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Entender a Nietzsche como cristiano – I

31/12/2010

II. LA VOLUNTAD EXISTENCIAL

COMO RAÍZ DE LA «MUERTE DE DIOS»

Pero la muerte de Dios es para Nietzsche no sólo la carencia absoluta de apoyo y con peligro de muerte de toda existencia, que ha de testimoniar para su época sufriéndola él mismo. La muerte de Dios adquiere para él al mismo tiempo un carácter positivo, iluminador y desgarrador. Y en eso es una vez más la muerte de Dios para él, de una manera completamente nueva, algo distinto de la nada. Si Dios como principio que todo lo mueve ha desaparecido del horizonte del tiempo, entonces ha caído también como poder oprimente y amenazador y como limitación. Se pasa por alto lo que aún pudiera amenazar y reducir a límites los pensamientos más atrevidos y los hechos más potentes. Entonces, y desde ese momento, es la muerte de Dios para Nietzsche como una liberación. Hacen señas ahora desde la nada horizontal que, cargada de significación, ha dejado el Dios nuestro tras de sí, la felicidad y hasta la embriaguez de una libertad sin límites. «En efecto, nosotros, los filósofos y los «espíritus libres», nos sentimos como iluminados por una nueva aurora por la noticia de que el «viejo Dios ha muerto»… Por fin nos aparece de nuevo libre el horizonte, supuesto, desde luego, que no está claro. Por fin pueden nuestros barcos zarpar de nuevo, hacia todos los peligros; de nuevo se permite todo riesgo al que está en camino de conocer…» [1].

Bajo la figura de esta experiencia de la gran liberación, entona Nietzsche la canción del príncipe Vogelfrei:

Todo me brilla nuevo y aún más nuevo, el mediodía duerme en espacio y en tiempo. Sólo tu ojo me mira inmensamente, ¡oh infinitud! [2]

Mientras atendemos a este aspecto positivo en el ateísmo de Nietzsche, nos adentramos en un espacio interior más profundo en el ámbito de este ateísmo. En este espacio interior hemos de preguntarnos con rectitud: ¿Cómo es posible que Nietzsche se sienta iluminado por la muerte de Dios? La atracción centelleante de la libertad sólo puede ser una atracción para la humanidad cuando lo interior del hombre espera algo, lo desea y lo mira de frente. Ha de existir en el hombre mismo un supuesto interior y oculto, desde el  que puede saludar dando la bienvenida a tal acontecimiento. Si Nietzsche con su palabra de la muerte de Dios es un testigo de los grandes destinos de la humanidad, lo es también, por cierto, en las llamativas experiencias de la nueva libertad que alumbró en él aquella especie de testimonio, y en los impulsos que la hicieron libre. Si Nietzsche saludó la aurora de la muerte de Dios ¿no será entonces que siempre ha querido algo semejante, tal vez encubierto en un principio y ahora por primera vez descubierto? Si, además, ha sido con eso testigo de ello, ¿qué es eso de que el hombre está en la era de la «muerte de Dios»? ¿No quiere decir acaso que algo en el hombre quería esta muerte de Dios?; y ¿no ha de decirse, entonces, que este querer la muerte de Dios como libertad bienvenida, que se ha puesto al descubierto por la experiencia de la pérdida de Dios de Nietzsche, no es tanto la consecuencia de este suceso, sino más bien su presupuesto oculto? Con el descubrimiento y con la nueva gran experiencia de este presupuesto interior impulsivo, tendrá conexión el que Nietzsche se identifique tan decididamente con el resultado, a primera vista sólo empírico, de la situación temporal. Él encontró en el tiempo algo que primero quería encontrar y quería encontrarlo porque ya había continuamente en él algo que deseaba estar sin valla de un Dios vivo.

