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La convicción bajo sospecha

18/01/2010

2. La convicción bajo sospecha

Podemos entender por «convicción» una especie de seguridad que impregna la vida de una persona, pero que no se puede demostrar. Es algo de lo que se vive, pero que, si se nos exige que lo demostremos, nos viene enseguida a la mente la respuesta de san Agustín cuando le preguntaron qué era el tiempo: «Yo sabía explicarlo hasta que tú me preguntaste». La convicción es siempre una especie de seguridad sin garantías. Esta ausencia de garantías se acentúa cuando la convicción es de índole religiosa. El hombre religioso no posee garantías ni sobre su convicción más elemental: la existencia de Dios. La convicción religiosa no suele transformarse en certeza. Es seguridad interior con pobres apoyos externos. De ahí la alta probabilidad de que todo hombre, incluso el más dotado religiosamente, haya prestado a Dios alguna vez el homenaje de la duda. Es más: cabría incluso dudar de la profundidad de una convicción religiosa sin noches oscuras ni titubeos esenciales. Las religiones que «prohíben» la duda suelen desembocar en el fundamentalismo. De ahí que hablemos del «homenaje de la duda». Ninguno de los dioses evocados por las tradiciones religiosas de la humanidad ha sido tan explícito que no haya dejado espacios abiertos a la duda y a la pregunta. M. Heidegger llegó a hablar de la «piedad de la pregunta». Probablemente coincide con lo que acabamos de llamar «homenaje de la duda». El mundo conocido no se reconcilia sin violencia con la existencia de dioses buenos y poderosos. Este desajuste será siempre fuente de inquietudes, dudas y preguntas. Y, en definitiva, será el responsable último de que la convicción religiosa se prohíba a sí misma severamente convertirse en certeza.

En realidad, la ausencia de garantías no es una enfermedad que afecte sólo a la convicción religiosa. Otras parcelas significativas de la vida humana se inscriben en el mismo registro. No hay certificado de garantía para el amor, la amistad, la fidelidad o la belleza. Son realidades que exigen confianza, riesgo y apuesta. No se da fe –aseguraba Kierkegaard– que implique algún riesgo. Y por fe entendía el apasionado pensador danés

«la contradicción que se establece entre la pasión infinita de la interiorización del individuo y la incertidumbre objetiva».

Siempre hubo hombres de profundo calado humanista que supieron valorar en todo su alcance la apuesta del hombre religioso. Percibieron la profundidad que puede acompañar al itinerario religioso de los seres humanos. Captaron que, para el creyente profundo, Dios no es un dispositivo cómodo, sino más bien una sobrecarga. En efecto: además de soportar, como los demás, el sinsentido de tantos episodios de la historia humana, el creyente tiene que hacer teodicea, es decir, tiene que justificar el permanente y misterioso silencio de su Dios frente al drama del hombre. Tarea nada envidiable.

La convicción religiosa ha conocido, pues, pronunciamientos amables. Pero también se oyeron voces críticas. La principal de ellas tal vez sea la de Nietzsche. Al definir al hombre como «animal no fijado», es coherente que Nietzsche rechace las convicciones. Es inevitable que éstas «fijen» al hombre. De ahí el contundente veredicto nietzscheano: «Las convicciones son prisiones». Es mejor flotar que conocer asideros firmes. El convencido –viene a decir Nietzsche– no sabe lo que se pierde. Es un miope, un pobre «epiléptico del concepto». En lugar de llamar a todas las puertas, el convencido se encariña únicamente con una. Y ante ella se detiene con mezcla de tozudez y pereza. Su horizonte se vuelve progresivamente raquítico. Nietzsche se lo imagina corto de visión, fiel a un solo partido, parcial, riguroso e inflexible en la determinacion de los valores. En definitiva, el convencido es un hombre de fe y, como tal, un pobre alienado. La fe –sea religiosa o de cualquier otro signo– descentra y enajena al hombre.

Además –Nietzsche insiste machacosamente en ello– los convecidos propenden al fanatismo. La lista de fanáticos presentada por nuestro filósofo incluye a Lutero, Savonarola, Rousseau, Robespierre y algunos otros. Eran hombres que querían salvar al mundo atrincherados en una sola idea. Nietzsche llega a la conclusión de que tal vez las convicciones sean peores enemigas de la verdad que la mentira misma.

