Skip to content

El acontecimiento de la lectura

19/05/2010
tags:

VII. EPÍLOGO: EL ACONTECIMIENTO DE LA LECTURA

El teatro tiene como esencia una cierta repetición. No el ensayo (repetición) que prepara el estreno, sino una repetición que divide, que ahonda y hace surgir el único presente de la primera vez. La presentación no como representación de un modelo presente en alguna parte, como lo sería una imagen, sino la presencia una primera y única vez como repetición […] Es el acontecimiento como repetición lo que debemos pensar en el teatro. ¿Cómo un presente, en su frescura, en su crudeza irremplazable de “aquí y ahora” puede ser repetición? (Jacques Derrida. Le sacrifice)

Cada cual lee como quiere. Ello le lleva a hacer amigos y a granjearse otros tantos o más enemigos. La amistad y la enemistad en filosofía proceden en parte de la lectura. Pero no es del todo verdad que cada cual lee como quiere. También lee como puede, como le dejan y lo que le dejan leer, como le han enseñado, como no le queda más remedio según donde se encuentre y según su capacidad y esfuerzo. Hay lecturas que ni siquiera merecen ser tenidas en cuenta. Lecturas dactilográficas que apenas se limitan a deletrear mientras deslizan el dedo índice por el texto, ensuciándoselo de tinta. Y no diré que no se lea así muchas veces en filosofía. Tampoco diré que no lo haga yo demasiado a menudo. Pero no es algo sobre lo que quiera entretenerme. A estas alturas, después de haber abordado algunas propuestas filosóficas más o menos actuales acerca de la lectura, tal vez lo que más me inquieta sea la cuestión de la responsabilidad de la lectura. Cómo llevar a cabo una elección, una decisión, una apuesta responsable en nuestra lectura. Leer es elegir, decidir, apostar. ¿Por quién? ¿Por qué lectura?

Nuestra forma de leer puede verse determinada de antemano por una creencia, por un prejuicio, por estar instalado en cierta tradición que guíe nuestra decisión. Creemos en la Sammlung y por ello leemos heideggerianamente o gadamerianamente. O, por el contrario, creemos en la diseminación y nos inclinamos por lecturas más disgregadoras del sentido. Esto sería contemplar la lectura como el decantado, la consecuencia de una creencia previa: si las cosas son así (al menos creemos que son así), no cabe más que leerlas de este modo. Aunque es posible la inversión de la fórmula y aterrizar en el cómo son las cosas a partir de una forma de leer que las determinara previamente. Aquí que cada cual elija dónde quiere hacer recaer el peso, según se piense más realistamente o menos. Todo esto es muy clásico y ya lo hemos visto.

También cabe comenzar a leer ingenuamente sin partir de ningún pronunciamiento, o sin decantarnos por ninguna creencia que tomemos como suelo firme, esto es, decidir sin disponer de ningún prejuicio, llámese Sammlung o diseminación, que determine nuestra lectura, y dejarnos llevar por el texto, inventando nuestro leer a cada paso. Valga como hipótesis, pero cuando comenzamos a leer ya llevamos repletas nuestras alforjas de múltiples lecturas y de caminos trillados una y otra vez que insensiblemente tenderemos a recorrer como vías facilitadas por lecturas previas que dificultarán enormemente la apertura de nuevos senderos lectores. Siempre se tiende a transitar por lo que una vez se pisó. La compulsión de repetición en la lectura no es cosa baladí. Incluso cuando, conscientemente y de forma voluntaria, queremos apartarnos de la senda tantas veces recorrida buscando experimentar nuevos itinerarios podemos sorprendernos volviendo sobre nuestros propios pasos como impelidos por una ciega necesidad […]

