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Yerma desesperada

03/03/2016
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Acto segundo

CUADRO SEGUNDO

(Casa de Yerma. Atardece. Juan está sentado. Las dos cuñadas de pie.)

JUAN. ¿Dices que salió hace poco? (La hermana mayor contesta con la cabeza.) Debe estar en la fuente. Pero ya sabéis que no me gusta que salga sola. (Pausa.) Puedes poner la mesa. (Sale la hermana menor.) Bien ganado tengo el pan que como. (A su hermana.) Ayer pasé un día duro. Estuve podando los manzanos y a la caída de la tarde me puse a pensar para qué pondría yo tanta ilusión en la faena si no puedo llevarme una manzana a la boca. Estoy harto. (Se pasa la mano por la cara. Pausa.) Ésa no viene… Una de vosotras debía salir con ella, porque para eso estáis aquí comiendo en mi mantel y bebiendo mi vino. Mi vida está en el campo, pero mi honra está aquí. Y mi honra es también la vuestra. (La hermana inclina la cabeza.) No lo tomes a mal. (Entra Yerma con dos cántaros. Queda parada en la puerta.) ¿Vienes de la fuente?

YERMA. Para tener agua fresca en la comida. (Sale la otra hermana.) ¿Cómo están las tierras?

(Yerma deja los cántaros. Pausa.)

JUAN. Ayer estuve podando los árboles.

YERMA. ¿Te quedarás?

JUAN. He de cuidar el ganado. Tú sabes que esto es cosa del dueño.

YERMA. Lo sé muy bien. No lo repitas.

JUAN. Cada hombre tiene su vida.

YERMA. Y cada mujer la suya. No te pido yo que te quedes. Aquí tengo todo lo que necesito. Tus hermanas me guardan bien. Pan tierno y requesón y cordero asado como yo aquí, y pasto lleno de rocío tus ganados en el monte. Creo que puedes vivir en paz.

JUAN. Para vivir en paz se necesita estar tranquilo.

YERMA. ¿Y tú no estás?

JUAN. No lo estoy.

YERMA. Desvía la intención.

JUAN. ¿Es que no conoces mi modo de ser? Las ovejas en el redil y las mujeres en su casa. Tú sales demasiado. ¿No me has oído decir esto siempre?

YERMA. Justo. Las mujeres dentro de sus casas. Cuando las casas no son tumbas. Cuando las sillas se rompen y las sábanas de hilo se gastan con el uso. Pero aquí no. Cada noche, cuando me acuesto, encuentro mi cama más nueva, más reluciente, como si estuviera recién traída de la ciudad.

JUAN. Tú misma reconoces que llevo razón al quejarme. ¡Que tengo motivos para estar alerta!

YERMA. Alerta ¿de qué? En nada te ofendo. Vivo sumisa a ti, y lo que sufro lo guardo pegado a mis carnes. Y cada día que pase será peor. Vamos a callarnos. Yo sabré llevar mi cruz como mejor pueda, pero no me preguntes nada. Si pudiera de pronto volverme vieja y tuviera la boca como una flor machacada, te podría sonreír y conllevar la vida contigo. Ahora, ahora déjame con mis clavos.

JUAN. Hablas de una manera que yo no te entiendo. No te privo de nada. Mando a los pueblos vecinos por las cosas que te gustan. Yo tengo mis defectos, pero quiero tener paz y sosiego contigo. Quiero dormir fuera y pensar que tú duermes también.

YERMA. Pero yo no duermo, yo no puedo dormir.

JUAN. ¿Es que te falta algo? Dime. ¡Contesta!

YERMA. (Con intención y mirando fijamente al marido.) Sí, me falta. (Pausa.)

JUAN. Siempre lo mismo. Hace ya más de cinco años. Yo casi lo estoy olvidando.

YERMA. Pero yo no soy tú. Los hombres tienen otra vida, los ganados, los árboles, las conversaciones; las mujeres no tenemos más que ésta de la cría y el cuidado de la cría.

JUAN. Todo el mundo no es igual. ¿Por qué no te traes un hijo de tu hermano? Yo no me opongo.

YERMA. No quiero cuidar hijos de otros. Me figuro que se me van a helar los brazos de tenerlos.

JUAN. Con ese achaque vives alocada, sin pensar en lo que debías, y te empeñas en meter la cabeza por una roca.

YERMA. Roca que es una infamia que sea roca, porque debía ser un canasto de flores y agua dulce.

JUAN. Estando a tu lado no se siente más que inquietud, desasosiego. En último caso, debes resignarte.

YERMA. Yo he venido a estas cuatro paredes para no resignarme. Cuando tenga la cabeza atada con un pañuelo para que no se me abra la boca, y las manos bien amarradas dentro del ataúd, en esa hora me habré resignado.

JUAN. Entonces, ¿qué quieres hacer?

YERMA. Quiero beber agua y no hay vaso ni agua, quiero subir al monte y no tengo pies, quiero bordar mis enaguas y no encuentro los hilos.

JUAN. Lo que pasa es que no eres una mujer verdadera y buscas la ruina de un hombre sin voluntad.

YERMA. Yo no sé quién soy. Déjame andar y desahogarme. En nada te he faltado.

JUAN. No me gusta que la gente me señale. Por eso quiero ver cerrada esa puerta y cada persona en su casa.

(Sale la HERMANA PRIMERA lentamente y se acerca a una alacena.)

YERMA. Hablar con la gente no es pecado.

