab und tat nicht weh. Das Kind schlief, der Mund war offen, atmete Jodoform, pommes frites, Angst. Das war nun mal so. Die Hauptsache war, daß man lebte. Das war die Hauptsache.

Rainer Maria Rilke. Die Aufzeichnungen des Malte Laurids Brigge, 1910.

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Jugar… llegar al cielo

01/12/2017

La rayuela se juega con una piedrita que hay que empujar con la punta del zapato. Ingredientes: una acera, una piedrita, un zapato, y un bello dibujo con tiza, preferentemente de colores. En lo alto está el Cielo, abajo está la Tierra, es muy difícil llegar con la piedrita al Cielo, casi siempre se calcula mal y la piedra sale del dibujo. Poco a poco, sin embargo, se va adquiriendo la habilidad necesaria para salvar las diferentes casillas (rayuela caracol, rayuela rectangular, rayuela de fantasía, poco usada) y un día se aprende a salir de la Tierra y remontar la piedrita hasta el Cielo, hasta entrar en el Cielo, (Et tous nos amours, sollozó Emmanuèle boca abajo), lo malo es que justamente a esa altura, cuando casi nadie ha aprendido a remontar la piedrita hasta el Cielo, se acaba de golpe la infancia y se cae en las novelas, en la angustia al divino cohete, en la especulación de otro Cielo al que también hay que aprender a llegar. Y porque se ha salido de la infancia (Je n’oublierai pas le temps des cérises, pataleó Emmanuèle en el suelo) se olvida que para llegar al Cielo se necesitan, como ingredientes, una piedrita y la punta de un zapato. Que era lo que sabía Heráclito, metido en la mierda, y a lo mejor Emmanuèle sacándose los mocos a manotones en el tiempo de las cerezas…

Julio Cortázar. Rayuela, (1963).

