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La puta de Mensa

01/03/2015

Cuando se es investigador privado, uno ha de aprender a confiar en sus corazonadas. Por eso en el momento en que un tipo tembloroso como un flan llamado Word Babcock entró en mi oficina y puso las cartas sobre la mesa, debí haber hecho caso del escalofrío glacial que sacudió mi espinazo.

—¿Kaiser? —preguntó—. ¿Kaiser Lupowitz?

—Eso es lo que pone en mi licencia —admití.

—Tiene que ayudarme. Me están haciendo un chantaje. ¡Por favor!

Se agitaba como el animador de una orquesta de rumba. Le empujé un vaso por encima de la mesa y la botella de whisky que guardo a mano con propósitos no medicinales.

—¿Qué le parece si se tranquiliza y me lo cuenta todo?

—¿No… no se lo dirá luego a mi mujer?

—Hablemos claro, Word. No puedo hacerle promesas.

Intentó servirse un trago, pero el tintineo podía oírse al otro lado de la calle, y la mayor parte del licor fue a parar a sus zapatos.

—Soy un honrado trabajador —explicó—. Mantenimiento de máquinas. Construyo y reparo vibradores. Ya sabe… esos aparatitos tan divertidos que dan un calambre al estrechar la mano.

—¿Y bien?

—A muchos ejecutivos les gusta. Sobre todo a lo largo de Wall Street.

—Vaya al grano.

—Ahí voy precisamente. Pero ya sabe que el camino… es difícil. Oh, no es lo que está pensando. Mire, Kaiser, soy fundamentalmente un intelectual. Uno se puede buscar todas las furcias que quiera, claro. Pero mujeres inteligentes de verdad… no resultan fáciles de encontrar a corto plazo.

—Continúe.

—Bueno, oí hablar de una chica. Dieciocho años. Estudiante en Vassar. Por una cantidad, te viene y discute el tema que sea… Proust, Yeats, antropología. Un intercambio de ideas. ¿Comprende dónde voy a parar?

—No exactamente.

—Mi mujer es algo grande, de veras, de veras, no me entienda mal. Pero no es capaz de discutir sobre Pound conmigo. O sobre Elliot. Yo no lo sabía cuando me casé con ella. Mire, necesito a una mujer cuya mente me estimule, Kaiser. Y no me importa pagar por eso. No busco ningún enredo… quiero una experiencia intelectual rápida, y luego quiero que la chica se largue. Dios mío, Kaiser, soy un hombre casado y feliz.

—¿Cuánto tiempo dura esto?

—Seis meses. Cuando me vienen ganas, llamo a Flossie. Es una madame, y tiene un título de doctor en literatura comparada. Ella me envía a una intelectual, ¿comprende?

Así que era uno de esos tipos cuya flaqueza son las mujeres con cerebro. Sentí lástima del pobre imbécil. Imaginé que habría muchos individuos en su situación, hambrientos de unas migajas de comunicación intelectual con el sexo opuesto y por la que pagarían un precio exorbitante.

—Ahora amenaza con contárselo a mi esposa —gimió.

—¿Quién?

—Flossie. Escondieron un magnetofón en la habitación del motel. Me grabaron en cinta mientras discutía La tierra baldía y Estilos de voluntad radical, y, bueno, estaba llegando a algunas conclusiones. Quieren diez de los grandes o se lo contarán a Carla. ¡Kaiser, tiene que ayudarme! Carla se moriría si llegara a enterarse de que no me enciende el quinqué.

El viejo tinglado de la prostitución. Había oído rumores de que los chicos de la jefatura se traían algo entre manos en relación con un grupo de mujeres instruidas, pero de momento estaban sin ninguna pista.

—Llame a Flossie, quiero hablar con ella.

—¿Cómo?

—Me haré cargo de su caso, Word. Pero cobro cincuenta dólares al día, más los gastos. Tendrá que reparar un montón de vibradores.

—Nunca será más de diez de los grandes, estoy seguro —comentó con una sonrisa mientras cogía el teléfono para marcar un número.

Le guiñé un ojo cuando me tendió el auricular. Estaba empezando a caerme bien. Unos segundos más tarde, respondió una voz sedosa, y le expliqué mis deseos.

—Tengo entendido que usted puede ayudarme a conseguir una hora de charla agradable.

—Claro que sí, guapo. ¿Quiere algo en concreto?

—Me gustaría discutir sobre Melville.

