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La decencia

03/05/2016

(Se asoman Magdalena y Angustias. Se siente crecer el tumulto.)

LA PONCIA. (Entrando con Bernarda.) ¡Bernarda!

BERNARDA. ¿Qué ocurre?

LA PONCIA. La hija de la Librada, la soltera, tuvo un hijo no se sabe con quién.

ADELA. ¿Un hijo?

LA PONCIA. Y para ocultar su vergüenza lo mató y lo metió debajo de unas piedras; pero unos perros, con más corazón que muchas criaturas lo sacaron, y como llevados por la mano de Dios lo han puesto en el tranco de su puerta. Ahora la quieren matar. La traen arrastrando por la calle abajo, y por las trochas y los terrenos del olivar vienen los hombres corriendo, dando unas voces que estremecen los campos.

BERNARDA. Sí, que vengan todos con varas de olivo y mangos de azadones, que vengan todos para matarla.

ADELA. No, no. Para matarla no

MARTIRIO. Sí, y vamos a salir también nosotras.

BERNARDA. Y que pague la que pisotea su decencia.

(Fuera se oye un grito de mujer y un gran rumor.)

ADELA. ¡Que la dejen escapar! ¡No salgáis vosotras!

MARTIRIO. (Mirando a Adela.) ¡Que pague lo que debe!

BERNARDA. (Bajo el arco.) ¡Acabad con ella antes que lleguen los guardias! ¡Carbón ardiendo en el sitio de su pecado!

ADELA. (Cogiéndose el vientre.) ¡No! ¡No!

BERNARDA. ¡Matadla! ¡Matadla!

Telón

Federico García Lorca. La Casa de Bernarda Alba. Drama de mujeres en los pueblos de España (1936).

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