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Habla el capitán Vere en el jucio a Billy Budd

31/03/2011
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Cuando habló, hubo algo, tanto en la sustancia de lo que dijo como en el modo de decirlo, que mostró la influencia de estudios solitarios que habían modificado y atenuado la formación práctica de una carrera activa. Esto, junto con el uso de fraseología de vez en cuando, indicaba las bases sobre las que descansaba aquella acusación de cierta pedantería que le atribuían en sociedad ciertos marinos de mentalidad totalmente práctica, capitanes que, sin embargo, admitían con sinceridad que la marina de Su Majestad no contaba con un oficial de su grado más eficaz que «Vere el Estelar».

Lo que dijo fue algo de este tenor:

— Hasta ahora he sido sólo testigo, poco más; y difícilmente pensaría ahora tomar otro tono que el de auxiliar de ustedes de momento, si no percibiese en ustedes (y además en punto crítico) una turbada indeterminación, procedente, no lo dudo, del choque del deber militar con el escrúpulo moral; escrúpulo animado por la compasión. En cuanto a la compasión, ¿qué puedo hacer sino compartirla? Pero, siendo consciente de obligaciones superiores, lucho contra los escrúpulos que puedan debilitar la decisión. Caballeros, no se me oculta que el caso es excepcional. Considerado especulativamente, se podría remitir a un jurado de casuistas. Pero para nosotros, que no actuamos aquí como casuistas ni como moralistas, se trata de un caso práctico, y que hay que tratar prácticamente según la ley marcial.

»Pero sus escrúpulos, ¿se mueven como en una penumbra? Desafíenlos. Háganlos avanzar y manifestarse. Vamos; vienen a decir algo como lo siguiente: si, salvando las circunstancias atenuantes, estamos obligados a considerar la muerte del maestro de armas como acción del prisionero, entonces ¿constituye esa acción un delito capital cuya pena es la muerte? Pero, en el derecho natural, ¿sólo debe considerarse la acción declarada del prisionero? ¿Cómo podemos condenar a una muerte sumaria y vergonzosa a una criatura inocente ante Dios, y que creemos que lo es? ¿Lo he planteado bien? Ustedes asienten con tristeza. Bien, yo siento lo mismo, con toda su fuerza. Es la naturaleza. Pero estos distintivos que llevamos ¿dan fe de que debemos fidelidad a la naturaleza? No, sino al rey. Aunque sea el océano, primitiva naturaleza inviolada, aunque éste sea el elemento donde nos movemos y somos marinos, sin embargo, ¿nuestro deber como oficiales del rey recae en una esfera natural en la misma medida? Hay tan poca verdad en ello que al recibir nuestros cargos dejamos de ser agentes naturales y libres en los aspectos más importantes. Cuando se declara la guerra, ¿se nos consulta previamente a los encargados de luchar? Luchamos siguiendo órdenes. Si nuestras convicciones aprueban la guerra, no es sino coincidencia. Lo mismo en otras cuestiones.

»Ahora bien. Supongamos que la condena sigue a esta vista. ¿Seríamos tanto nosotros mismos quienes condenaríamos cuanto el código militar actuando a través de nosotros? De esa ley y de su rigor no somos responsables. La responsabilidad que hemos jurado reside en lo siguiente: que, pese a lo muy despiadadamente que pueda actuar  esa ley, la cumplamos y administremos en cualquier caso.

»Pero lo excepcional del asunto conmueve sus corazones. El mío también se conmueve. Pero no toleren que los corazones cálidos traicionen a las cabezas que deberían estar frías. En tierra, en un juicio criminal, ¿se permitirá un juez recto apartarse del tribunal para ser abordado por alguna pariente del acusado que trate de conmoverle con su llorosa súplica? Bien, en este caso el corazón denota en el hombre lo femenino; es como esa mujer lastimera y, aunque sea duro, debe excluirse.

Hizo una pausa y los estudió con seriedad durante un momento; después prosiguió:

— Pero algo en su aspecto parece insistir en que no es sólo el corazón lo que se conmueve en ustedes, sino también la conciencia, la conciencia personal. Pero díganme si es verdad o no que, en nuestra posición, la conciencia personal no debe ceder a la imperial, formulada en el código bajo el cual sólo actuamos de manera oficial.

Entonces los tres hombres se removieron en sus asientos, no tan convencidos como agitados por el curso de una argumentación que perturbaba aún más su espontáneo conflicto interior.

Al percibirlo, el orador se detuvo durante un momento; después, cambiando repentinamente de tono, continuó:

— Para calmarnos un poco, volvamos a los hechos… En tiempo de guerra, un marinero de un buque de la marina golpea en alta mar a su superior, y el golpe le mata. Aparte de su efecto, el golpe en sí mismo, de acuerdo con el código de guerra, es un delito capital. Además…

— Sí, señor —interrumpió emotivamente el oficial de infantería de marina—, en cierto sentido lo era. Pero con toda seguridad Budd no planeaba motín ni homicidio alguno.