La Maga, su boca, el glíglico y los ríos metafísicos

03/11/2017
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20

–Siempre me sospeché que acabarías acostándote con él –dijo Oliveira.
La Maga tapó a su hijo que berreaba un poco menos, y se frotó las manos con un algodón.
–Por favor lavate las manos como Dios manda –dijo Oliveira–. Y sacá toda esa porquería de ahí.
–En seguida –dijo la Maga. Oliveira aguantó su mirada (lo que siempre le costaba bastante) y la Maga trajo un diario, lo abrió sobre la cama, metió los algodones, hizo un paquete y salió de la pieza para ir a tirarlo al water del rellano. Cuando volvió, con las manos rojas y brillantes, Oliveira le alcanzó su mate. Se sentó en el sillón bajo, chupó aplicadamente. Siempre estropeaba el mate, tirando de un lado y del otro la bombilla, revolviéndola como si estuviera haciendo polenta.
–En fin –dijo Oliveira, sacando el humo por la nariz–. De todos modos me podían haber avisado. Ahora voy a tener seiscientos francos de taxi para llevarme mis cosas a otro lado. Y conseguir una pieza, que no es fácil en esta época.
–No tenés por qué irte –dijo la Maga–. ¿Hasta cuándo vas a seguir imaginando falsedades?
–Imaginando falsedades –dijo Oliveira–. Hablás como en los diálogos de las mejores novelas rioplatenses. Ahora solamente te falta reírte con todas las vísceras de mi grotesquería sin pareja, y la rematás fenómeno.
–Ya no llora más –dijo la Maga, mirando hacia la cama–. Hablemos bajo, va a dormir muy bien con la aspirina. Yo no me he acostado para nada con Gregorovius.
–Oh sí que te has acostado.
–No, Horacio. ¿Por qué no te iba a decir? Desde que te conocí no he tenido otro amante que vos. No me importa si lo digo mal y te hacen reír mis palabras. Yo hablo como puedo, no sé decir lo que siento.
–Bueno, bueno –dijo aburrido Oliveira, alcanzándole otro mate–. Será que tu hijo te cambia, entonces. Desde hace días estás convertida en lo que se llama una madre.
–Pero Rocamadour está enfermo.
–Más bien –dijo Oliveira–. Qué querés, a mi los cambios me parecieron en otro orden. En realidad ya no nos aguantamos demasiado.
–Vos sos el que no me aguanta. Vos sos el que no aguantás a Rocamadour.
–Eso es cierto, el chico no entraba en mis cálculos. Tres es mal número dentro de una pieza. Pensar que con Ossip ya somos cuatro, es insoportable.
–Ossip no tiene nada que ver.
–Si calentaras la pavita –dijo Oliveira.
–No tiene nada que ver –repitió la Maga–. ¿Por qué me hacés sufrir, bobo? Ya sé que estás cansado, que no me querés más. Nunca me quisiste, era otra cosa una manera de soñar. Andate, Horacio, no tenés por qué quedarte. A mí ya me ha pasado tantas veces…
Miró hacia la cama. Rocamadour dormía.
–Tantas veces –dijo Oliveira, cambiando la yerba–. Para la autobiografía sentimental sos de una franqueza admirable. Que lo diga Ossip. Conocerte y oír enseguida la historia del negro es todo uno.
–Tengo que decirlo, vos no comprendés.
–No lo comprenderé, pero es fatal.
–Yo creo que tengo que decirlo aunque sea fatal. Es justo que uno le diga a un hombre cómo ha vivido, si lo quiere. Hablo de vos, no de Ossip. Vos me podías contar o no de tus amigas, pero tenía que decirte todo. Sabés, es la única manera de hacerlos irse antes de empezar a querer a otro hombre, la única manera de que pasen al otro lado de la puerta y nos dejen a los dos solos en la pieza.
–Una especie de ceremonia expiatoria, y por qué no propiciatoria. Primero el negro.
–Sí –dijo la Maga, mirándolo–. Primero el negro. Después Ledesma.
–Después Ledesma, claro.
–Y los tres del callejón, la noche de carnaval.
–Por delante –dijo Oliveira, cebando el mate.
–Y monsieur Vincent, el hermano del hotelero.
–Por detrás.
–Y un soldado que lloraba en un parque.
–Por delante.
–Y vos.
–Por detrás. Pero eso de ponerme a mi en la lista estando yo presente es como una confirmación de mis lúgubres premoniciones. En realidad la lista completa se la habrás tenido que recitar a Gregorovius.
La Maga revolvía la bombilla. Había agachado la cabeza y todo el pelo le cayó de golpe sobre la cara, borrando la expresión que Oliveira había espiado con aire indiferente.

Después fuiste la amiguita
de un viejo boticario,
y el hijo de un comisario
todo el vento te sacó…

