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¿Por qué se empezó a hacer filosofía?

02/11/2015

En medio de nuestro mundo cultural, cuajada en las páginas de unos libros encontramos una manifestación del saber humano que se ha llamado filosofía. El hecho de su existencia nos lleva a preguntarnos por qué ha tenido el hombre -algunos hombres- necesidad de “hacer” filosofía. Por supuesto, este interrogante puede extenderse a cualquier obra humana; pero ahora sólo nos interesa preguntarnos por la filosofía. ¿Por qué filosofamos? ¿Por qué han surgido, como producto de una determinada actividad, esos sistemas conceptuales denominados filosofía? Lo primero que podría responderse es que el pensamiento filosófico encuentra su justificación por el hecho de ser respuesta a
determinados estímulos. Al comienzo de su Metafísica, Aristóteles (-384/-322) nos habla del asombro como origen de la filosofía. Sin embargo, este asombro no podría producirse si no hubiese una descompensación entre el hombre y el mundo que le circunda. Debido a la peculiar estructura del cerebro humano, producto de una larga fase de acomodación con el entorno, el hombre ha ido despegándose, en parte, de su comportamiento instintivo y adecuándose a situaciones nuevas. Para esta adecuación necesitaba ser capaz de ir rellenando con interpretaciones y con el trabajo el hueco dejado por el simple comportamiento instintivo, insuficiente para adaptarse a estas nuevas situaciones. El lenguaje debió ser, sin duda, la primera y más firme manifestación de solidaridad en el grupo humano que, al mismo tiempo, expresaba su capacidad de creación, o sea, de cubrir la distancia entre el mundo extraño y el hombre, que necesitaba asimilar esa extrañeza. Así surgieron los mitos, las viejas leyendas de dioses y héroes en las que se podría descubrir el esfuerzo por establecer un mundo intermedio y común entre la soledad de la Naturaleza y la del hombre, y así surgió también la filosofía. Sin embargo, desde un principio apareció ya en ella un elemento característico frente a los mitos o las religiones. Lo mismo que el trabajo fue la manera de dominar y asimilar la Naturaleza -valiéndose de los medios más adecuados en cada momento y con los que más fácilmente pudiera ejercerse ese dominio-, la filosofía fue una respuesta en la que, dentro de una sociedad determinada, el hombre pretendía leer la realidad desde los exclusivos presupuestos e intereses de la ciudad a la que pertenecía. Estos presupuestos e intereses, cuando rebasaron los de las clases que, hasta entonces, habían detentado el poder, llegaron a dominar de tal manera, que ya no bastaron las interpretaciones míticas o religiosas para mediar, adecuadamente, entre la Naturaleza y el hombre. Fue, precisamente, en las costas de Asia Menor, frente a la península griega, donde comenzó a plantearse ese tipo de actividad que, posteriormente, se iba a llamar filosofía. Como las interpretaciones usuales de este fenómeno han falseado su sentido, conviene hacer una breve referencia a él, sobre todo porque el modelo que podemos extraer de su análisis es válido para entender todo planteamiento posterior del quehacer filosófico.

Imaginemos una sociedad nueva, en la que predominan intereses comerciales, que no halla otra salida más adecuada que la expansión por el mar Mediterráneo, y que ocupa una pequeña franja de terreno entre el mar y el Imperio persa. En este territorio existen ciudades -Mileto, Efeso, Halicarnaso- que pretenden, incluso, llegar a una federación siguiendo el consejo de uno de sus ciudadanos, Tales de Mileto, (h. -640/h. -545) para poder resistir mejor la amenaza del imperio vecino. Imaginemos las necesidades concretas de estos ciudadanos que, por diversas causas, están experimentando un cambio radical en sus estructuras sociales y en su mentalidad, y, por consiguiente, en su manera de adecuarse al mundo que les circunda. Imaginemos también esas ciudades a la orilla del Mediterráneo, con puertos a donde llegan comerciantes de otros lugares y, a través de ellos, los relatos y los objetos de otros mundos culturales. En esta sociedad dinámica, no encajan ya los esquemas de la sociedad aristocrática, ni su religión, ni su ideología. Como resultado, pues, de este cambio, y como expresión del nuevo ambiente cultural, de la situación histórica y de las necesidades de los hombres que viven esta situación, aparecen unos personajes que van a expresar, con sus obras, el cambio producido en el horizonte de la sociedad. La historia nos ha entregado sus nombres -Tales, Anaximandro (h. -610/-657), Anaxímenes (h. -588/-554), Heráclito (h. -535/-475)- bajo la denominación común de presocráticos. Esta denominación ya es una primera falsificación, porque, entre otras cosas, poner como punto de referencia la figura de Sócrates es contaminar sus personalidades de unas connotaciones morales e intelectuales que, por razones obvias, nada tienen que ver con ellos. Algo así como si fueran los balbucientes precursores de Sócrates, “el gran mártir del pensamiento”, el primer gran mito filosófico, el primer gran silencio, llenado de diversas maneras -a gusto de los consumidores- por los intereses oficiales de las grandes falsificaciones históricas. En este sentido, nos interesa más conservar la denominación neutral de Aristóteles, quien se refirió a ellos como “los primeros que filosofaron“. Pero, ¿en qué consistió este filosofar? ¿Qué hicieron para que Aristóteles les aplicase tan extraño verbo? “Los primeros que filosofaron” fueron, sobre todo, los ideólogos de la sociedad a la que pertenecían y cuyos intereses reflejaban en su obra. Enseñaban, por ejemplo, a vadear ríos, a orientarse en las navegaciones sin tener ya que echar mano de oráculos o sacrificios a los dioses -con los que, por cierto, se hundían los barcos-, a medir el tiempo y a leer el gran libro del mundo con ojos que intentaban organizarlo. Para ello se servían, entre otras, de una palabra que habría de convertirse en un descubrimiento decisivo en los orígenes de la filosofía y en el desarrollo posterior del pensamiento: el logos, la razón hecha lenguaje, comunicación, equilibrio, cálculo, sentido, observación, solidaridad, coherencia. Al mismo tiempo, destacaron también otro concepto, techne, en el que se condensaba la proyección del logos sobre las cosas, el arte y la experiencia que brotaban del contacto con la realidad, del manejo y creación de objetos, del aprendizaje de las manos “el órgano de los órganos”. “Los primeros que filosofaron” no eran sólo intérpretes de la realidad, sino sus modificadores. No especulaban ni, por consiguiente, les preocupaba eso que posteriormente, o en otras culturas, se va a llamar sabiduría, sino que pretendían incidir sobre el mundo, modificarlo y transformarlo. La oposición teoría-praxis fuera del ámbito griego y de su incomparable contexto -del que sólo una parte de la filosofía occidental ha sabido, hasta cierto límite, aprovecharse- es otra de las grandes falsificaciones con las cuales se ha creado una alternativa inexistente, y con la que se debaten en una serie de cuestiones absurdas y vacías, y en una jerga ininteligible y grotesca, algunos filósofos de nuestros días. 

Emilio Lledó ÍñigoLa filosofía hoy (1975).

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