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La Alianza secreta de Bakunin

31/12/2011

El informe que acaba de publicar la Comisión de La Haya sobre la Alianza secreta de Bakunin ha puesto de manifiesto ante el mundo obrero los manejos ocultos, las granujadas y la huera fraseología con que se pretendía poner el movimiento proletario al servicio de la presuntuosa ambición y los designios egoístas de unos cuantos genios incomprendidos. Entretanto, estos megalómanos nos han dado ocasión en España de conocer también su actuación revolucionaria práctica. Veamos cómo llevan a los hechos sus frases ultrarrevolucionarias sobre la anarquía y la autonomía individual, sobre la abolición de toda autoridad, especialmente de la del Estado, sobre la emancipación inmediata y completa de los obreros. Por fin podemos hacerlo ya, pues ahora, además de la información de los periódicos sobre los acontecimientos de España, tenemos a la vista el informe enviado al Congreso de Ginebra por la Nueva Federación Madrileña de la Internacional.

Es sabido que, en España, al producirse la escisión de la Internacional, sacaron ventaja los miembros de la Alianza secreta; la gran mayoría de los obreros españoles se adhirió a ellos. Al ser proclamada la República, en febrero de 1873, los aliancistas españoles se vieron en un trance muy difícil. España es un país muy atrasado industrialmente y, por lo tanto, no puede hablarse aún de una emancipación inmediata y completa de la clase obrera. Antes de esto, España tiene que pasar por varias etapas previas de desarrollo y quitar de en medio toda una serie de obstáculos. La República brindaba la ocasión para acortar en lo posible estas etapas y para barrer rápidamente estos obstáculos. Pero esta ocasión sólo podía aprovecharse mediante la intervención política activa de la clase obrera española. La masa obrera lo sentía así; en todas partes presionaba para que se interviniese en los acontecimientos, para que se aprovechase la ocasión de actuar, en vez de dejar, como hasta entonces, a las clases poseedoras el campo libre para la acción y para las intrigas. El Gobierno convocó elecciones a las Cortes Constituyentes; ¿qué posición debía adoptar la Internacional? Los jefes bakuninistas estaban sumidos en la mayor perplejidad. La prolongación de la inactividad política hacíase cada día más ridícula y más insostenible; los obreros querían “hechos”. Y por otra parte, los aliancistas llevaban años predicando que no se debía intervenir en ninguna revolución que no fuese encaminada a la emancipación inmediata y completa de la clase obrera; que el emprender cualquier acción política implicaba el reconocimiento del Estado, el gran principio del mal; y que, por lo tanto, y muy especialmente, la participación en cualquier clase de elecciones era un crimen que merecía la muerte. El citado informe de Madrid nos dice cómo salieron del aprieto:

“Los mismos que habían repudiado los acuerdos de La Haya sobre la actitud política de la clase obrera y pisoteado los Estatutos de la Asociación, llevando con ello la escisión, la discordia y el desorden a la Internacional en España; los mismos que tenían la desvergüenza de presentarnos a los ojos de los obreros como unos arribistas ambiciosos, que, bajo el pretexto de llevar el Poder a la clase obrera, querían entronizarse en el Poder; los mismos que se llaman autónomos, anarquistas revolucionarios, etc., se han lanzado en esta ocasión, con el mayor celo, a hacer política, pero la peor de todas las políticas: la política burguesa. No laboraron para conquistar el Poder político para la clase obrera —por el contrario, aborrecen esta idea—, sino por agenciar el Poder a una parte de la burguesía, formada por aventureros, ambiciosos y arribistas que se llaman a sí mismos republicanos intransigentes.