Oliveira canturreaba el tango. La Maga chupó la bombilla y se encogió de hombros, sin mirarlo. «Pobrecita», pensó Oliveira. Le tiró un manotón al pelo, echándoselo para atrás brutalmente como si corriera una cortina. La bombilla hizo ruido seco entre los dientes.
–Es casi como si me hubieras pegado –dijo la Maga, tocándose la boca con dos dedos que temblaban–. A mi no me importa, pero…
–Por suerte te importa –dijo Oliveira–. Si no me estuvieras mirando así te despreciaría. Sos maravillosa, con Rocamadour y todo.
–De qué me sirve que me digas eso.
–A mi me sirve.
–Sí, a vos te sirve. A vos todo te sirve para lo que andás buscando.
–Querida –dijo gentilmente Oliveira–, las lágrimas estropean el gusto de la yerba, es sabido.
–A lo mejor también te sirve que yo llore.
–Sí, en la medida en que me reconozco culpable.
–Andáte, Horacio, va a ser lo mejor.
–Probablemente. Fijate, de todas maneras, que si me voy ahora cometo algo que se parece casi al heroísmo, es decir que te dejo sola, sin plata y con tu hijo enfermo.
–Sí –dijo la Maga sonriendo homéricamente entre las lágrimas–. Es casi heroico, cierto.
–Y como disto de ser un héroe, me parece mejor quedarme hasta que sepamos a qué atenernos, como dice mi hermano con su bello estilo.
–Entonces quedate.
–¿Pero vos comprendés cómo y por qué renuncio a ese heroísmo?
–Sí, claro.
–A ver, explicá por qué no me voy.
–No te vas porque sos bastante burgués y tomás en cuenta que pensarían Ronald y Babs y los otros amigos.
–Exacto. Es bueno que veas que vos no tenés nada que ver en mi decisión. No me quedo por solidaridad ni por lástima ni porque hay que darle la mamadera a Rocamadour. Y mucho menos porque vos y yo tengamos todavía algo en común.
–Sos tan cómico a veces –dijo la Maga.
–Por supuesto –dijo Oliveira–. Bob Hope es una mierda al lado mío.
–Cuando decís que ya no tenemos nada en común, ponés la boca de una manera…
–Un poco así, ¿verdad?
–Sí, es increíble.
Tuvieron que sacar los pañuelos y taparse la cara con las dos manos, soltaban tales carcajadas que Rocamadour se iba a despertar, era algo horrible. Aunque Oliveira hacía lo posible por sostenerla, mordiendo el pañuelo y llorando de risa, la Maga resbaló poco a poco del sillón, que tenía las patas delanteras más cortas y la ayudaba a caerse, hasta quedar enredada entre las piernas de Oliveira que se reía con un hipo entrecortado y que acabó escupiendo el pañuelo con una carcajada.
–Mostrá otra vez cómo pongo la boca cuando digo esas cosas –suplicó Oliveira.
–Así –dijo la Maga, y otra vez se retorcieron hasta que Oliveira se dobló en dos apretándose la barriga, y la Maga vio su cara contra la suya, los ojos que la miraban brillando entre lágrimas. Se besaron al revés, ella hacia arriba y él con el pelo colgando como un fleco, se besaron mordiéndose un poco porque sus bocas no se reconocían, estaban besando bocas diferentes, buscándose con las manos en un enredo infernal de pelo colgando y el mate que se había volcado al borde de la mesa y chorreaba en la falda de la Maga.
–Decime cómo hace el amor Ossip –murmuró Oliveira, apretando los labios contra los de la Maga–. Pronto que se me sube la sangre a la cabeza, no puedo seguir así, es espantoso.
–Lo hace muy bien –dijo la Maga mordiéndose el labio–. Muchísimo mejor que vos y más seguido.
–¿Pero te retila la murta? No me vayas a mentir. ¿Te la retila de veras?
–Muchísimo. Por todas partes, a veces demasiado. Es una sensación maravillosa.
–¿Y te hace poner con los plíneos entre las argustas?
–Sí, y después nos entreturnamos los porcios hasta que él dice basta basta, y yo tampoco puedo más, hay que apurarse comprendés. Pero eso vos no lo podés comprender, siempre te quedás en la gunfia más chica.
–Yo y cualquiera –rezongó Oliveira, enderezándose–. Che, este mate es una porquería, yo me voy un rato a la calle.
–¿No querés que te siga contando de Ossip? –dijo la Maga–. En glíglico.
–Me aburre mucho el glíglico. Además vos no tenés imaginación, siempre decís las mismas cosas. La gunfia, vaya novedad. Y no se dice «contando de».
–El glíglico lo inventé yo –dijo resentida la Maga–. Vos soltás cualquier cosa y te lucís, pero no es el verdadero glíglico.
–Volviendo a Ossip…
–No seas tonto, Horacio, te digo que no me he acostado con él. ¿Te tengo que hacer el gran juramento de los sioux?
–No, al final me parece que te voy a creer.
–Y después –dijo la Maga– lo más probable es que acabe por acostarme con Ossip, pero serás vos el que lo habrá querido.
–¿Pero a vos realmente te puede gustar ese tipo?
–No. Lo que pasa es que hay que pagar la farmacia. De vos no quiero ni un centavo, y a Ossip no le puedo pedir plata y dejarlo con las ilusiones.
–Sí, ya sé –dijo Oliveira–. Tu lado samaritano. Al soldadito del parque tampoco lo podías dejar que llorara.
–Tampoco, Horacio. Ya ves lo distintos que somos.