— Seguramente no, mi buen hombre. Y ante un tribunal menos arbitrario y más clemente que uno marcial, esa alegación sería atenuante en gran medida. Y en el Tribunal Supremo permitiría la absolución. Pero ¿y aquí? Procedemos según la Ley de Amotinamiento. Las facciones de un hijo no pueden parecerse a las de su padre más de lo que se parece en espíritu esa ley a aquello de lo que procede: la guerra. Al servicio de Su Majestad, justamente en este barco, hay ingleses obligados a luchar por el rey contra su voluntad. Contra su conciencia, por cuanto sabemos. Aunque, como semejantes suyos, algunos de nosotros podamos entender su posición, sin embargo, como oficiales de marina, ¿qué nos importa? Menos aún le importa al enemigo. Pasaría a cuchillo a nuestros hombres reclutados a la fuerza de tan buena gana como a nuestros voluntarios. Respecto a los reclutas navales del enemigo, algunos de los cuales tal vez compartan nuestra misma aversión por el regicida Directorio Francés, ocurre lo mismo que en nuestra parte. La guerra sólo mira la fachada, la apariencia. Y la Ley de Amotinamiento, hija de la guerra, se parece a su padre. La intención que tuviera o no Budd nada tiene que ver con el asunto.

»Pero mientras, apremiados por  esas preocupaciones de ustedes que no puedo por menos de respetar, prolongamos insólitamente un juicio que debería ser sumarísimo, y no hago más que repetirme que podríamos avistar al enemigo y entablar un combate. Debemos actuar; y sólo podemos hacer una de estas dos cosas: condenar o absolver.

— ¿No podemos condenar y, sin embargo, atenuar la gravedad de la pena? —preguntó el joven teniente, hablando entonces por primera vez, y de modo titubeante.

— Teniente, aunque bajo estas circunstancias fuera a todas luces legal para nosotros, considere las consecuencias de tal clemencia. La gente —(refiriéndose a la tripulación del barco)— tiene sentido común; la mayoría conoce nuestras costumbres y tradiciones navales, y ¿cómo lo tomarían? Aunque se les pudiera explicar, algo que prohíbe nuestra posición oficial, ellos, durante mucho tiempo moldeados por una disciplina arbitraria, no disponen de ese tipo de receptividad inteligente que podría capacitarles para comprender y discernir. No, para la gente, la acción del gaviero [Budd], se exprese como se exprese en el anuncio, no será más que homicidio cometido en un acto flagrante de amotinamiento. Ellos saben cuál es la pena correspondiente. Pero, si no se aplica, pensarán «¿Por qué?». Ya saben cómo son los marineros. ¿No volverán a los recientes disturbios del Nore? Sí. Conocen la alarma justificada; el pánico que extendió por Inglaterra. Entenderían pusilánime su sentencia clemente. Creerían que nos arredramos, que les tenemos miedo, miedo de practicar un rigor legal singularmente requerido en esta coyuntura, no sea que provoque nuevos disturbios. ¡Qué vergüenza para nosotros tal conjetura por su parte, y qué mortal para la disciplina! Comprendan entonces adónde voy a parar, empujado por el deber y por la ley. Pero les ruego, amigos míos, que no me malinterpreten. Yo siento lo mismo que ustedes por este desafortunado muchacho. Pero si él conociera nuestros corazones, creo que es de naturaleza tan generosa que incluso lo sentiría por nosotros, sobre quienes recae tan triste obligación en esta necesidad militar.

Con esto, cruzando la cubierta, recuperó su lugar junto al ojo de buey, dejando tácitamente que los tres  llegaran a una decisión. En el lado opuesto de la cabina, el atribulado tribunal permanecía callado. Vasallos leales, sencillos y prácticos, aunque en el fondo disentían de algunos aspectos planteados por el capitán Vere, no tenían facultades, y a duras penas deseos de contradecir a quien consideraban un hombre serio y que, además, les superaba tanto en inteligencia como en graduación naval. Pero es probable que aunque todas sus palabras surtieron efecto en ellos, las que más alcanzaron su objetivo fueron las de su apelación final a su instinto de oficiales de la marina, en la reflexión previa que lanzó sobre las consecuencias prácticas para la disciplina, teniendo en cuenta la situación inestable de la flota en aquel tiempo, si se dejaba que el violento homicidio de un marinero contra su superior en grado, en alta mar, pasase por algo menos que por un delito capital que demandaba inmediata imposición de la pena.

Melville, H. Billy Budd / Billy Budd, marinero. (publicada póstumamente en 1924).

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