”Ya en vísperas de las elecciones generales a las Cortes Constituyentes, los obreros de Barcelona, Alcoy y otros sitios pidieron que se les dijese qué política habían de seguir los trabajadores, tanto en el terreno de la lucha parlamentaria como en los demás. Con este motivo se celebraron dos grandes mítines, uno en Barcelona y otro en Alcoy; los aliancistas lucharon en ambos con todas sus fuerzas por impedir que se definiese la actitud política que había de adoptar la Internacional (la suya, ¡entiéndase bien!). Se acordó, en vista de esto, que la Internacional, como tal asociación, no debía desplegar ninguna actividad política, pero ¡que los internacionalistas, personalmente, podrían obrar como creyeran conveniente y adherirse al partido que mejor les pareciera, en virtud de su famosa autonomía individual! ¿Cuál fue el resultado de la aplicación de tan absurda doctrina? Que la gran masa de los internacionalistas, incluso los anarquistas, tomó parte en las elecciones sin programa, sin bandera, sin candidatos propios, contribuyendo de este modo a que saliesen triunfantes casi exclusivamente los candidatos republicanos burgueses. Sólo se sentaron en los escaños dos o tres obreros, hombres sin representación alguna, que no alzaron la voz ni una sola vez en defensa de los intereses de nuestra clase y que votaban tranquilamente todas las proposiciones reaccionarias de la mayoría.”

A esto conduce el «abstencionismo político» bakuninista. En tiempos pacíficos, en que el proletariado sabe de antemano que a lo sumo conseguirá llevar al Parlamento unos cuantos diputados y que la obtención de una mayoría parlamentaria le está por completo vedada, se conseguirá acaso convencer a los obreros en algún sitio que otro de que es toda una actuación revolucionaria quedarse en casa cuando haya elecciones y, en vez de atacar al Estado concreto en el que vivimos y que nos oprime, atacar al Estado en abstracto, que no existe en ninguna parte, y por lo tanto, no puede defenderse. Es éste un procedimiento magnífico de hacerse el revolucionario, característico de gentes a quienes se les cae fácilmente el alma a los pies; y hasta qué punto los jefes de los aliancistas españoles se cuentan entre esta casta de gentes lo demuestra con todo detalle el escrito sobre la Alianza que citábamos al principio.

Pero, tan pronto como los mismos acontecimientos empujan al proletariado y lo colocan en primer plano, el abstencionismo se convierte en una majadería palpable y la intervención activa de la clase obrera es una necesidad que es preciso admitir. Y éste fue el caso en España. La abdicación de Amadeo había desplazado del Poder y de la posibilidad inmediata de recobrarlo a los monárquicos radicales; los alfonsinos estaban, por el momento, más imposibilitados aún; los carlistas preferían, como casi siempre, la guerra civil a la lucha electoral. Todos estos partidos se abstuvieron a la manera española; en las elecciones sólo tomaron parte los republicanos federales, divididos en dos bandos, y la masa obrera. Dada la enorme fascinación que el nombre de la Internacional ejercía aún por aquel entonces sobre los obreros de España y dada la excelente organización que, al menos para los fines prácticos, conservaba aún su Sección española, era seguro que en los distritos fabriles de Cataluña, en Valencia, en las ciudades de Andalucía, etc., habrían triunfado brillantemente todos los candidatos presentados y mantenidos por la Internacional, llevando a las Cortes una minoría lo bastante fuerte para decidir en las votaciones entre los dos bandos republicanos. Los obreros sentían esto; sentían que había llegado la hora de poner en juego su potente organización, pues por aquel entonces todavía lo era. Pero los señores jefes de la escuela bakuninista habían predicado durante tanto tiempo el evangelio del abstencionismo incondicional, que no podían dar marcha atrás repentinamente; y así, inventaron aquella lamentable salida consistente en hacer que la Internacional se abstuviese como colectividad, pero dejando a sus miembros en libertad para votar individualmente como se les antojase. La consecuencia de esta declaración en quiebra política fue que los obreros, como ocurre siempre en tales casos, votaron a la gente que se las daba de más radical: a los intransigentes. Y que, sintiéndose con esto más o menos responsables de los pasos dados posteriormente por sus elegidos, acabaran por verse envueltos en su actuación.

Engels, Friedrich. Los bakuninistas en acción. Memoria sobre la insurrección de España (Verano de 1873). (1873)

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