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Bachelard

10/06/2009
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[…] Así, Bachelard cambia de símbolo, pero sigue siendo simbolista, dentro de la gran tradición del siglo XIX.

Y así como este siglo dio a luz arquetipos, el nuestro, que ahora es formalista, trata de crear estructuras. En el primer caso, el modelo es la esencia (la realiza eminentemente); en el segundo, el modelo es el paradigma (realiza ejemplarmente la estructura). Por una parte el modelo es primero, por otra, es segundo; o es la referencia que explica —más bien, que hace comprender— o es el objeto mismo al que se explica. Ahora bien, para pasar del simbolismo al formalismo, es decir, del modelo como fin del método al modelo como problema, es preciso verificar que se ha agotado la variación de los conjuntos donde se pueden escoger los arquetipos simbólicos. Para decidirse a vaciar a todo símbolo de su sentido y pasar a lo formal es necesario verificar que ya se ha recorrido exhaustivamente el mundo de los símbolos. En este sentido preciso designamos a Bachelard como el último de los simbolistas: el conjunto en que él escoge sus arquetipos es el todo de la naturaleza, sin extensión imaginable, y lo original de la naturaleza, sin anterioridad imaginable. Es pues el último “psicoanalista” cuando escribe un psicoanálisis generalizado (sin posible generalización ulterior), en el que el inconsciente-cuerpo es reemplazado por el inconsciente-naturaleza, en el que la historia mítica del mundo reemplaza a la historia mítica del hombre y la domina; es decir, cuando escribe un fisio-análisis. Y como en este fisio-análisis confluyen todos los ensayos anteriores, psicoanálisis, socioanálisis, etcétera, solo resta convertirse, o volver a ser —pero en un sentido nuevo— logoanalistas. El método estructuralista contemporáneo se define muy bien como un Logoanálisis.

Toda cuestión metódica o crítica gira por consiguiente alrededor de la noción de sentido; y, si puedo expresarme así, en torno a su cuantificación. Sea una forma cualquiera, a la que queremos adjudicarle alguna función metódica. Supongamos que la llenáramos de sentido, que la cargáramos y sobrecargáramos de significaciones: materiales, históricas, humanas, existenciales… hasta en el preciso detalle de la singularidad. Esa forma pasa a ser entonces un arquetipo, es decir, la referencia de un análisis simbólico: el lenguaje del sentido no posee otros términos que los arquetipos; el lenguaje del sentido solo puede decirse mediante ideogramas; no se lo puede hablar con letras indefinidas en cuanto a su contenido o a sus relaciones posibles, solo se puede delinear a partir de él cuadros sintéticos, imágenes sobrecargadas. Por eso, cuanto más simbólica llega a ser una forma, más difícil es pensarla formalmente. El arquetipo es un máximo de sobrecarga significante, ya sea dios, héroe o elemento (en este sentido, el Edipo —nombre propio convertido en nombre común— es un ideograma que permite hablar el lenguaje sin lenguaje del inconsciente), y debe serlo para que el análisis simbólico encuentre en él la totalidad de una esencia eminentemente realizada. El arquetipo es una forma con saturación de sentido. Precisamente creemos que Bachelard apela a arquetipos sobresaturados (de contenido significativo maximum maximorum), mítica o simbólicamente primeros sin predecesores posibles en el propio conjunto mítico y elegidos en un conjunto que ya no tienen análogos. Después de él, la variación queda cerrada y el análisis simbólico es perfecto, es decir, está concluido. Es el fin del ideal romántico, por clausura del campo de los símbolos imaginables y rellenamiento-límite de los arquetipos. Solo resta, entonces, practicar un análisis o una crítica inversa del análisis simbólico: vaciar la forma de la totalidad de su sentido, de todos sus sentidos posibles, es decir pensarla formalmente, o sea pasar de la escritura ideográfica del análisis simbólico al lenguaje abstracto del análisis estructural. Pero, cosa sorprendente, al vaciar a la forma de su sentido se denominan mejor los problemas de sentido.

Con esto concluye una época. Ya no dibujaremos en el cielo constelaciones cuya oscura claridad decía a los hombres lo que ellos son. Bachelard ha demarcado la última, y también con eso nuestro mundo ha terminado. Pero ¿cuál es el mundo que comienza, qué aurora hará desaparecer esas tramas simbólicas, el Minotauro, Argos, el Cisne, la Osa Mayor?

Bachelard —volvamos a él— se pasó la vida definiendo un nuevo espíritu científico y una nueva crítica. Trató además de constituir un nuevo equilibrio entre esos dos esfuerzos, en adelante y por obra suya indisociables. Ya no olvidaremos esta lección: históricamente es capital, pues abre un nuevo clasicismo en el que la razón ya no vuelve la espalda a los contenidos culturales, ya no trata de comprenderlos mediante arquetipos simbólicos, sino directamente, con sus propias armas, en el que trata de poner de manifiesto el rigor estructural de la aglomeración cultural: por eso hemos hablado de Logoanálisis.

Desaparacido Bachelard, la ciencia y el análisis cultural van, una y otro, por su propio camino, pero desde ahora sus destinos están ligados. Y aunque esos caminos, mirándolo bien, sean no bachelardianos (y él lo habría aprobado), se mantiene la confluencia de lo formal y de lo cultural, confluencia que él designó oscuramente, o si se quiere, que realizó en acto. Desaparecido Bachelard, queda por escribir un Nuevo nuevo espíritu científico que tome en consideración la permanente revolución matemática mal llamada matemática moderna, y el avance de las demás ciencias exactas; es una empresa que está por hacerse. Falta escribir una nueva nueva crítica, y es algo que ya se está haciendo. Torpemente, es cierto, por la sencilla razón de que la epistemología mencionada aún no existe. Tanto es así que este nuevo clasicismo, el de las finezas de la geometría y de las geometrías de la fineza, el que intenta pasar al límite en la vía del inacabamiento bachelardiano, de la liberación de la forma, el que quiere reintegrar al sentido en la razón privándose de la densidad de los símbolos y restituir a los contenidos culturales un ordenamiento sintáctico fino, encuentra dificultades para establecerse por falta de una aprehensión clara y distinta, de una evaluación precisa de la noción metódica de forma por liberar, de forma por aislar, en una palabra: de estructura.

Michel Serres. Analyse symbolique et méthode structurale, publicado en Revue Philosophique de la France et de l’Étranger, N° 4, 1967. Análisis simbólico y método estructural.

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