También reveló esto no sólo para sí mismo, sino como testigo y signo de la humanidad histórica. Nuestra pregunta del comienzo por el ateísmo de Nietzsche debe, por consiguiente, correspondiendo a estas consideraciones, pasarse de un exterior comparativo a un interior que lo hace posible. Ahí es donde podemos esperar que podremos establecer algo esencial en Nietzsche y sobre esto pasar a lo que pertenece absolutamente a la esencia del hombre, que yace en el fondo de este ateísmo y lo sostiene positivamente. Y con esto se nos impone el explicar de modo conveniente esta razón interior y conmovedora. Con eso podemos sospechar la clave para las grandes tesis de Nietzsche y para la totalidad de este gran ateísmo y al mismo tiempo también la clave para el enigma de la fuerza de Nietzsche que sigue despertando tanto interés.

Para ver esto vamos a presentar algunas consideraciones filosóficas intermedias.

Es manifiesto que pertenece a la esencia del hombre, que en su ser se trata de ella misma, para usar la fórmula de Heidegger [3]. A la luz de los pensamientos y del lenguaje de Nietzsche, este «tratarse de», que pertenece a la esencia del hombre, aparece como voluntad. Por eso queremos llamarlo voluntad existencial del hombre. La voluntad existencial conforme a eso, es aquello por lo cual el hombre quiere algo consigo mismo ya antes de que empíricamente quiera esto o aquello. En general, sólo puede querer esto o aquello porque siempre, y ya desde el principio, en la realización de su existencia le importa generalmente algo y, por consiguiente, para hablar con palabras de Nietzsche, quiere siempre algo más en cualquier parte. En este sentido es como hablamos de voluntad existencial.

Dicha voluntad existencial está ahí como esencial y preempírica, y en ella se trata para el hombre de sí mismo, aun antes de la distinción entre egoísmo y desinterés. Que el hombre intente empíricamente una u otra posibilidad, le importará siempre, y en todos los casos posibles lo llevará consigo, ser así, esto es, desinteresadamente. De ese modo, también a la base del interés, como de toda otra cosa, está una relación del hombre consigo mismo y precisamente esto es lo que entendemos en el sentido de Nietzsche, cuando lo entendemos como voluntad.

La voluntad existencial a priori presupone por su parte, frente a todo lo empírico, una medida a priori de aquello que le importa y a lo que tiende. La voluntad quiere solamente cuando quiere algo querido, y sólo puede tener algo querido, en cuanto se le presenta previamente como la liberadora posibilitación de su acontecer. La voluntad existencial, que está a la base de todas las formas empíricas de la voluntad como posibilitándolas a priori, tiene consigo y ante sí como una especie de «querido» primordial suyo, algo aun más anterior, más primordial y que lo hace más posible. Al preguntar por esto inicialmente querido de la voluntad existencial, entramos una vez más en un ámbito más profundo y más íntimo.

Lo que nuestra voluntad existencial quiere ya siempre y (hablando con otras palabras) lo que nos importa siempre en nuestra existencia, no depende inicialmente de nuestro libre albedrío práctico, sino que más bien nos encontramos a nosotros mismos y lo que queremos, limitados ya por esto como lo inicial y lo presupuesto. La voluntad existencial se encuentra a sí misma en el carácter de lo que quiere como su medida. A causa de ello, se encuentra siempre cumplida o sin cumplir en esto y en aquello como en relación a una medida con la que se mide. Sólo a partir de ella se hace posible también, como todo querer empírico, todo sentirse-a-sí-mismo-infeliz, cumplido o sin cumplir, satisfecho o insatisfecho empíricamente.

Si volvemos con estas consideraciones a la voluntad existencial y a lo querido que la fundamenta en Nietzsche, nos damos cuenta de que el descubrimiento de la muerte de Dios para Nietzsche ha puesto en claro la voluntad existencial, antes oculta en su aprioridad y lo querido que la posibilita como medida, y por cierto de manera característica en cuanto voluntad y en cuanto querido, de modo digno e incomparable, hasta tal punto que Nietzsche pudo darle una configuración grandiosa en sus palabras. Viene a decirse en Nietzsche algo que se apoya en el fondo existencial de todo hombre y que ha encontrado en los tiempos modernos una forma exterior y notable de manifestarse. De ahí que al percibir las palabras de Nietzsche, junto a toda protesta, se nos ilumina siempre algo y sentimos en nosotros algo que asiente al pensador solitario. En esta voluntad existencial y en lo que ella quiere, que caracteriza al hombre en general y sin duda se manifiesta aquí históricamente de un modo asombroso, notable e inequívoco, podemos llegar a sospechar la raíz positiva del ateísmo de Nietzsche que apareció primeramente con sentido totalmente negativo.

