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Dos tipos de textos

07/04/2010

Gadamer distingue, sin embargo, entre dos tipos de textos: los llamados «protocolarios» y los textos «eminentes». Los primeros se rigen del modo más estrecho por el paradigma dialógico y se limitan a la fijación por escrito de una conversación real entre dos interlocutores o un bosquejo de conversación como ocurre con la interpelación dialogal que tiene lugar en el intercambio epistolar. La fijación escrita supone un instrumento auxiliar que viene a paliar el olvido: «El problema del texto sólo se plantea, por tanto, si la memoria falla» [1]. La escritura permite volver siempre a la «noticia primitiva» (Urkunde), a lo dicho originariamente, como sucede en la hermenéutica jurídica, donde el cometido fundamental de la lectura es restablecer la situación comprensiva, la autenticidad primera de lo dicho, convertirse en el «interlocutor originario» mediante la apelación a «la enmienda obvia del diálogo vivo» [1]. Leer implica, por tanto, el mantenimiento del vínculo con la conversación que tuvo lugar, con la situación comunicativa original garantizada por el «seguro adicional» [1] de la escritura. En las cartas esto aparece con la mayor evidencia: se encuentran tan cerca del diálogo vivo que ni siquiera tienen valor protocolario, de fijación de lo dicho: «Cuando recibo una carta, la leo y ya ha cumplido su función. Hay personas que rompen las cartas nada más leerlas» [2]. Ciertamente, si observamos la definición que expusimos más arriba acerca de que leer es dejar que le hablen a uno, no cabe duda de que ello sucede al leer una carta y romperla acto seguido; también es el caso de los textos protocolarios. En ambos casos, el texto no es sino «una fase en la realización de un proceso de entendimiento» [1], por lo que la lectura adquiere también una efímera vigencia que se diluye últimamente en el diálogo vivo: el texto, el lector y la lectura desaparecen cuando por fin tiene lugar el entendimiento, dicho de otro modo, cuando el texto habla o se lee sólo.

Pero, junto a estos textos, Gadamer sitúa otro tipo de textos que obedecen a unas pautas de lectura completamente diferentes, que se obstinan con pertinacia en no acabar hechos trizas en la papelera porque su razón de ser, su estar escritos no se reduce a la transitoriedad de una simple fase en el proceso de la comunicación, a la fijación de un diálogo hablado: «nos encontramos con el fenómeno de la literatura, con aquellos textos que no desaparecen» [1]. Incluso si son cartas. Hay cartas, como las de Rilke, que no acaban rotas; que no fueron escritas como invitación al diálogo y de las que se dice: «esto es literatura, precisamente porque ya no remiten a la situación de entendimiento mutuo entre el escritor y sus destinatarios […] Ya no son auténticas cartas. Las cartas auténticas, por el contrario, refieren siempre a algo que presupone el mutuo entendimiento con el destinatario y significan una respuesta, como cualquier palabra que se diga en conversación. Tienen en sí mismas, aunque sólo sea en forma de ese sustrato, algo de la orquestación de la conversación viva» [3]. Sorprendentemente, la literatura, el texto «eminente» se nos presenta como un desafío al paradigma dialógico. Es más, la literatura es literatura porque «ya no remite a una situación de entendimiento mutuo». El texto aparece como lo no-dialógico, como lo separado de la conversación viva. Naturalmente, ello no dejará de tener una honda repercusión en la lectura. Veinte años después de Verdad y método Gadamer puede hacer esta declaración que difícilmente se compadece con sus presupuestos anteriores, aunque siempre cabrá realizar dicha operación, no sin violencia, y volver a unir lo que parece estar escindido por la más profunda brecha, el diálogo y el texto: «Así pues, constato que aquí se suceden dos formas distintas de relacionarse la escritura con el lenguaje, una como sustituto de la conversación viva, la otra casi algo así como una nueva creación, un ser-lenguaje de nuevo cuño que, precisamente por estar escrito, ha alcanzado una exigencia de sentido y una exigencia formal que no corresponde a la palabra hablada, que se desvanece» [3]. Gadamer nunca llegará a dar el salto que supone decir que el ser que puede ser comprendido es lenguaje, escindido éste irreductiblemente en diálogo hablado y texto —la dialogicidad siempre continuará habitando el texto—, pero ha profundizado lo suficiente en el pensamiento de la textualidad (obligado por Ricoeur y Derrida, que en esto le llevaban mucha ventaja) como para que se dé este salto hacia el ser como texto, como sucediera con la torsión que su pensamiento imprimió a la filosofía de Heidegger, quien abrió una senda que no llegó a transitar hasta sus últimas consecuencias.