–Sí, la piedad no es mi fuerte. Pero también yo podría llorar en una de esas, y entonces vos…
–No te veo llorando –dijo la Maga–. Para vos sería como un desperdicio.
–Alguna vez he llorado.
–De rabia, solamente. Vos no sabés llorar, Horacio, es una de las cosas que no sabés.
Oliveira atrajo a la Maga y la sentó en las rodillas. Pensó que el olor de la Maga, de la nuca de la Maga, lo entristecía. Ese mismo olor que antes… «Buscar a través de», pensó confusamente. «Sí, es una de las cosas que no sé hacer, eso y llorar y compadecerme.»
–Nunca nos quisimos –le dijo besándola en el pelo.
–No hablés por mí –dijo la Maga cerrando los ojos–. Vos no podés saber si yo te quiero o no. Ni siquiera eso podés saber.
–¿Tan ciego me crees?
–Al contrario, te haría tanto bien quedarte un poco ciego.
–Ah, sí, el tacto que reemplaza las definiciones, el instinto que va más allá de la inteligencia. La vía mágica, la noche oscura del alma.
–Te haría bien –se obstinó la Maga como cada vez que no entendía y quería disimularlo.
–Mirá, con lo que tengo me basta para saber que cada uno puede irse por su lado. Yo creo que necesito estar solo, Lucía; realmente no sé lo que voy a hacer. A vos y a Rocamadour, que me parece que se está despertando, les hago la injusticia de tratarlos mal y no quiero que siga.
–Por mí y por Rocamadour no te tenés que preocupar.
–No me preocupo pero andamos los tres enredándonos en los tobillos del otro, es incómodo y antiestético. Yo no seré lo bastante ciego, querida, pero el nervio óptico me alcanza para ver que vos te vas a arreglar perfectamente sin mí. Ninguna amiga mía se ha suicidado hasta ahora, aunque mi orgullo sangre al decirlo.
–Sí, Horacio.
–De manera que si consigo reunir suficiente heroísmo para plantarte esta misma noche o mañana, aquí no ha pasado nada.
–Nada –dijo la Maga.
–Vos le llevarás de nuevo tu chico a madame Irène, y volverás a París a seguir tu vida.
–Eso.
–Irás mucho al cine, seguirás leyendo novelas, te pasearás con riesgo de tu vida en los peores barrios y a las peores horas.
–Todo eso.
–Encontrarás muchísimas cosas extrañas en la calle, las traerás, fabricarás objetos. Wong te enseñará juegos malabares y Ossip te seguirá a dos metros de distancia, con las manos juntas y una actitud de humilde reverencia.
–Por favor, Horacio –dijo la Maga, abrazándose a él y escondiendo la cara.
–Por supuesto que nos encontraremos mágicamente en los sitios más extraños, como aquella noche en la Bastille, te acordás.
–En la rue Daval.
–Yo estaba bastante borracho y vos apareciste en la esquina y nos quedamos mirándonos como idiotas.
–Porque yo creía que esa noche vos ibas a un concierto.
–Y vos me habías dicho que tenías cita con madame Leónie.
–Por eso nos hizo tanta gracia encontrarnos en la rue Daval.
–Vos llevabas el pulóver verde y te habías parado en la esquina a consolar a un pederasta.
–Lo habían echado a golpes del café, y lloraba de una manera.
–Otra vez me acuerdo que nos encontramos cerca del Quai de Jemmapes.
–Hacía calor –dijo la Maga.
–Nunca me explicaste bien qué andabas buscando por el Quai de Jemmapes.
–Oh, no buscaba nada.
–Tenías una moneda en la mano.
–Me la encontré en el cordón de la vereda. Brillaba tanto.
–Y después fuimos a la Place de la République donde estaban los saltimbanquis, y nos ganamos una caja de caramelos.
–Eran horribles.
–Y otra vez yo salía del metro Mouton–Duvernet, y vos estabas sentada en la terraza de un café con un negro y un filipino.
–Y vos nunca me dijiste que tenías que hacer por el lado de Mouton–Duvernet.
–Iba a lo de una pedicura –dijo Oliveira–. Tenía una sala de espera empapelada con escenas entre violeta y solferino: góndolas, palmeras, y unos amantes abrazados a la luz de la luna. Imaginátelo repetido quinientas veces en tamaño doce por ocho.
–Vos ibas por eso, no por los callos.
–No eran callos, hija mía. Una auténtica verruga en la planta del pie. Avitaminosis, parece.
–¿Se te curó bien? –dijo la Maga, levantando la cabeza y mirándolo con gran concentración.
A la primera carcajada Rocamadour se despertó y empezó a quejarse. Oliveira suspiró, ahora iba a repetirse la escena, por un rato sólo vería a la Maga de espaldas, inclinada sobre la cama, las manos yendo y viniendo. Se puso a cebar mate, a armar un cigarrillo. No quería pensar. La Maga fue a lavarse las manos y volvió. Tomaron un par de mates casi sin mirarse.
–Lo bueno de todo esto –dijo Oliveira– es que no le damos calce al radioteatro. No me mires así, si pensás un poco te vas a dar cuenta de lo que quiero decir.
–Me doy cuenta –dijo la Maga–. No es por eso que te miro así.
–Ah, vos creés que…
–Un poco, sí. pero mejor no volver a hablar.
–Tenés razón. Bueno, me parece que me voy a dar una vuelta.
–No vuelvas –dijo la Maga.