Esta misma repetición compulsiva es interpretada, utilizada e intenta ser domesticada y rentabilizada por Pascal en su argumento de la apuesta: «Es preciso apostar. No es voluntario, estáis embarcados»*. Puede que traer aquí a colación la psicología del jugador que pone en escena el argumento pascaliano de la apuesta resulte algo trasnochado y fuera de lugar. Pero es una de esas lecturas adonde me veo abocado una y otra vez y de las que me resulta en extremo dificultoso desembarazarme. Una de esas lecturas que ya no te dejan leer de otro modo. Una de esas lecturas que incluso acuñan el modo singular de enfocar todo cuanto implica la lectura. Un texto que dice lo que (te) está ocurriendo cuando (lo) lees. O lo que te ocurrirá después de haberlo leído y que ya no te abandonará, haciéndote olvidar lo que pensabas acerca de la lectura antes de tropezártelo: «Seguid el modo con el que ellos han comenzado. Consiste en hacer todo como si creyesen, tomando agua bendita, encargando misas, etc. Naturalmente, eso mismo os hará creer y os embrutecerá»[1]. Es ésta la célebre consigna de «practica y creerás» que a mí no deja de asediarme y hasta llega a veces a doblegarme. No dudo que tal vez sea por las innumerables ocasiones que la he frecuentado, por las veces que he leído este pasaje sin comprenderlo, sin creérmelo, repitiéndolo una y otra vez, hasta que he caído en las redes de la propia verdad que estaba enunciando performativamente. Como un conjuro. Es la fuerza de persuasión del embrutecimiento (abêtissement) pascaliano.

Leer es apostar. Quien lee apuesta, lo sepa o no, lo quiera o no. La primera vez que apuestas, te arrodillas y tomas agua bendita, nada pasa, en nada crees, se hace automáticamente, como un ritual vacío. La repetición, no obstante, sabe Pascal, no carecerá de efectos: apostar es creer. Si no inmediatamente, con seguridad implica ir creyendo a largo plazo. «La costumbre es nuestra naturaleza. Quien se acostumbra a la fe la cree»[1]. Leer es tan peligroso como arrodillarse o tomar agua bendita. Lee y creerás. Acostúmbrate a una forma de leer y te la acabarás creyendo. El que lee hace lo mismo que el jugador que le hecha el aliento a los dados y realiza un sinfín de rituales para influir en el tanteo final de los cubos numerados que arroja al aire. Pasión inútil, pero que no dejará de repetir. Basta con leer demasiadas veces del mismo modo para acabar creyéndonos, no sé si quizás lo que leemos, pero sí ciertamente el modo ritualizado como leemos. Uno se acaba creyendo lo que hace, acaba pensando que su forma de leer tiene sentido, que es la adecuada, la mejor, cuando menos para que no se le quede cara de tonto y justificar así, apasionadamente, a posteriori, demasiadas lecturas hechas durante demasiados años y de la misma forma. Apuntalando idealmente su identidad de lector más allá de la mera repetición compulsiva. Mis lecturas repetidas a lo largo de toda una vida que han acuñado mi forma de leer, de tirar los dados, ello ha de tener algún sentido, debe ser algo más que simple repetición.

Leer es repetir. Pero en la repetición subyace ya el doble amenazante, monstruoso. La repetición genera hábito, costumbre, identidad, creencia, sujeto, ortodoxia. Pero también, en cada repetición, se anuncia la ruina, la posibilidad de disolución, de mutación, de desvío, de inauguración, de irrupción de la alteridad. Hay que arrodillarse para acabar creyendo, dice Pascal; en la repetición surge la novedad radical de la fe. Pero también, por ello mismo, por la capacidad generativa de la repetición creadora, en cada genuflexión dormita la herejía. Double bind: si no me arrodillo no creo, pero si me arrodillo corro el riesgo cada vez, como la primera vez, de que ocurra algo nuevo. En la inclinación, en el clinamen, mora el acontecimiento, pero éste nunca sobreviene de una vez por todas cerrándose sobre sí mismo y clausurando el porvenir. El acontecimiento nace de la repetición, «no habría porvenir sin repetición»[2]. Por eso hay que tener cuidado con lo que se lee. Hay que tener cuidado con lo que se lee más de una vez. Pero, sobre todo, hay que tener cuidado con el modo en que se lee. Si alguna vez empezamos a leer de esta o aquella manera, indiferentes ante la elección, arrodillándonos al modo de Deleuze o de Heidegger, como en broma, descubriremos algún día que nos habremos embrutecido sin darnos cuenta, incapaces de leer de otra forma, hartos de practicar una misma lectura en la que acabamos creyendo. Sólo que la creencia como repetición de lo idéntico reprime el acontecimiento como repetición generadora de diferencia. El clinamen causa estragos en la lectura. El clinamen siempre causa estragos, porque late en cada repetición, introduciendo algo diferente, una mínima variación, un desvío imperceptible que impide el camino de regreso. Se lee dos veces «igual» y ya no hay (quien vuelva a la) situación primigenia. Si es que ésta no es un mito y la apuesta ha comenzado ya desde siempre, imposibilitando toda elección.