El paso siguiente se vislumbra fácilmente: lo contrario de un convencido es, para Nietzsche, un escéptico. Los grandes espíritus son escépticos. Zaratustra es escéptico. El escéptico se asoma a todos los abismos y, como Pilato, deja escapar siempre un tenue «¡qué es la verdad!»

Y ésta es la acusación más decisiva de Nietzsche contra el cristianismo: que no es escéptico. Los cristianos están abrumados de convicciones. Son incapaces de mirar libremente. Su permanente decantación revela que carecen de perspectiva. Una perspectiva amplia impide toda decantación particular. No hay que tener en cuenta a los hombres convencidos. Tampoco a los cristianos.

Sólo el escepticismo pone al descubierto la auténtica grandeza de un hombre. La fortaleza, la libertad y la fuerza se prueban mediante el escepticismo. Para desear y lograr cosas grandes es necesario ser escéptico. El creyente es un débil. Sólo la debilidad necesita fe y exige incondicionalidad. El creyente, el convencido, es un ser dependiente y enajenado. Es hombre de morada fija. Su pasión es la seguridad. Tiende a definirlo todo.

En cambio, el escéptico, aunque la sociedad le obligue a «consumir» las convicciones imperantes, no se somete a ellas. Sabe que no hay metas firmes ni saberes seguros. Vive en una permanente suspensión de juicio. No se adhiere a nada ni a nadie. Nietzsche condena enérgicamente todo género de adhesión. Ningún valor se impone con suficiente rotundidad como para reclamar una adhesión incondicional. Y en el mundo no hay paraísos que reclamen preferencias. Nada es tan digno que merezca ser elegido. La elección implica exclusión. Y Nietzsche no está dispuesto a renunciar a nada. Desea afirmarlo todo. Recalca con insistencia su condición de filósofo de afirmación sin fronteras*.

Parecía necesario recordar esta enérgica condena de la convicción religiosa y de cualquier convicción. Ya anunciamos que los términos del enunciado de nuestro tema son altamente conflictivos. Nietzsche representa, tal vez, la crítica más aguda de la que puede ser objeto la convicción religiosa. Aquí habla el psicólogo que siempre quiso ser Nietzsche. Y es indudable que, en algún sentido, las convicciones son limitaciones. No ha sido Nietzsche el único pensador lúcido que insiste en ello. También Unamuno vivía el tema con tintes dramáticos. Era consciente de que optar por una convicción implicaba excluir otras muchas.

En el fondo, está en juego el problema de la finitud. Decía santo Tomás que el hombre era «en algún sentido, todo». Parece, efectivamente, que aspiramos a la universalidad. Nos gustaría beber en todas las fuentes y asomarnos a todos los abismos. Pero, al mismo tiempo, tenemos una cita segura con la finitud. Nuestros días y nuestras posibilidades conocen el límite. Se impone el elogio de la opción humilde y parcial. Nietzsche no vio que también la renuncia a la totalidad puede revestir grandeza. Él pensaba en el superhombre. Pero no será éste el caso del hombre religioso. El creyente no persigue el imposible ideal del superhombre. Desde esta consciente renuncia a lo titánico puede adquirir dignidad y consistencia la convicción religiosa. Optar por una convicción religiosa determinada en el marco del pluralismo ideológico que nos circunda puede, y no sólo desde presupuestos nietzscheanos, avivar la melancolía por lo no compartido. Pero, al mismo tiempo, el hombre religioso sabe que el único camino hacia la deseada universalidad no está en compartirlo todo, sino en compartir con todos o, al menos, con muchos. Ni parece posible carecer de convicciones, ni es viable poseerlas todas. Lo mismo ocurre en el campo religioso: la humilde adscripción a una convicción religiosa, compartida con otros, puede no carecer de grandeza ni, tal vez, de racionalidad. Pero esto último es materia del apartado siguiente.

* Nietzsche expone su concepción del escepticismo en El anticristo.

FRAIJÓ, M. (2000) A vueltas con la religión

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