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Entender a Nietzsche como cristiano – II

30/01/2011

Llevemos a cabo esta purificación y separación y podremos reconocer entonces lo cristiano en lo que Nietzsche ha pensado y sin duda ha vuelto también a enredar. Pues podemos ver:

Primero, que es propio del hombre querer lo divino como plenitud libre y perfección de su vida. No porque en cuanto hombre, tal vez queriendo, fuera capaz  de esta plenitud, sino porque en primer lugar la misma vida infinita así lo quiere por origen propio y anterior al hombre y así le hace hombre por el impulso de este desear y ser capaz. El hombre puede querer la plenitud divina como «la vida de su vida», porque Dios quiere al hombre. ¿Cómo hubiera sido posible si no llegar a una idea semejante y cómo hubiera sido posible que, habiendo llegado una vez, le conmoviera esta idea y le arrebatara en tal medida hasta lo más íntimo y primordial de su esencia? ¿Cómo pudiera de otro modo llegar el hombre a embriagarse de nostalgia de vida divina, como Nietzsche estaba embriagado?

Veremos, además, que el impulso que salta hasta la vida divina es, en verdad, un impulso a la reconciliación de la diferencia entre lo divino y lo humano, hacia la supresión de la lejanía que limita, amenaza y hace extraño entre Dios y el hombre y con eso hacia la superación de todo teísmo rígido y que separa unilateralmente, hacia la unificación de las dos partes, de la divina y la humana, en la gran boda, la gran entrada de lo humano en lo eternamente divino, como en la libertad, la luz y el gozo de su vida.

Veremos de modo supremo que esta unificación satisfactoria, que sólo ella podría solucionar el enigma y la dialéctica opuesta del hombre, nunca puede ser una cosa fabricada y arrancada por el hombre con su voluntad. No puede ser más que una cosa separada y anhelada sobre el hombre, que sólo es capaz de conservarse puro por libre favor de lo eterno, de su origen divino.

En este sentido podemos decir: aun cuando haya de caer mucho, al intervenir el pensamiento reflexivo sobre las palabras y las manifestaciones de Nietzsche, no tiene por qué caer su mensaje del superhombre auténticamente entendido, como la única perfección posible de las relaciones humanas. Lo puramente sobrehumano hay que entenderlo entonces como la pura gracia, que se concede sin forzar y libremente, cuando y donde se la quiere conceder, y que el hombre con todo tiene tanta razón para mirar esperando hacia ella. En este sentido es verdad lo que dice Nietzsche, que en la piedra de la realidad humana hay una imagen dormida, «la imagen de mis imágenes». ¡Ay, que ha de dormir en la piedra más dura y más fea!» [1]. Pero esta imagen encuentra su verdad sólo cuando queda definida como lo puro «sobre», descargado de todo lo inferior, abandonado al misterio de que no puede disponerse, infinito y divino. Y la relación humana con esto, sólo sigue siendo pura y verdadera cuando es una relación con aquello a lo que uno sólo puede acercarse como regalo, y en lo que el hombre no puede dejar de esperar, por cierto, como tampoco lo puede violar ni disminuir en su pureza, por el hecho de exigir y disponer. La unidad y la reconciliación de lo divino y lo humano sólo puede ser regalo y gracia, pero nunca algo violentamente querido.

En la manera de hablar Nietzsche sobre el superhombre, habla el hombre en sueños de gracia de Dios sin saberlo. Habla de lo que en la teología cristiana también se llama sobre-naturaleza. En este sentido, esta manera de hablar es con todo una manera cristiana, aun hablando como en embriaguez y locura.

Decimos una manera de hablar cristiana. Pues si lo supremo del hombre que resulta superfluo según el examen minucioso de Nietzsche, la añoranza y la esperanza del hombre lo son de la comunidad nupcial de la vida divina y humana, concedida por gracia, como lo que solamente puede justificar al hombre. Entonces tenemos ciertamente grandes motivos para preguntar si se nos ha dado en algún lugar una garantía de la consumación de esta esperanza. Hemos de decir dado. Pues todo querer productivo está pasado por ahora.

A causa de esta pregunta que ha de proponerse al fin desde los pensamientos de Nietzsche para su grandeza plena en medio del desierto de estos tiempos tan ajenos a Dios, a causa de esta pregunta que Nietzsche mismo no platea, pero que, no obstante, hace que surja en nosotros, puede considerarse a Nietzsche como un gran guía que tambaleándose, y sin saber, señala el mensaje de Jesús.

