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Análisis estructural

30/07/2009

Así pues, dado un contenido cultural, ya sea Dios, mesa o palangana, un análisis es estructural (y solo en ese caso es estructural) cuando hace aparecer ese contenido como un modelo en el sentido precisado más arriba, es decir, cuando puede aislar un conjunto formal de elementos y de relaciones, sobre el que es posible razonar sin apelar a la significación del contenido dado. El análisis estructural engendra, pues, un nuevo espíritu metódico: a saber, una revolución profunda sobre la cuestión del sentido. La crítica estructuralista sustituye la relación unívoca de lo que simboliza a lo simbolizado (de contenido de sentido a contenido de sentido), propia de los análisis románticos, por la pluralidad de relaciones de la estructura (pura, formal, vacía de sentido) con sus modelos, cada uno de los cuales está lleno de un sentido singular y diferente. De ahí surge un nuevo poder de clasificación y de tipología. En lugar de engendrar familias agrupadas en torno del arquetipo por similitud de sentido, se engendra familias de modelos con un contenido significativo distinguido, que tienen en común un analogon estructural de forma; y este último es el invariante operacional que los organiza, haciendo abstracción de todo contenido. De modo que, una vez aislada la estructura como tal (con abstracción de los elementos y de las relaciones), es posible recuperar todos los modelos imaginables que engendra; en otras palabras: es posible construir un existente cultural llenando de sentido una forma. El sentido ya no es lo que está dado, cuyo lenguaje oscuro es preciso comprender; por el contrario, es lo que se da a la estructura para constituir un modelo. El análisis simbólico estaba, si se quiere, aplastado por el sentido, se situaba por debajo de él; el análisis estructural se sitúa por encima, lo domina, lo construye y lo da. Por eso su tipología es indiferente a la significación, mientras que la tipología engendrada por el análisis simbólico estaba condicionada por ella.*

Librarse del sentido y dominarlo, dejar de asumirlo y encontrarle un lenguaje autóctono, engendrar un existente a partir de un analogon formal, desplegar la cadena de las consecuencias puras de una estructura dada y de designar como se quiera uno u otro modelo para tal o cual estadio de ese encadenamiento, todo eso define con precisión lo que es un análisis estructural. Es indudable que ese método es aplicable fuera de las matemáticas: nada impide su importación a todos los campos problemáticos en los que, hasta Bachelard, triunfaba el análisis simbólico: crítica histórica, literaria, filosófica.

La novedad de este método reside en el hecho de que por primera vez desde la época clásica el analista vuelve a confiar en lo que, en líneas generales, se podría designar como abstracción. En ese sentido, se puede hablar de un nuevo clasicismo. Hasta hace poco parecía imposible comprender un elemento cultural sin proyectarlo en un conjunto de constelaciones míticas sobrecargadas que envolvía oscuramente una esencia, un sentido, una existencia singular, una historia y un origen. Para comprender un lenguaje que no era el de la razón, parecía indispensable agrupar todos sus balbuceos en una forma densa cuya sobre-existencia mítica aseguraba, al parecer, la perennidad. Los símbolos míticos eran los recuerdos inmemoriales de todas las lenguas en su estado naciente. Con el análisis estructural se descubre que la razón se encuentra en lo más profundo de formaciones que no parecen inmediatamente engendradas por ella. En ese sentido propuse el término Logoanálisis: poner de manifiesto un rigor estructural en una aglomeración cultural, designar esquemas accesibles a la pura razón, y subyacentes en esas mitologías que hasta ayer eran lo subyacente en lo cultural, son los primeros objetivos logoanalíticos. Así como el método simbólico engendró el psicoanálisis, el formalismo crítico engendra un logoanálisis: este se propone buscar los esquemas racionales (estructurales) cuya existencia supone bajo los conjuntos míticos que, por su parte, sostenían al análisis simbólico, suministrándole los arquetipos. El clasicismo confiaba en una razón regional, la nueva crítica tiene la idea de una razón generalizada que absorbe el dominio del sentido, en el estilo aquí definido.

Más que un método, hay aquí una promesa, la promesa de una reconciliación sorprendente, que la historia de las ideas parece encontrar cuando no la buscaba. Hay, ante todo, el poder de unitarismo de este pensamiento en un mundo de pluralismo infinitista y de complejidad regional. Pero eso no es bastante: hay sobre todo un sutil desquite de la razón abstracta en un conjunto en el que se la ha superado ampliamente desde hace un siglo; ampliamente, es decir, en extensión. La razón recupera en lo profundo lo que había perdido en lo extensivo.

Nuestra época reconciliaría así la verdad y el sentido. Y permitiría una esperanza, antes desatinada: la de comprender al mismo tiempo el milagro griego de las matemáticas y el florecimiento delirante de su mitología. Es justo dar a las figuras de ese otro mundo dionisíaco significaciones densas, frondosas y oscuras, en las que se proyectan el alma humana, su efectividad, su destino: se trata de la realidad y de la destinación del hombre, de sus dichas y sus desdichas, consideradas universalmente. Pero, además de ser símbolos de la historia, ¿no serían también en su última sobrecarga, en su última sobredeterminación, modelos significantes de estructuras transparentes del orden del conocimiento, del intelecto y de la ciencia? No nos parece desatinado el proyecto de examinar lo paradigmático de un símbolo mítico, lo esquemático de una parábola, es decir, de adoptar una nueva interpretación de la aglomeración cultural según el orden puro del conocer. No es desatinado si se tiene en cuenta el alto nivel formal de los nuevos métodos y la flexibilidad complicada de los nuevos instrumentos críticos. En ese caso la doble lección del bachelardismo encontraría su verdad dual, y el milagro helénico una nueva unidad. El método logoanalítico del nuevo clasicismo designa una filiación nueva entre lo abstracto indeterminado y la proliferación de los contenidos significativos de la cultura humana.

* Esto es capital: un análisis estructural es logrado y fecundo cuando llegó a reconstruir un elemento de cultura a partir de una forma. La comprensión suministrada por el análisis simbólico era del orden del reconocimiento: aquí y allá encontramos a Electra o a Dionisio, los reconocemos. La comprensión suministrada por un análisis estructural debe ser de reconstitución. De manera que si sé reconstruir un elemento cultural, ya no estoy fascinado por el mito de lo originario, sino que realizo en acto, efectivamente, una génesis. Este signo —entre otros— permite reconocer que un análisis es auténticamente estructural: cuando llega a reconstruir a su objeto como un modelo.

Michel SerresAnalyse symbolique et méthode structurale, publicado en Revue Philosophique de la France et de l’Étranger, N° 4, 1967. Análisis simbólico y método estructural.

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