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La autoexpresión en Internet

02/06/2009

El mito de la «autoexpresión»

A los impulsores de Internet les gusta este aforismo de Marshall McLuhan: «El usuario es el contenido». Todo el mundo está de acuerdo en que McLuhan estaba enunciando lo que ha pasado a ser el principio fundamental de la cultura de Internet: la audiencia determina la forma y el contenido de sus medios, y el consumidor organiza, controla y, lo más importante, genera su producto. La cultura ahora está , usando una frase ya muy extendida, «generada por el usuario». El crítico de música de The New York Times, Jon Pareles, nos explica qué son los medios generados por el usuario:

Un creciente cúmulo nunca visto de anuncios personales, fotografías aleatorias, charlas privadas, grabaciones de demos y videoclips hechos con videocámaras caseras, […] un flujo de extractos granulosos de televisión, clips de películas mal editados, diarios realizados con vídeos demésticos, vídeos de música de aficionados y fotos de gente que canta junto a sus estéreos. […] Se encuentran en sitios de la Red como YouTube, MySpace, Dailymotion, PureVolumen, GarageBand y Metacafe. Es arte casero que se distribuye de forma independiente y que se promociona con inventiva. Es arte apropiado que ha sido tergiversado, destruido, burlado y a veces mejorado. Son blogs, software de fuentes abiertas, wikis colaborativos y páginas web personales. Es de boca en boca como pueden llegar al mundo entero.

Para Pareles, no hay nada nuevo en esta avalancha de actividades creadas por uno mismo. Escribe lo siguiente: «Prefiero algo un poco más anticuado que el término generado por el usuario, como es la autoexpresión».

Pero la autoexpresión no es lo mismo que la imaginación. La autoexpresión es uno de esos términos amplios y holgados, atiborrado de muchos cambios y acontecimientos culturales hasta tal punto que solo presenta detalles de un significado general sin expresar uno en particular. La frase es una síntesis del individualismo radical estadounidense, la iniciativa emprendedora convencional plasmada en la expresión «consíguelo» y la idiosincrasia contracultural del «haga lo que sienta». Puede significar pararse en medio de la calle y gritar «¡joder!», escuchar un disco de tu grupo favorito al volumen más alto posible, pintar con los dedos o tomar fotos divertidas con la cámara del teléfono móvil. Irónicamente, podría decir que su bebé de cuatro meses se estaba «expresando» al hacerse caca en el regazo de un invitado. Y no sería completamente una ironía.

Lo que la autoexpresión no significa es hacer arte. Ningún tipo de arte, ya sea popular o superior. No se referiría nunca a El guardián en el centeno como la mayor proeza de la autoexpresión, al igual que nunca calificaría el último disco de los Flaming Lips como la autoexpresión más interesante que han realizado hasta el momento. Sabemos, por instinto, aunque no podamos traducirlo en palabras, que el arte es una forma de expresión que da cabida misteriosamente a nuestra experiencia sin abordar de hecho nuestra vivencia personal. El arte nos comunica algo incluso sin saber que estamos allí. Johanes Vermeer no estaba pensando en usted o en mí cuando pintó La joven de la perla; sin embargo, el retrato nos conmueve. Sabemos, cuando reaccionamos a la pintura, que no nos podría apasionar tan profundamente si fuera una mera expresión del yo del artista. Todo lo contrario, nos hace expresarnos a nosotros. Al mismo tiempo, tampoco nos revela nada sobre la persona de Vermeer, al igual que la novela de J. D. Salinger o la canción de los Flaming Lips no nos cuenta nada en específico sobre los autores del libro y de la música.

Comparar el arte con la autoexpresión no tendría sentido si lo segundo no hubiera suplantado enteramente a lo primero en las vidas de un gran número de productores y consumidores de la autoexpresión. Al escribir esto, hago clic en YouTube y estos son algunos de los diez videoblogs más populares: un joven calvo, con gafas de montura metálica y redondeada, que hace un monólogo hablando con rapidez sobre el Día de San Valentín; un vídeo dramático, cuyo argumento, según explican sus propios creadores, es «el “Mundo real” que se encuentra con la “Liga de la justicia” cuando unos superhéroes de poca monta intentan irrumpir con una diversión nunca vista en el mismo edificio»; un padre que está sentado delante de su coche aparcado, explicando a su hijo, que está en el asiento trasero, cómo «ligarse a las mujeres»; una película de una cabra pariendo («sí, realmente a la cabra le pusimos el nombre de YouTube», concluye la presentación); y un mash-up, o reedición, de una audiencia del Senado de los Estados Unidos con cantantes afroamericanas interpretando a Condoleezza Rice y a Alan Keyes, quien rapeó a los senadores en la vida real. Algunos de ellos son divertidos, todos son autoindulgentes, pero ninguno es el tipo de acto creativo que me conmueve y me apasiona o me hace reír. Pese al diveritmento que experimenté viendo estas pequeñas películas, me parecieron, al fin y al cabo , aburridas y vacías.

Pareles denominaría «autoexpresión» a estas representaciones de YouTube, lo que suscita una pregunta. ¿Qué es lo que está expresando el yo? Al igual que los intérpretes novicios del programa televisivo American Idol, cada uno de estos videoblogueros está representando un fragmento de la cultura popular. Así pues, reconocemos las payasadas de cientos de cómicos que hemos visto en televisión. Lo de que el «Mundo real» se encuentra con la «Liga de la justicia» es justamente lo que es. El estilo rapero de Condoleezza Rice y amigos se remonta a hace casi diez años. Toda esta gente en su mayoría joven que emplea este medio supuestamente inexplorado, igualitario y sin jerarquías, en donde todo parece permisible, es en el fondo cauta y poco original. Se presentan ellos mismos a una audiencia ya familiarizada con sus procedimientos, los cuales ya han sido certificados como exitosos por la cultura popular. ¿Qué ha pasado con toda esta «autoexpresión»?

He aquí una explicación. Como nos explica Pareles al principio de su artículo, Rupert Murdoch pagó recientemente 580 millones de dólares por «el creciente cúmulo nunca visto» de autoexpresión en MySpace. Por su parte, Google compró los «extractos granulados de televisión» de YouTube por 1.650 millones de dólares. Desde sus inicios, empresas impresionantemente rentables han puesto su mirada en estos llamados espacios de la autoexpresión.

Antes de que Vermeer o Salinger o incluso los Flaming Lips produjeran sus obras, tuvieron que aprender cómo hacerlas. El mercado no observó cómo iban aprendiendo. La mayoría de los blogueros de YouTube, por su parte, nunca han dedicado un tiempo a aprender pacientemente su oficio. Se precipitan al mundo en línea e intentan vender (acaparar la atención es ahora otra fuente de ingresos) lo primero que tienen a mano: un cachorro con hipo o un recuerdo inventado. Hacer lo que se siente y hacer negocio en el mercado consiste ahora en la misma actividad.

Lee Siegel (2008). Against the Machine / El mundo a través de una pantalla. Ser humano en la era de la multitud digital

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