Gadamer resalta el carácter de «enunciado» del texto, a saber, que la palabra escrita es una palabra diciente que se yergue desde sí misma sin necesidad de remitir a otra instancia  —por ejemplo, el querer decir del autor— más que el propio texto y una palabra que, por consiguiente, no es una forma devaluada de cualquier otro tipo de acontecimiento lingüístico: «Es verdaderamente extraordinario que un texto literario eleve su voz, por así decir, desde sí mismo y que no hable en nombre de nadie, ni siquiera en nombre de un dios o de una ley» [4]. En el texto eminente, la palabra se mantiene a sí misma y en sí misma, es palabra autorrealizada que se presenta descaradamente en su ser-ahí más allá del modo de presencia de un mero objeto. La retórica de la escritura como pérdida desaparece por completo en el ámbito de la literatura. Se trata aquí de «un acontecer comunicativo de un tipo completamente distinto» [3]. Gadamer quiere hacerse cargo de toda la fuerza que adquiere el lenguaje en la experiencia de la lectura que proporcionan las Escrituras, para lo cual no deja de invocar a Lutero, y las obras de arte poéticas donde «lo escrito habla por sí mismo» [3] y se hace valer como instancia última y autónoma, donde cabe reseñar la proximidad con lo «bello» (kalón).

La lectura de los textos literarios no puede entenderse como mero desciframiento, no se trata de entender lo que quiere decir el texto y concluir que la comunicación ha tenido lugar exitosamente: «Esta caracterización de la escritura reduce el texto a la pura transmisión del sentido. Por su mero estar escrito y ser leído no pertenece aún, de ningún modo, a la literatura» [5]. La literatura alberga una pretensión de verdad irreductible a la consignación y libranza de unos contenidos; el lector que aborda un texto literario ha de poner en suspenso las disquisiciones acerca de lo verdadero y lo falso como adecuación a lo real o a las intenciones del autor y renunciar a la expectativa de ser instruido por un texto dador de noticias y sentimientos que no pasaría de ser de este modo más que un simple vehículo de información. Todo ello se comprende mejor si recordamos que el texto eminente por excelencia es, para Gadamer, la poesía y, como para elevarnos aún más si cabe por encima del plan de la comunicación y la representación, el autor precisa con insistencia en repetidas ocasiones: «La poesía lírica —y, dentro de ella, la lírica del simbolismo y su ideal de la poésie pure» [5]. La eminencia del texto, de ese tipo de texto que no se ciñe al paradigma dialógico-comunicativo, habrá que rastrearla en la creación poética y en la lectura «eminente» que, por consiguiente, exige. Una lectura aplicable también, como observamos con anterioridad, a edificios y cuadros, que rastrea una peculiar verdad muy próxima a la experiencia estética, canon de la hermenéutica. La poesía pura es eminente con respecto a la información, a la comunicación y al diálogo. Es eminente porque destaca, sobresale, se eleva por encima del lenguaje discursivo conversacional y reclama una vigencia propia, un ser-ahí autorrealizado que se sostiene a sí mismo sin remitir a instancia ajena alguna. […]

[1] Texto e interpretación / [2] Filosofía y literatura / [3] La voz y el lenguaje / [4] Acerca de la verdad de la palabra / [5] El texto “eminente” y su verdad

Vidarte, P. ¿Qué es leer? La invención del texto en filosofía

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