—¿Moby Dick o sus novelas cortas?

—¿Qué diferencia hay?

—El precio. Eso es todo. El simbolismo se cobra aparte.

—¿Por cuánto me saldría?

—Cincuenta, tal vez unos cien por Moby Dick. ¿Le gustaría una discusión comparada… Melville y Hawthorne? Se lo podría dejar por cien.

—Me parece bien —contesté, y le di el número de una habitación en el Plaza.

—¿Prefiere una morena o una rubia?

—Sorpréndame —le dije, y colgué.

Me afeité y engullí unas tazas de café negro, mientras repasaba los esquemas de literatura del Monarch College. Apenas había pasado una hora cuando sonaron unos golpes en la puerta. La abrí, y en el umbral se erguía una joven pelirroja metida en sus anchos pantalones como dos cucharadas grandes de helado de vainilla.

—Hola, soy Sherry.

Sabían realmente cómo satisfacer las fantasías de uno. Pelo largo, suelto, bolsa de cuero, pendientes de plata, sin maquillaje.

—Me sorprende que hayas podido llegar hasta aquí vestida de ese modo —observé—. El detective sabe distinguir a las intelectuales.

—Con un billete de cinco no distingue nada.

—¿Empezamos? —propuse, empujándola hacia el sofá.

Encendió un cigarrillo y fue derecho al grano.

—Creo que podríamos comenzar considerando Billy Budd como una justificación que Melville sugiere de los caminos de Dios hacia el hombre, n’est-ce pas?

—Interesante, aunque no desde un punto de vista miltoniano.

Era una finta. Me interesaba ver si valía para el oficio.

—No. A El paraíso perdido le falta la subestructura del pesimismo.

Valía.

—Cierto, cierto. Dios mío, tienes razón —murmuré.

—Creo que Melville reafirmó las virtudes de la inocencia en un sentido genuino, pero aun así sofisticado, ¿no estás de acuerdo?

La dejé continuar. Apenas tenía diecinueve años, pero mostraba ya la ductilidad encallecida de la pseudointelectual. Desgranaba sus ideas con labia, pero en el fondo era todo mecánico. Cada vez que yo le brindaba una intuición, ella fingía placer:

—Oh, sí, Kaiser. Sí, chico, es muy profundo. Una comprensión platónica del cristianismo… ¿por qué no me habré dado cuenta antes?

Hablamos alrededor de una hora, hasta que ella dijo que tenía que irse. Cuando se levantó, le tendí un billete de cien.

—Gracias, cariño.

—Puede haber muchos más.

—¿Qué quieres decir?

Había picado su curiosidad. Volvió a sentarse.

—Supongamos que quisiera… organizar una fiesta —anuncié.

—¿Qué clase de fiesta?

—Supongamos que quisiera tener una charla sobre Noam Chomsky con dos chicas.

—Oh, caramba.

—Si prefieres dejarlo correr…

—Tendrías que hablar con Flossie —dijo—. Eso cuesta mucho.

Era el momento de apretarle las clavijas. Lucí mi insignia de investigador privado y le informé que había caído en una trampa.

—¿Qué?

—Soy un poli, preciosa, y discutir Melville por dinero es un 802. Te va a salir una buena temporada.

—¡Asqueroso!

—Será mejor que confieses, muñeca, a menos que prefieras contar tu historia en la oficina de Alfred Kazin, y no creo que le haga muy feliz escucharla.

La chica se echó a llorar.

—No me entregues, Kaiser —imploró—. Necesitaba el dinero para acabar el doctorado. Me negaron una beca. Dos veces. Oh, Dios mío.

Lo soltó todo… la historia completa. Educación Central Park West. Campos de verano socialistas, Brandeis. Era igual que todas esas chicas que ves haciendo cola delante del Elgin o del Thalia, o que escriben con lápiz «Sí, muy cierto» en el margen de algún libro sobre Kant. Sólo que en algunas partes del trayecto había hecho un viraje equivocado.

—Necesitaba dinero en efectivo. Una amiga me contó que conocía a un individuo casado cuya esposa no era muy profunda. Estaba chiflado por Blake. Ella no podía satisfacerle. Yo dije que bueno, que por una cantidad podía hablar de Blake con él. Me sentí muy nerviosa al principio. Tuve que fingir casi todo el tiempo. A él no le importó. Mi amiga me dijo que había otros. Oh, no es la primera vez que me atrapan. Me pescaron leyendo Commentary en un coche aparcado, y otra vez me pararon y me registraron en Tanglewood. Si ahora me cogen por tercera vez iré a la cárcel.