JUAN. Pero puede parecerlo. (Sale la otra HERMANA y se dirige a los cántaros en los cuales llena una jarra. JUAN, bajando la voz.) Yo no tengo fuerzas para estas cosas. Cuando te den conversación cierra la boca y piensa que eres una mujer casada.

YERMA. (Con asombro.) ¡Casada!

JUAN. Y que las familias tienen honra y la honra es una carga que se lleva entre dos. (Sale la HERMANA con la jarra, lentamente.) Pero que está oscura y débil en los mismos caños de la sangre. (Sale la otra HERMANA con una fuente de modo casi procesional. Pausa.) Perdóname. (YERMA mira a su marido, éste levanta la cabeza y se tropieza con la mirada.) Aunque me miras de un modo que no debía decirte: perdóname, sino obligarte, encerrarte, porque para eso soy el marido.

(Aparecen las dos HERMANAS en la puerta.)

YERMA. Te ruego que no hables. Deja quieta la cuestión. (Pausa.)

JUAN. Vamos a comer. (Entran las HERMANAS.) ¿Me has oído?

YERMA. (Dulce.) Come tú con tus hermanas. Yo no tengo hambre todavía.

JUAN. Lo que quieras. (Entra.)

YERMA. (Como soñando.)

¡Ay, qué prado de pena!
¡Ay, qué puerta cerrada a la hermosura!,
que pido un hijo que sufrir, y el aire
me ofrece dalias de dormida luna.
Estos dos manantiales que yo tengo
de leche tibia, son en la espesura
de mi carne dos pulsos de caballo
que hacen latir la rama de mi angustia.
¡Ay, pechos ciegos bajo mi vestido!
¡Ay, palomas sin ojos ni blancura!
¡Ay, qué dolor de sangre prisionera
me está clavando avispas en la nuca!
Pero tú has de venir, amor, mi niño,
porque el agua da sal, la tierra fruta,
y nuestro vientre guarda tiernos hijos,
como la nube lleva dulce lluvia.

(Mira hacia la puerta.) ¡Maria! ¿Por qué pasas tan de prisa por mi puerta?

MARÍA. (Entra con un niño en brazos.) Cuando voy con el niño lo hago… ¡como siempre lloras!

YERMA. Tienes razón. (Coge al niño y se sienta.)

MARÍA. Me da tristeza que tengas envidia.

YERMA. No es envidia lo que tengo; es pobreza.

MARÍA. No te quejes.

YERMA. ¡Cómo no me voy a quejar cuando te veo a ti y a otras mujeres llenas por dentro de flores, y viéndome yo inútil en medio de tanta hermosura!

MARÍA. Pero tienes otras cosas. Si me oyeras podrías ser feliz.

YERMA. La mujer de campo que no da hijos es inútil como un manojo de espinos, y hasta mala, a pesar de que yo sea de este desecho dejado de la mano de Dios. (MARÍA hace un gesto para tomar al niño.) Tómalo, contigo está más a gusto. Yo no debo tener manos de madre.

MARÍA. ¿Por qué dices esto?

YERMA. (Se levanta.) Porque estoy harta. Porque estoy harta de tenerlas y no poderlas usar en cosa propia. Que estoy ofendida, ofendida y rebajada hasta lo último, viendo que los trigos apuntan, que las fuentes no cesan de dar agua y que paren las ovejas cientos de corderos, y las perras, y que parece que todo el campo puesto de pie me enseña sus crías tiernas, adormiladas, mientras yo siento dos golpes de martillo aquí, en lugar de la boca de mi niño.

MARÍA. No me gusta lo que dices

YERMA. Las mujeres cuando tenéis hijos no podéis pensar en las que no los tenemos. Os quedáis frescas, ignorantes, como el que nada en agua dulce y no tiene idea de la sed.

MARÍA. No te quiero decir lo que te digo siempre.

YERMA. Cada vez tengo más deseos y menos esperanzas.

MARÍA. Mala cosa.

YERMA. Acabaré creyendo que yo misma soy mi hijo. Muchas veces bajo yo a echar la comida a los bueyes, que antes no lo hacía, porque ninguna mujer lo hace, y cuando paso por lo oscuro del cobertizo mis pasos me suenan a pasos de hombre.

MARÍA. Cada criatura tiene su razón.

YERMA. A pesar de todo sigue queriéndome. ¡Ya ves cómo vivo!

MARIA. ¿Y tus cuñadas?

YERMA. Muerta me vea y sin mortaja, si alguna vez les dirijo la conversación.

MARÍA. ¿Y tu marido?

YERMA. Son tres contra mí.

MARÍA. ¿Qué piensan?

YERMA. Figuraciones. De gente que no tiene la conciencia tranquila. Creen que me puede gustar otro hombre y no saben que aunque me gustara, lo primero de mi casta es la honradez. Son piedras delante de mí. Pero ellos no saben que yo, si quiero, puedo ser agua de arroyo que las lleve.

(Una HERMANA entra y sale llevando un pan.)

MARÍA. De todas maneras, creo que tu marido te sigue queriendo.

YERMA. Mi marido me da pan y casa.

MARÍA. ¡Qué trabajos estás pasando, qué trabajos! Pero acuérdate de las llagas de Nuestro Señor. (Están en la puerta.)

YERMA. (Mirando al niño.) Ya ha despertado.

MARÍA. Dentro de poco empezará a cantar.

YERMA. Los mismos ojos que tú, ¿lo sabías? ¿Los has visto? (Llorando.) ¡Tiene los mismos ojos que tienes tú!

(YERMA empuja suavemente a MARÍA y ésta sale silenciosa. YERMA se dirige a la puerta por donde entró su marido.)

Federico García Lorca. Yerma (1934).

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