–En fin, no exageremos –dijo Oliveira–. ¿Dónde querés que me vaya a dormir? una cosa son los nudos gordianos y otra el céfiro que sopla en la calle, debe haber cinco grados bajo cero.
–Va a ser mejor que no vuelvas, Horacio –dijo la Maga–. Ahora me resulta fácil decírtelo. Comprendé.
–En fin –dijo Oliveira–. Me parece que nos apuramos a congratularnos por nuestro savoir faire.
–Te tengo tanta lástima, Horacio.
–Ah, eso no. Despacito, ahí.
–Vos sabés que yo a veces veo. Veo tan claro. Pensar que hace una hora se me ocurrió que lo mejor era ir a tirarme al río.
–La desconocida del Sena… Pero si vos nadás como un cisne.
–Te tengo lástima –insistió la Maga–. Ahora me doy cuenta. La noche que nos encontramos detrás de Notre–Dame también vi que… Pero no lo quise creer. Llevabas una camisa azul tan preciosa. Fue la primera vez que fuimos juntos a un hotel, ¿verdad?
–No, pero es igual. Y vos me enseñaste a hablar en glíglico.
–Si te dijera que todo eso lo hice por lástima.
–Veamos –dijo Oliveira, mirándola sobresaltado.
–Esa noche vos corrías peligro. Se veía, era como una sirena a lo lejos… no se puede explicar.
–Mis peligros son sólo metafísicos –dijo Oliveira–. Créeme, a mí no me van a sacar del agua con ganchos. Reventaré de una oclusión intestinal, de la gripe asiática o de un Peugeot 403.
–No sé –dijo la Maga–. Yo pienso a veces en matarme pero veo que no lo voy a hacer. No creas que es solamente por Rocamadour, antes de él era lo mismo. La idea de matarme me hace siempre bien. Pero vos, que no lo pensás… ¿Por qué decís: peligros metafísicos? También hay ríos metafísicos, Horacio. Vos te vas a tirar a uno de esos ríos.
–A lo mejor –dijo Oliveira– eso es el Tao.
–A mí me pareció que yo podía protegerte. No digas nada. En seguida me di cuenta de que no me necesitabas. Hacíamos el amor como dos músicos que se juntan para tocar sonatas.
–Precioso, lo que decís.
–Era así, el piano iba por su lado y el violín por el suyo y de eso salía la sonata, pero ya ves, en el fondo no nos encontrábamos. Me di cuenta en seguida, Horacio, pero las sonatas eran tan hermosas.
–Sí, querida.
–Y el glíglico.
–Vaya.
–Y todo, el Club, aquella noche en el Quai de Bercy bajo los árboles, cuando cazamos estrellas hasta la madrugada y nos contamos historias de príncipes, y vos tenías sed y compramos una botella de espumante carísimo, y bebimos a la orilla del río.
–Y entonces vino un clochard –dijo Oliveira– y le dimos la mitad de la botella.
–Y el clochard sabía una barbaridad, latín y cosas orientales, y vos le discutiste algo de…
–Averroes, creo.
–Si, Averroes.
–Y la noche que el soldado me tocó el traste en la Foire du Trône, y vos le diste una trompada en la cara, y nos metieron presos a todos.
–Que no oiga Rocamadour –dijo Oliveira riéndose.
–Por suerte Rocamadour no se acordará nunca de vos, todavía no tiene nada detrás de los ojos. Como los pájaros que comen las migas que uno les tira. Te miran, las comen, se vuelan… No queda nada.
–No –dijo Oliveira–. No queda nada.
En el rellano gritaba la del tercer piso, borracha como siempre a esa hora. Oliveira miró vagamente hacia la puerta, pero la Maga lo apretó contra ella, se fue resbalando hasta ceñirle las rodillas, temblando y llorando.
–¿Por qué te afligís así? –dijo Oliveira–. Los ríos metafísicos pasan por cualquier lado, no hay que ir muy lejos a encontrarlos. Mirá, nadie se habrá ahogado con tanto derecho como yo, monona. Te prometo una cosa: acordarme de vos a último momento para que sea todavía más amargo. Un verdadero folletín, con tapa en tres colores.
–No te vayas –murmuró la Maga, apretándole las piernas.
–Una vuelta por ahí, nomás.
–No, no te vayas.
–Dejáme. Sabés muy bien que voy a volver, por lo menos esta noche.
–Vamos juntos –dijo la Maga–. Ves, Rocamadour duerme, va a estar tranquilo hasta la hora del biberón. Tenemos dos horas, vamos al café del barrio árabe, ese cafecito triste donde se está tan bien.
Pero Oliveira quería salir solo. Empezó a librar poco a poco las piernas del abrazo de la Maga. Le acariciaba el pelo, le pasó los dedos por el collar, la besó en la nuca, detrás de la oreja, oyéndola llorar con todo el pelo colgándole en la cara. «Chantajes no», pensaba. «Lloremos cara a cara, pero no ese hipo barato que se aprende en el cine.» Le levantó la cara, la obligó a mirarlo.
–El canalla soy yo –dijo Oliveira–. Dejame pagar a mí. Llorá por tu hijo, que a lo mejor se muere, pero no malgastes las lágrimas conmigo. Madre mía, desde los tiempos de Zola no se veía una escena semejante. Dejame salir, por favor.
–¿Por qué? –dijo la Maga, sin moverse del suelo, mirándolo como un perro.
–¿Por qué qué?
–¿Por qué?
–Ah, vos querés decir por qué todo esto. Andá a saber, yo creo que ni vos ni yo tenemos demasiado la culpa. No somos adultos, Lucía. Es un mérito pero se paga caro. Los chicos se tiran siempre de los pelos después de haber jugado. Debe ser algo así. Habría que pensarlo.