—Entonces llévame hasta Flossie.

Se mordió el labio y dijo:

—La librería universitaria Hunter es una tapadera.

—¿Sí?

—Como esas barberías que camuflan centros de apuestas en la trastienda. Ya lo verás.

Hice una breve llamada a jefatura, y luego le dije a la chica:

—Está bien, muñeca. Puedes irte tranquilamente. Pero no salgas de la ciudad.

Inclinó su rostro hacia el mío con gratitud.

—Puedo conseguirte fotos de Dwight Macdonald leyendo —ofreció.

—Otra vez será.

Entré a la librería universitaria Hunter. El dependiente, un joven de ojos sensitivos, me salió al encuentro.

—¿En qué puedo servirle? —preguntó.

—Estoy buscando una edición especial de Avisos a mí mismo. Tengo entendido que el autor ha hecho imprimir varios miles de ejemplares en panes de oro para los amigos.

—Tendré que comprobarlo —respondió—. Tenemos línea directa con la casa Mailer.

Le miré fijamente.

—Sherry me envía —anuncié.

—Oh, en ese caso pase a la trastienda —indicó.

Apretó el botón. Una pared de libros se abrió, y penetró como un tonto en el bullicioso palacio de los placeres regentado por Flossie.

Paredes empapeladas de rojo y una decoración victoriana marcaban el tono. Muchachas pálidas y nerviosas con gafas de montura negra y pelo corto yacían indolentemente en sofás, hojeando clásicos Penguin provocativamente. Una rubia de ancha sonrisa me lanzó un guiño, indicando con la cabeza una habitación de arriba, y dijo:

—Wallace Stevens, ¿eh?

Pero no se trataba únicamente de experiencias intelectuales… lo que se vendía allí eran también experiencias emotivas. Por cincuenta pavos, me dijeron, te podías «comunicar guardando las distancias». Por un centenar, una chica te prestaba sus discos de Bártok, cenaba contigo y te dejaba mirar mientras sufría un ataque de angustia. Por ciento cincuenta, podías escuchar la radio de FM con unas gemelas. Por tres billetes tenías el servicio completo: una hebrea morena y delgada fingía ligar contigo en el Museo de Arte Moderno, te dejaba leer su tesis, te metía en una discusión a gritos en el pub de Elaine sobre los conceptos de Freud acerca de la mujer, y luego simulaba el suicidio que tú eligieses… la velada perfecta, para ciertos individuos. Bonito negocio. Gran ciudad, Nueva York.

—¿Te gusta mi juguete? —preguntó una voz a mi espalda.

Me volví y de pronto me encontré frente a frente con el cañón de un 38. Soy hombre de estómago bien templado, pero esta vez me dio un vuelco. Era Flossie, sin duda. La voz era la misma, pero Flossie era un hombre. Su rostro estaba cubierto por una máscara.

—No se lo va a creer —prosiguió—. Ni siquiera tengo el título universatario. Me expulsaron por malas calificaciones.

—¿Es por eso que lleva máscara?

—Ideé una intrincada maquinación para apoderarme de The New York Review of Books, pero para eso tenía que hacerme pasar por Lionel Trilling. Fui a México para operarme. Hay un médico en Juárez que presta a la gente los rasgos de Trilling… por una buena cantidad. Pero algo salió mal. Me sacó parecido a Auden, con la voz de Mary McCarthy. Por eso crucé la frontera de la ley.

Con presteza, antes de que su dedo pudiese apretar el gatillo, me puse en acción. Lanzándome hacia adelante, hice chocar un codo contra su mandíbula y me apoderé del revólver mientras caía. Se derrumbó como una tonelada de ladrillos. Gemía aún cuando llegó la policía.

—Buen trabajo, Kaiser —aprobó el sargento Holmes—. Cuando acabemos con ese tipo, el F.B.I. quiere tener una charla con él.

Un pequeño asunto relacionado con jugadores de ventaja y una edición anotada del Infierno de Dante. Sacadlo fuera, muchachos.

Más avanzada la noche, busqué a una vieja conocida mía que se llamaba gloria. Era rubia. Y se había graduado cum laude. La diferencia está en que su título era de educación física. ¡Qué alivio!

Woody Allen.

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