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El anarquismo

31/01/2012

II. —El anarquismo, o el rechazo de concebir el movimiento social en su conjunto.

No carece de interés destacar que el anarquismo se caracteriza, ante todo, por el rechazo del tercer escalón de las luchas obreras expuesto por Jean Bruhat: el de la lucha política, que necesita la completa asimilación del socialismo científico.

Dos hombres inspiraron esta última resistencia a la influencia del socialismo científico. En primer lugar, Proudhon, que oponía a la intervención de los trabajadores en las luchas políticas una tenaz requisitoria. La política era, para él, “la eterna decepción de la libertad”.

“Como Proudhon negaba la lucha política —escribe G. Cogniot—, plantea en su lugar utópicos proyectos de eliminación del Estado, sustituyéndolo por relaciones contractuales entre individuos, comunas y grupos de producción. Esta fue la base de las concepciones anarquistas… Proudhon quedó en lo sucesivo como referencia para todos cuantos pretendieron que los obreros deberían limitarse a una lucha económica y negaron la necesidad para la clase obrera de tener una política independiente, lo que equivalía a transformar a la clase obrera en apéndice político de otras fuerzas sociales”.

Precisamente Bakunin, segundo padre del anarquismo, hace referencia a Proudhon cuando en el seno de la Internacional entra en agudo conflicto con Marx acerca de la actitud que se debería observar respecto al Estado y las luchas políticas. Es significativo que la ruptura definitiva se produjera después de la Conferencia de Londres de 1871 y del Congreso de La Haya de 1872, cuando en los hechos se producía el paso al tercer escalón: la lucha de clase política.

En una carta muy conocida de Engels a Federico Cuno, de fecha de 24 de enero de 1871, la conexión entre Proudhon y Bakunin se subraya con mucha fuerza: “Bakunin, que hasta 1868 había intrigado contra ella, se adhiere a la Internacional… y comienza en seguida a conspirar desde el interior contra el Consejo General. Bakunin tiene una teoría muy particular: una mezcolanza de proudhonismo y de comunismo, en la cual lo esencial y primero es que, para él, el principal mal que se debe eliminar no es el capital, y como consecuencia la oposición de clase entre capitalistas y asalariados que resulta de la evolución social, sino el Estado

… ”En consecuencia, como el mal principal es para él el Estado, habría que suprimir ante todo a éste, y el capital se iría entonces por sí mismo al diablo; por el contrario, nosotros decimos: al abolir el capital, la apropiación del conjunto de los medios de producción en las manos de unos pocos, el Estado se hundirá por sí mismo. La diferencia es esencial: la abolición del Estado sin previa revolución social es un absurdo; la abolición del capital constituye precisamente la revolución social y encierra en sí una transformación del conjunto de los medios de producción. Pero como, para Bakunin, el Estado es el mal fundamental, no se debe hacer nada que pueda mantener la existencia del Estado; es decir, no importa de qué Estado se trate, república, monarquía u otro. En consecuencia, se debe estar al margen, por completo, de toda política. Realizar un acto político y, en particular, participar en una elección, sería traicionar los principios. Se debe hacer propaganda, denigrar al Estado, organizarse, y cuando se tengan a todos los trabajadores convencidos, por lo tanto a la mayoría, se deponen a todas las autoridades, se deroga el Estado y se le reemplaza por la organización de la Internacional. Este gran acto, con el que comienza el reino milenario, se denomina la liquidación social“.

Todo esto, continuaba Engels, “tiene un soniqueo extremadamente radical, y es tan simple que se puede aprender en cinco minutos; por eso en Italia y en España, esta teoría bakuninista ha encontrado rápidamente eco en jóvenes abogados, doctores y otros doctrinarios. Pero la masa de los trabajadores no se dejará jamás meter en la cabeza que los asuntos públicos de su país no son al mismo tiempo sus propios asuntos; los trabajadores son políticos por naturaleza, y al que les cuente que deben dar de lado a la política lo rechazarán de plano”.