(-126)

Julio Cortázar. Rayuela, (1963).

Stufen

10/10/2017
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Wie jede Blüte welkt und jede Jugend
Dem Alter weicht, blüht jede Lebensstufe,
Blüht jede Weisheit auch und jede Tugend
Zu ihrer Zeit und darf nicht ewig dauern.
Es muß das Herz bei jedem Lebensrufe
Bereit zum Abschied sein und Neubeginne,
Um sich in Tapferkeit und ohne Trauern
In andre, neue Bindungen zu geben.
Und jedem Anfang wohnt ein Zauber inne,
Der uns beschützt und der uns hilft, zu leben.

Wir sollen heiter Raum um Raum durchschreiten,
An keinem wie an einer Heimat hängen,
Der Weltgeist will nicht fesseln uns und engen,
Er will uns Stuf’ um Stufe heben, weiten.
Kaum sind wir heimisch einem Lebenskreise
Und traulich eingewohnt, so droht Erschlaffen;
Nur wer bereit zu Aufbruch ist und Reise,
Mag lähmender Gewöhnung sich entraffen.

Es wird vielleicht auch noch die Todesstunde
Uns neuen Räumen jung entgegen senden,
Des Lebens Ruf an uns wird niemals enden,
Wohlan denn Herz, nimm Abschied und gesunde!

Hermann Hesse. Das Glasperlenspiel. Versuch einer Lebensbeschreibung des Magister Ludi Josef Knecht samt Knechts hinterlassenen Schriften (1934).