En el mensaje de Jesús se ha dado una señal  para los dispuestos a creer o creyentes en medio de la historia, y con eso, una garantía para el gran regalo salvador. Este gran regalo anunciado por Jesús en su mensaje es el reino de Dios. «El reino de Dios está cerca» [2], así suena la expresión más breve de su evangelio y según el sentido de la revelación, que se cumple en Jesucristo, es Jesús mismo en su vida, su muerte y su glorificación la garantía definitiva de la venida del reino. Entonces llega.

Pero ¿qué es el reino de Dios que se anuncia aquí por Jesús y se funda en él? Lo que es el reino de Dios viene a expresarse en multitud de imágenes y de palabras en el marco del Nuevo Testamento.

En el Apocalípsis de San Juan se ofrece una visión del reino de Dios que se anuncia, se funda y se empieza en Jesús. Juan contempla en una visión el reino, el regalo de Dios prometido y concedido en Jesús. Lo ve en su forma genuina y acabada, aun cuando en su figuración visionaria. Está libre de las sombras y encubrimientos de la existencia terrena.

Permítasenos, pasando por encima de las determinaciones intermedias, que en teología habrían de exigirse ciertamente, explicar el sentido del mensaje del reino de Dios sirviéndonos de esta visión. Entonces se hará manifiesta la notable correspondencia con la imagen superior del hombre entero en las visiones extáticas del mismo Nietzsche.

Vemos que la ciudad santa de la perfección que redime todo lo humano, desciende de arriba. «Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo del lado de Dios, ataviada como una esposa que se engalana para su esposo» [3]. La perfección viene puramente de arriba, es algo puramente sobrehumano.

«Los hombres que viven en la ciudad celestial llevan el nombre de Dios en su frente» [4]. El poder y la majestad de Dios brillan visiblemente en su rostro. Son, como se dice en otro lugar del Nuevo Testamento [5], partícipes de la naturaleza divina.

En medio de la ciudad santa está «el árbol de la vida que daba doce frutos, cada fruto en un mes» [6]. En cada momento la vida está llena del gozo y el regalo de la eternidad.

En la ciudad hay también algo que parece como una réplica santificada del ateísmo de Nietzsche. «Pero templo no vi en ella, pues el Señor, Dios todopoderoso, con el Cordero era su templo» [7]. En la ciudad celestial no necesita Dios ningún recinto limitado, ni puesto aparte de la vida de los hombres. Los hombres viven en todas partes y bajo la luz directa de Dios que todo lo penetra. Nadie necesita mirar otra cosa que le divida, le limite o le amenace, para participar de la plenitud divina.

Esta es una visión de la sencilla libertad de la existencia actual y abierta, y de su gran valor divino siempre actual, que ha llegado a su plenitud por la gracia de Dios glorificador. Es la imagen grandiosa de la unidad perfecta y de gracia, de lo divino y lo humano, anunciada y fundada por Jesús, de las nupcias eternas y celestiales que unen para siempre lo que estaba dividido.

El teísmo de Nietzsche, bien entendido, viene a ser un indicador de la gracia ingente, que une lo divino y lo humano y por ello salva al hombre que no puede salvarse a sí mismo.

El hecho de que Nietzsche haga notar algo semejante, aunque sea en una inversión notable, es lo cristiano que hay en él y es lo que le impulsa a su ateísmo.

Por el hecho de que en el mensaje del cristianismo se promete y se concede en Jesucristo algo así como la unión de lo divino y lo humano, sucede que el pensamiento de Nietzsche igualmente se ratifica, se cumple y se ordena por el evangelio. Ordenado y apartado de su enredo y traído a su sentido auténtico.

La importancia de Nietzsche en el sentido de una inteligencia cristiana está en haber descubierto la tendencia que vive en la raíz de lo humanidad hacia su salvación suprema. Es siempre muy digno de consideración que la imagen suprema que el lenguaje del Nuevo Testamento nos ratifica en su manera, ordenándolo naturalmente, se ve en un reflejo invertido, y con todo rasgo por rasgo, en las aguas negras del gran espíritu de Nietzsche, pero, a pesar de todo, al fin, desesperado.

[1] Zaratustra II. «En las islas bienaventuradas»

[2] Mc. 1, 15 y Par.  [3] Apoc. 21, 2.  [4] Apoc. 22, 4.  [5] 2 Ped. 1, 4.  [6] Apoc. 22, 2.  [7] Apoc. 21, 22.

WELTE, B. Nietzsches Atheismus und das Christentum / El ateísmo de Nietzsche y el cristianismo (1958).

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