Entre otros textos útiles sobre esta cuestión, existe uno prácticamente desconocido en Francia, que quiero presentar esta noche a mi auditorio. Se trata de un artículo de Marx publicado en 1873 en el Almanaque Republicano (Milán-Lodi), que editaba la revista italiana de orientación marxista La Plebe. Figura en alemán en el tomo XVII de la edición Dietz de las obras completas de Marx. Las aclaraciones y la traducción francesa a partir de la versión italiana se deben a Henry Deluy.

El texto de Marx comienza por la presentación de las posiciones anarquistas, acompañadas por mordaces comentarios. “La clase obrera no debe constituirse en partido político; bajo ningún pretexto debe realizar una acción política, porque combatir al Estado equivale a reconocerlo. Esto es contrario a los principios eternos. Los trabajadores no deben hacer huelgas, porque esforzarse en alcanzar mayores salarios o impedir la devaluación de éstos es reconocer los salarios. ¡Esto es contrario a los principios eternos de la emancipación de la clase obrera!

”Si en la lucha política contra el estado burgués, los trabajadores no logran más que arrancar concesiones, contraen compromisos. ¡Esto es contrario a los principios eternos!… Los trabajadores no deben luchar para obtener un límite legal a la jornada de trabajo, porque esto equivale a contraer compromisos con los patronos, los cuales sólo pueden explotarlos ahora diez o doce horas en lugar de las catorce o dieciséis. Los trabajadores no deben esforzarse por conseguir la prohibición legal del trabajo de los niños mayores de diez años en las fábricas, porque con ello sólo logran impedir la explotación de los niños menores de diez años. ¡Así contraer un nuevo compromiso que perjudica a la pureza de los principios eternos!

”Los trabajadores deben desear menos aún que, como ocurre en la república americana, en donde el presupuesto es enriquecido por la clase obrera, sea obligatorio dar a los niños la instrucción primaria. Es mejor que los trabajadores y las trabajadoras no sepan leer ni escribir, ni contar, antes que recibir instrucción de un maestro de escuela del Estado.

”Es preferible la ignorancia y las dieciséis embrutecedoras horas de trabajo diario de la clase obrera, ¡que violar los principios eternos!”…

Pero, continúa Marx, “los trabajadores, en su fuero interno, deben protestar enérgicamente contra la existencia del Estado y testimoniarle su profundo desdén teórico mediante la adquisición y la lectura de tratados literarios sobre la abolición del Estado; los trabajadores deben guardarse bien de oponer otra resistencia al régimen capitalista más allá de las declamaciones sobre la sociedad futura, en la que el odioso régimen habrá cesado de existir”.

Textos polémicos, cierto, pero no caricaturescos, si se tienen en cuenta los conceptos que se escuchaban en 1871, complacientemente reproducidos por una prensa muy alejada de la clase obrera. A los que, por otra parte, les gustaría responder a la descripción irónica de Marx de las concepciones anarquistas, bastaría recordarles algo de lo que por entonces se escribía:

La Revolte, periódico anarquista, del 18/24 de octubre de 1890: “Las huelgas no pueden basarse en una cuestión de salario o de horas de trabajo. Pues, cuando son ofensivas, es decir, cuando tienen por objeto una demanda de mejoramiento, tienen un carácter reformista, esencialmente antirrevolucionario”.

Del mismo periódico, del 2/8 de mayo de 1891. “Los anarquistas combaten igualmente lo que se llama la gran reivindicación del proletariado: la ley de ocho horas. Decimos que esta reivindicación es un engaño: 1º.) porque toda ley es mala en sí; 2º.) porque esta ley es una utopía, jamás será votada; 3º.) porque la ley que limitara la jornada de trabajo a ocho horas no mejoraría en nada la situación del explotado”.