Hacer algo…

02/10/2017
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3

El tercer cigarrillo del insomnio se quemaba en la boca de Horacio Oliveira sentado en la cama; una o dos veces había pasado levemente la mano por el pelo de la Maga dormida contra él. Era la madrugada del lunes, habían dejado irse la tarde y la noche del domingo, leyendo, escuchando discos, levantándose alternativamente para calentar café o cebar mate. Al final de un cuarteto de Haydn la Maga se había dormido y Oliveira, sin ganas de seguir escuchando, desenchufó el tocadiscos desde la cama; el disco siguió girando unas pocas vueltas, ya sin que ningún sonido brotara del parlante. No sabía por qué pero esa inercia estúpida lo había hecho pensar en los movimientos aparentemente inútiles de algunos insectos, de algunos niños. No podía dormir, fumaba mirando la ventana abierta, la bohardilla donde a veces un violinista con joroba estudiaba hasta muy tarde. No hacía calor, pero el cuerpo de la Maga le calentaba la pierna y el flanco derecho; se apartó poco a poco, pensó que la noche iba a ser larga.

Se sentía muy bien, como siempre que la Maga y él habían conseguido llegar al final de un encuentro sin chocar y sin exasperarse. Le importaba muy poco la carta de su hermano, rotundo abogado rosarino que producía cuatro pliegos de papel avión acerca de los deberes filiales y ciudadanos malbaratados por Oliveira. La carta era una verdadera delicia y ya la había fijado con scotch tape en la pared para que la saborearan sus amigos. Lo único importante era la confirmación de un envío de dinero por la bolsa negra, que su hermano llamaba delicadamente «el comisionista». Oliveira pensó que podría comprar unos libros que andaba queriendo leer, y que le daría tres mil francos a la Maga para que hiciese lo que le diera la gana, probablemente comprar un elefante de felpa de tamaño casi natural para estupefacción de Rocamadour. Por la mañana tendría que ir a lo del viejo Trouille y ponerle al día la correspondencia con Latinoamérica. Salir, hacer, poner al día, no eran cosas que ayudaran a dormirse. Poner al día, vaya expresión. Hacer. Hacer algo, hacer el bien, hacer pis, hacer tiempo, la acción en todas sus barajas. Pero detrás de toda acción había una protesta, porque todo hacer significaba salir de para llegar a, o mover algo para que estuviera aquí y no allí, o entrar en esa casa en vez de no entrar o entrar en la de al lado, es decir que en todo acto había la admisión de una carencia, de algo no hecho todavía y que era posible hacer, la protesta tácita frente a la continua evidencia de la falta, de la merma, de la parvedad del presente. Creer que la acción podía colmar, o que la suma de las acciones podía realmente equivaler a una vida digna de este nombre, era una ilusión de moralista. Valía más renunciar, porque la renuncia a la acción era la protesta misma y no su máscara. Oliveira encendió otro cigarrillo, y su mínimo hacer lo obligó a sonreírse irónicamente y a tomarse el pelo en el acto mismo. Poco le importaban los análisis superficiales, casi siempre viciados por la distracción y las trampas filológicas. Lo único cierto era el peso en la boca del estómago, la sospecha física de que algo no andaba bien, de que casi nunca había andado bien. No era ni siquiera un problema, sino haberse negado desde temprano a las mentiras colectivas o a la soledad rencorosa del que se pone a estudiar los isótopos radiactivos o la presidencia de Bartolomé Mitre. Si algo había elegido desde joven era no defenderse mediante la rápida y ansiosa acumulación de una «cultura», truco por excelencia de la clase media argentina para hurtar el cuerpo a la realidad nacional y a cualquier otra, y creerse a salvo del vacío que la rodeaba…

Julio Cortázar. Rayuela, (1963).

La memoria de Silvio Rodríguez

02/09/2017
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Es importante tener memoria, es importante no olvidar de dónde salió uno, es importante saber, haber visto, retener, haber sentido el padecimiento, las escaseces, el… las faltas de oportunidades a tantas personas inteligentes que uno ha conocido en la vida. Hay que darse un poco de cuenta de que uno, puede haber tenido el talento que tu quieras, pero también ha tenido mucha suerte.

