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Ser nietzscheano

01/01/2015
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Cuanto más fiel se reclama alguien de Nietzsche, menos se puede proclamar la identidad de un particular «rasgo» de su pensamiento. Cuanto más cerca se encuentra uno de Nietzsche, más precavido se está de que no existe algo así como el texto-de-Nietzsche […] «Ser nietzscheano» es un eslogan periodístico que no puede hacerles frente a los nombres y pseudónimos de Nietzsche; su única raison d’être, en última instancia, es conjurar la ansiedad.

Jacques Derrida, Nietzsche and the machine (entrevista con Richard Beardsworth en Journal of Nietzsche Studies, 7, primavera 1994, p. 22.)

* * *

Y llegó Nietzsche… Y con él, el pensamiento idealista, espiritualista, judeo-cristiano, dualista, es decir, el pensamiento dominante, empieza a preocuparse: su monismo dionisiaco, su lógica de las fuerzas, su método genealógico, su ética atea, permiten vislumbrar una salida del cristianismo. Por primera vez, un pensamiento poscristiano radical y elaborado aparece en el horizonte occidental. […]

Pero en el terreno filosófico, el padre de Zaratustra tiene razón: después de ‘Más allá del bien y del mal’ y de ‘El Anticristo’ el mundo ideológico deja de ser el mismo. Nietzsche abre una brecha en el edificio judeocristiano. Sin llevar a cabo por sí solo toda la tarea ateológica, la hace por fin posible. De ahí surge la utilidad de ser nietzscheano. ¿A saber? Ser nietzscheano –lo que no quiere decir ser Nietzsche, como creen los imbéciles…– impide tomar por cuenta propia y de modo sinuoso las tesis mayores del filósofo: el resentimiento, el eterno retorno, el superhombre, la voluntad de poder, la fisiología del arte y otros grandes momentos del sistema filosófico. No hay necesidad –¿cuál es el interés?– de cambiarse por Nietzsche, creerse Nietzsche, asumir esa responsabilidad y luego adjudicarse todo su pensamiento. Sólo las mentes pequeñas imaginan eso…

Ser nietzscheano implica pensar a partir de él, allí donde la construcción de la filosofía quedó transfigurada por su paso. Recurrió a discípulos infieles que, por su sola traición, demostrarían su fidelidad, quería personas que lo obedecieran siguiéndose a sí mismos y a nadie más, ni siquiera a él. Sobre todo, no a él. El camello, el león y el niño de ‘Así habló Zaratustra’ enseñan una dialéctica y una poética que debe practicarse: conservarlo y sobrepasarlo, recordar su obra, sin duda, pero sobre todo apoyarse en ella como quien se apoya en una formidable palanca para mover las montañas filosóficas.

Michel Onfray, Tratado de Ateología.

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