Sebastián Faure, en la carta de Falot Cherbourgeois fechada en Lyon el 26 de enero de 1892: “Los anarquistas saben muy bien que no se puede esperar nada del 1º. de Mayo, cuyos orígenes son sospechosos, cuyo carácter no tiene nada de revolucionario y cuyo objetivo es la inepta ley de la jornada de ocho horas… Si llegásemos a desinteresar del 1º. de Mayo a todo elemento revolucionario avanzado o incluso, simplemente, afiliado… nos desembarazaríamos de esta nueva pesadilla”.

Paraf-Javal, en Le Libertaire del 2/9 de abril de 1904: “¿Qué es un sindicato? Es una agrupación en donde los embrutecidos se clasifican por oficios para intentar hacer menos intolerables las relaciones entre patronos y obreros. Una de estas dos cosas: o éstos triunfan, y entonces la labor sindical es inútil, o no triunfan, y entonces la labor sindical es negativa, pues un grupo de hombres habrá logrado una situación menos intolerable y habrá hecho, por consiguiente, hacer durar más la sociedad actual”.

Jean Grave, en el folleto La anarquía, su finalidad, sus medios (1899): “Aceptar la discusión con sus explotadores es reconocer un derecho de explotación”.

Un delegado anarquista al Comité Federal de las Bolsas del Trabajo: “Nosotros no deberíamos jamás discutir una ley, puesto que  la discusión no significa otra cosa que reconocerla”.

Y el mismo Fernando Pelloutier, el teórico del anarcosindicalismo: “Sabéis bien que todas las huelgas son funestas. Las que fracasan, inútil resulta decir por qué; las que triunfan, por dos razones: la primera es que salvo en algún caso muy excepcional en que la necesidad de servir los pedidos obliga al patrón a ceder inmediatamente, el aumento del salario obtenido no cubrirá jamás los sacrificios hechos para conseguirlo… La segunda razón es que, incluso después de una huelga victoriosa, los obreros quedan tan insatisfechos del magro resultado obtenido que, durante mucho tiempo, no se puede contar con ellos para ayudar al movimiento revolucionario. ¡Buen resultado!

Se podría continuar, hasta nuestros días, presentando las letanías anarquistas de la capitulación, enmascaradas con la verborrea revolucionaria, pero yo creo que es suficiente con el retrato que Marx hacía en el Almanaque Republicano como reflejo de la realidad.

Pero Marx rebasaba la simple descripción del comportamiento libertario, mostrando la significación y los orígenes: “Los primeros socialistas (Fourier, Owen, Saint Simon, etc.), como las condiciones sociales no estaban suficientemente desarrolladas para permitir a la clase obrera constituirse como clase militante, fatalmente tuvieron que limitarse a ilusiones acerca de la sociedad modelo del futuro y condenar tentativas tales como las huelgas, las coaliciones, los movimientos políticos iniciados por los trabajadores para lograr alguna mejoría de su suerte. Pero si no nos está permitido renegar de estos patriarcas, como no les está permitido a los químicos renegar de sus padres, los alquimistas, sin embargo, debemos evitar caer en sus errores, que, cometidos por nosotros, serían inexcusables”.

Marx muestra a continuación que Proudhon y sus discípulos siguen al pie de la letra a un discípulo de Owen, inventor del mutualismo. El socialista utópico Bray, autor de un libro sobre los males y los remedios del trabajo, condenaba ya, con circunstancias atenuantes que sus sucesores no podían invocar, el movimiento político, las huelgas, la limitación de las horas de trabajo, la reglamentación del trabajo de las mujeres y los niños en las fábricas, con el pretexto de que “en vez de hacernos salir de la sociedad”, todo esto “nos ata a ella”.

Marx caracterizaba, pues, bien al anarquismo como una regresión, una vuelta a los viejos modos de pensamiento, un retorno forzado (en las condiciones nuevas de una sociedad capitalista en que el proletariado ha tomado conciencia de su existencia) a un primitivismo totalmente anacrónico.

Moissonnier, M. Anarquismo y socialismo. Conferencia pronunciada en el Instituto Maurice Thorez el 3 de noviembre de 1971. (París).

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