A veces hay que tener valor para darle una patada a lo que los demás piensan de ti. ¿Eh? Y asumir las consecuencias, ¿no? No, yo no soy eso que ustedes piensan. El que no me quiera ver, allá él, pero… Y si no te gusta, bueno, no me analices. Escucha mis canciones y sueña con ellas.

Silvio Rodríguez Domínguez. En el documental Silvio Rodríguez, Ojalá, (2012). Director: Nico Gracía.

También La memoria de Michi Panero.

Aprender como la Maga

02/08/2017
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Se paraban delante de una vidriera para leer los títulos de los libros. La Maga se ponía a preguntar, guiándose por los colores y las formas. Había que situarle a Flaubert, decirle que Montesquieu, explicarle cómo Raymond Radiguet, informarla sobre cuándo Théophile Gautier. La Maga escuchaba, dibujando con el dedo en la vidriera. «Un pajarito en la cabeza, quiere que le des de comer comida argentina», pensaba Oliveira, oyéndose hablar. «Pobre de mí, madre mía.»

–¿Pero no te das cuenta que así no se aprende nada? –acababa por decirle–. Vos pretendés cultivarte en la calle, querida, no puede ser. Para eso abonate al Reader’s Digest.

–Oh, no, esa porquería.

Un pajarito en la cabeza, se decía Oliveira. No ella, sino él. ¿Pero qué tenía ella en la cabeza? Aire o gofio, algo poco receptivo. No era en la cabeza donde tenía el centro.

«Cierra los ojos y da en el blanco», pensaba Oliveira. «Exactamente el sistema Zen de tirar al arco. Pero da en el blanco simplemente porque no sabe que ése es el sistema. Yo en cambio… Toc toc. Y así vamos.»

Cuando la Maga preguntaba por cuestiones como la filosofía Zen (eran cosas que podían ocurrir en el Club, donde se hablaba siempre de nostalgias, de sapiencias tan lejanas como para que se las creyera fundamentales, de anversos de medallas, del otro lado de la luna siempre), Gregorovius se esforzaba por explicarle los rudimentos de la metafísica mientras Oliveira sorbía su pernod y los miraba gozándolos. Era insensato querer explicarle algo a la Maga. Fauconnier tenía razón, para gentes como ella el misterio empezaba precisamente con la explicación. La Maga oía hablar de inmanencia y trascendencia y abría unos ojos preciosos que le cortaban la metafísica a Gregorovius. Al final llegaba a convencerse de que había comprendido el Zen, y suspiraba fatigada. Solamente Oliveira se daba cuenta de que la Maga se asomaba a cada rato a esas grandes terrazas sin tiempo que todos ellos buscaban dialécticamente.

–No aprendas datos idiotas –le aconsejaba–. Por qué te vas a poner anteojos si no los necesitás.

La Maga desconfiaba un poco. Admiraba terriblemente a Oliveira y a Etienne, capaces de discutir tres horas sin parar. En torno a Etienne y Oliveira había como un círculo de tiza, ella quería entrar en el círculo, comprender por qué el principio de indeterminación era tan importante en la literatura, por qué Morelli, del que tanto hablaban, al que tanto admiraban, pretendía hacer de su libro una bola de cristal donde el micro y el macrocosmos se unieran en una visión aniquilante.

–Imposible explicarte –decía Etienne–. Esto es el Meccano número siete y vos apenas estás en el dos.

La Maga se quedaba triste, juntaba una hojita al borde de la vereda y hablaba con ella un rato, se la paseaba por la palma de la mano, la acostaba de espaldas o boca abajo, la peinaba, terminaba por quitarle la pulpa y dejar al descubierto las nervaduras, un delicado fantasma verde se iba dibujando contra su piel. Etienne se la arrebataba con un movimiento brusco y la ponía contra la luz. Por cosas así la admiraban, un poco avergonzados de haber sido tan brutos con ella, y la Maga aprovechaba para pedir otro medio litro y si era posible algunas papas fritas.

(-71)

Julio Cortázar. Rayuela, (1963).