¿Cómo se halla esta conexión que sospechamos entre la muerte de Dios, la voluntad existencial y lo inicialmente querido por esta voluntad existencial?

Nietzsche percibe desde lo profundo de la humanidad la voz que dice: quiero ser. Es la voz de la voluntad existencial inicial. Tomada así, nombra lo querido, en cuyo carácter consiste la voluntad. Lo querido es ser y nos referimos a ello con querido. Quiero ser es la voz más íntimas de la existencia como aquí se la entiende, en toda la congoja, en todo apartamiento, en toda desesperación y lo mismo en todos los triunfos existenciales.

El ser entendido como querido en esta conexión adquiere la forma del poder. Quiero ser viene a significar ahora quier ser poderoso. El ser como poder es lo inicialmente querido por la voluntad existencial, y aparece asimismo como lo más originario y lo más íntimo de lo que el hombre es en todo momento, en cuanto él lo quiere. En el impulso de poder empieza toda la realización de la existencia. Esto es lo que se muestra para Nietzsche.

Esto es lo inicial en cuyo impulso, visto de este modo, nos encontramos los hombres. ¿Qué magnitud y qué profundidad tiene el ser como querido y por lo mismo como poder? Nietzsche nos hace ver de manera apremiante que la anchura y la profundidad de esto inicial que prevalece en nosotros está en pugna con toda frontera y se ha eximido de ellas. Pues aun a la vista de la nada infinita y a la vista de todo peligro infinito que dejó tras de sí la muerte de Dios, la voz más íntima dice: quiero ser. Precisamente en eso se desvela ya de antemano inicialmente la imperante in-finitud, si bien oculta, de lo querido.

¿No queríamos, en efecto, ya de siempre, dominar sobre todo límite y por lo mismo ser más grandes que él? ¿Cómo podríamos de otro modo sentir el límite como límite y la limitación? En la voluntad existencial esencial se delata la medida de un poder de ser sin límites y, por consiguiente, in-finito. Algo así vivifica y anima lo vivo de nuestra esencia y existencia originarias. Nietzsche nos lo muestra de una manera propia suya. Puesto que se encuentra algo así en el hombre que quiere sobrepasar originariamente todo límite posible y quiere ser a pesar de toda posible negación; puesto que la humanidad se encuentra de ese modo en su impulso inicial de poder incondicionado, sin impedimentos y sin fin, tenemos aquí la fuente desde donde puede celebrarse la ausencia y la muerte de Dios y hasta puede quererse, es decir, en el momento que se representa y se siente a Dios como el poder extraño que limita al hombre. Entonces es que existe una voluntad existencial y esencial originaria y oculta o abiertamente presente, la cual quiere también ser libre precisamente de este límite supremo y frente a él, incondicionada y poderosa. Aquí llegamos a la raíz interior de un ateísmo que ya no es puramente negativo, sino más bien positivo y activo en el sentido del pensamiento de Nietzsche. Por eso puede Nietzsche hablar también de un «nihilismo activo» en forma consecuente, y del «poder elevado del espíritu» [4], y aun de muchas otras expresiones plenamente positivas que usa para ello. Esta raíz positiva es lo infinito querido que nos pertenece inicialmente como ser y poder infinitos.

Siempre que miramos interiormente con la mirada abierta en la esencia de nosotros mismos, veremos entonces que efectivamente algo responde en nosotros a este pensamiento de Nietzsche y, por consiguiente, algo en nosotros está ligado a él. Tratamos de seguir, conforme a esto, sus mismas huellas.

 

[1] La gaya ciencia, V.

[2] Idem, Canciones del príncipe Vogelfrei. «Hacia nuevos mares».

[3] Véase Sein und Zeit.

[4] Véase Voluntad de poder.

WELTE, B. Nietzsches Atheismus und das Christentum / El ateísmo de Nietzsche y el cristianismo (1958).

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