Viscosidad de la lectura. Desgana, desidia del lector que llega a creer que un autor no es más que una forma de leer [3]. Hasta considera que ya está familiarizado con ella, sabe cómo ese autor lee, sabe leer como él, descubre que siempre lee igual. Tras la fascinación, el entusiasmo, el aburrimiento o la tristeza de descubrir que ese autor resulta incapaz de sorprenderlo cuando lo lee. Pero más triste aún, terrible, resulta descubrir que somos nosotros quienes ya siempre leemos igual. Aunque también cabe la euforia de descubrir que siempre leemos del mismo modo, que nos hemos forjado un «estilo lector». Tener un estilo es una buena barricada contra la angustia. Y nos descubrimos creyentes a nuestro pesar. Culpables de leer siempre igual. Académicamente «formados». Invadidos por la pereza de la lectura como reproducción de lo mismo.

¡Quisiera leer de otro modo! ¡De muchos otros modos! Quizás ya es tarde. No se puede elegir cómo se lee a cada paso, cada vez. La responsabilidad se nos aparece como agua pasada. Y la indecidibilidad entre las diversas lecturas también. La responsabilidad ante el acto de la lectura llega tarde, caemos en la cuenta de ella a posteriori, cuando ya estamos embarcados en un modo de leer. Queremos leer cada vez como la primera vez. Repetir cada vez la primera vez. Inclinarnos de nuevo ante el texto y dejarnos llevar por la suave pendiente del acontecimiento. El secreto está en cambiar de postura, evitar el agarrotamiento del lector apoltronado que se sienta demasiado derecho y termina teniendo agujetas, perdiendo toda flexibilidad. […] Un lector no es más que alguien capaz de desviarse, de dar un rodeo, un paso en falso que le haga perder la verticalidad, extraviarse, salirse de su trayecto. El lector es infiel por fidelidad, leyendo altera lo que parece, quiere y cree reproducir. Donde crece el peligro de la repetición reproductora generadora de inercia, de creencia, crece también lo que nos salva, la repetición generadora de diferencia y alteridad, lugar de la oportunidad, del acontecimiento. El lector es un amante de la repetición. Ama la repetición y su doble riesgo. Ama y goza de su inercia mortífera, compulsiva, yerma, aunque tal vez preferiría no hacerlo, mientras al mismo tiempo, tal vez aún, confía que algo pase en esta rutina de la repetición lectora, recitando incansable, releyendo, improvisando esta letanía en la que nunca acaba de creer: «La iteración altera, algo nuevo tiene lugar» [4], «La iteración altera, algo nuevo tiene lugar»…

[1] PASCAL, B.: Pensamientos

[2] DERRIDA, J.: Mal d’archive

[3] «Cuanto más fiel se reclama alguien de Nietzsche, menos se puede proclamar la identidad de un particular «rasgo» de su pensamiento. Cuanto más cerca se encuentra uno de Nietzsche, más precavido se está de que no existe algo así como el texto-de-Nietzsche […] «Ser nietzscheano» es un eslogan periodístico que no puede hacerles frente a los nombres y pseudónimos de Nietzsche; su única raison d’être, en última instancia, es conjurar la ansiedad.» DERRIDA, J.: Nietzsche and the machine (entrevista con Richard Beardsworth en Journal of Nietzsche Studies, 7, primavera 1994, p. 22.)

[4] DERRIDA, J.: Limited Inc.

Vidarte, P. ¿Qué es leer? La invención del texto en filosofía

Anuncios

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: