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La suerte de Encolpio y Ascilto

25/09/2016
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CAPÍTULO 11

Inspeccionada toda la ciudad (1), regresé a mi apartamento pudiendo al fin con tranquilidad comernos a besos mi niño y yo. Lo enlacé estrechamente en
mis brazos y satisficimos todos nuestros deseos con tal placer que era para dar envidia. Ni siquiera todo estaba consumado cuando de repente, Ascilto que se
había acercado de puntillas a la puerta, rompió estrepitosamente la cerradura y me cogió de sorpresa en pleno jugueteo con mi querido. Llenó el cuarto con
carcajadas y aplausos, arrancó la sábana que me cubría, y exclamó:

–¿A qué te dedicabas mi muy santísimo hermano? ¡Cómo! ¿Os juráis en la cama amistad eterna?

Y no contento con esta broma, desató la correa de su alforja y empezó a azotarme sin ningún reparo. Sus golpes los sazonaba además con sarcasmos de esta índole:

–¡Cuidado, querido hermanito, con que me des a mí lo mismo cuando hagamos la repartición de bienes! (2) […]

CAPÍTULO 12

A la caída del sol llegamos al foro. Vimos un baratillo con muchas mercaderías bastante baratas, pero cuya dudosa calidad encontraba una cómoda protección en la oscuridad de la tarde. Como nosotros también habíamos traído el palio (3) ‘robado’, aprovechamos la brillantísima ocasión para instalarnos en un rincón y desplegar un orillo del palio en espera de algún comprador que se viera atraído por el visto de la prenda.

En efecto, al cabo de un rato, un labrador, que no me era del todo desconocido, se acercó en compañía de una fulana y con sumo cuidado se puso a examinar el palio.

Ascilto observaba al paisano por detrás; de repente enmudeció y palideció. A mi vez yo me sobresalté no poco al reconocer que aquel hombre era el que había hallado mi túnica en el lugar solitario de antes. No podía ser otro. Ascilto no quería creer a sus ojos. Para cerciorarse mejor, se acercó al hombre de marras como si él también fuese otro comprador. Cogió el faldón de la túnica que le colgaba de los hombros, y se puso a palparlo con meticulosidad.

CAPÍTULO 13

–¡Oh, admirable capricho de la Fortuna! El campesino ni siquiera había tenido la curiosidad de rebuscar en las costuras y llevaba la túnica con asco, como si fuera la de algún mendigo, sólo con ánimo de venderla.

Al asegurarse Ascilto de que nuestro tesoro permanecía inviolado y contando con la poca sagacidad del vendedor, me condujo un poco a parte y me dijo:

–¿Sabes, querido mío, que el tesoro tan llorado por mí como perdido ha regresado? Aquella es nuestra amada túnica y guarda consigo todavía todos nuestros áureos como lo he comprobado. ¿Qué hay, pues, que hacer? ¿Qué argumentos emplear para exigirle lo que nos pertenece?

Doblemente encantado de contemplar nuestro botín y de verme librado por la Fortuna de la peor de las sospechas, propuse no emplear ningún rodeo y combatir con el derecho civil en la mano. Si el otro se negase a devolver el objeto a su legítimo propietario, podríamos recurrir al interdicto (4).

CAPÍTULO 14

Mas las leyes infundían temor a Ascilto:

–¿Quién nos conoce en este lugar? –decía– ¿Quién querrá creemos? Mi opinión es comprar la túnica aunque sea bien nuestra. Es mejor recuperar el tesoro con unos cuantos cobres que embarcarnos en un litigio incierto.

¿Qué pueden hacer allí las leyes
donde sólo el dinero reina,
allí donde nunca un proceso
la pobreza ha ganado?
Hasta los que pasan la vida
con el morral de los cínicos (5)
comercian con la verdad
más a menudo de lo que se piensa.
Convenzámonos de que la justicia
no es otra cosa que pública mercadería,
y que el caballero (6) que preside la defensa de las causas
lo único que hace es reglamentar el mercado.

Por desgracia, salvo un dupondio, destinado a comprar garbanzos y altramuces, estábamos con las manos vacías. Para no perder el botín decidimos entonces ceder el palio a poco precio: este pequeño sacrificio se vería compensado con una mayor ganancia futura.

Sin perder tiempo les expusimos nuestro artículo. La mujer que acompañaba al campesino, embozada con un velo, seguía examinando con atención el palio. En una de esas lo agarró con ambas manos del borde y se puso a gritar:

–¡Estos son los ladrones!

Nos cogió de sorpresa, pero, sin quedarnos atrás, nos lanzamos también nosotros hacia su rota y sucia túnica y proclamamos a voz en cuello que esos harapos eran nuestros.

Pero la partida no estaba pareja. Los chamarileros, atraídos por nuestra curiosa disputa, reían a mandíbula batiente y no sin motivo: por un lado se reivindicaba una finísima prenda, y por el otro, unos andrajos que ni aún en retazos podían valer algo. Por fin Ascilto hizo cesar las risas y, logrado un poco de silencio, declaró:

CAPÍTULO 15

Estamos viendo que cada uno de nosotros aprecia en alto grado lo que le pertenece; en consecuencia, que ellos nos devuelvan nuestra túnica y después recibirán su palio.

Al palurdo y a la mujer les pareció bien el cambio, pero unos tinterillos con cara de granujas, en mala hora quisieron sacar provecho del palio e intervinieron diciendo:

–Dejadnos a nosotros ambas prendas hasta que mañana el juez dictamine sobre la disputa, pues no se trata sólo de resolver un litigio de propiedad. Hay otra cosa más importante porque existe sospecha de robo en ambos rivales (7).

Ya al público le parecía buena la idea de nombrar a algún secuestrador (8) y ya uno de la turba, un calvo lleno de forúnculos, que solía también entrometerse en los procesos, se había lanzado sobre el palio, afirmando que al día siguiente lo traería. Era claro que lo único que buscaban era que dejásemos el palio en poder de aquellos rateros para quedarse definitivamente con él pues esperaban que no compareceríamos a la citación por miedo a ser acusados de robo. […]

Sobre este punto no podríamos estar más de acuerdo con nuestros adversarios y el azar favoreció a ambas partes. El campesino, indignado porque lo que le exigíamos con tanto afán eran unos guiñapos, arrojó la túnica a la cara de Ascilto y, para acabar con el lío, nos ordenó depositar en una tercera persona el palio, única materia de litigio para él. […]

Con la mente puesta en nuestro tesoro recobrado, corrimos al albergue a toda velocidad. A puertas cerradas nos divertimos a carcajadas del cacumen de los mercaderes y de nuestros acusadores. ¡No pudieron devolvernos el dinero con mayor inteligencia!

Inmediata satisfacción a mis deseos obtener no busco, y las victorias preparadas de antemano desprecio.

* * *

(1) Literalmente: «después de barrer con mi mirada toda la ciudad». Esto hace suponer a P. Grimal que el cuarto de Encolpio daba a una terraza, en una parte elevada de la ciudad.

(2) literalmente: «no vayas a dividir así con tu hermano». La perífrasis se justifica porque «dividere» significa también «sodomizar».

(3) Conviene aquí describir el vestido de los romanos. Los antiguos no llevaban ropa interior propiamente dicha. De allí la vergüenza de Fortunata al ser levantada de los pies (cap. 67). Encolpio solo tiene que levantarse la túnica para enseñar su sexo (cap. 140). La túnica masculina llegaba hasta la pantorrilla; la de las mujeres hasta los talones. Se llevaba ceñida a la cintura con una correa. Para facilitar los movimientos, se la arremangaba lo más arriba posible (caps. 19, 21, 126). Una banda ancha de púrpura o laticlavia, tejida sobre ambos lados de la túnica, indicaba a los senadores (cap. 76) y, si la banda era angosta, a los caballeros. Para la calle o en público, los hombres se ponían encima la toga, el vestido nacional romano por excelencia. Los niños, los altos funcionarios y algunos sacerdotes llevaban una banda de púrpura tejida en el borde anterior de la toga. Esta toga se llamaba pretexta. A los 17 años el niño la abandonaba y la depositaba, con las bulas, en el larario. Era el día de la toga viril. En el cap. 81 se informa que lo que hizo Gitón ese día fue adoptar la estola femenina. El séviro Trimalción querrá ser enterrado con la pretexta (cap. 78). La estola, vestido exclusivo de las mujeres, era una segunda túnica con mangas. Encima de ella se ponía un manto («palla») que servía para cubrirse a voluntad la cabeza (cap. 124). Parece que los afeminados también lo hacían (cap. 101). El manto llamado palio reemplazaba muy frecuentemente a las embarazosas togas y «pallae». La maga Enotea se viste con un palio cuadrado (cap. 135). El refinado Trimalción se seca con palios de pura lana finísima en vez de hacerla con toallas (cap. 28). El calzado de calle se llamaba «calcei», que cubría el tobillo y se sujetaba con pasadores (cap. 136). En privado y sobre todo en los banquetes, se usaban las sandalias, «soleae» (cap. 156). Era una grave inconveniencia mostrarse en público en sandalias como lo hace Trimalción (cap. 27)

(4) Los interdictos eran unas disposiciones dadas por el pretor o por el presidente de una provincia para cortar ciertas disputas. Mas, precisamente, aquí se trata del interdicto «retinendae possessionis», que estaba destinado a poner un término a los conflictos que se suscitaban entre dos personas por la posesión de una cosa.

(5) El cinismo tiene por fundadores a Diógenes y a Antístenes. Más que sistema filosófico, es un movimiento negativo, subversivo y demoledor, de oposición a todos los valores sociales, a los refinamientos y complicaciones de la vida ciudadana, que trata de sustituir por la pretendida sencillez de la vida «natural». Diógenes no usaba túnica, y por todo vestido llevaba un manto doble («tribón»), un bastón y un zurrón de mendigo, indumentaria que llegó a ser una especie de uniforme de los cínicos. Petronio, al hablar de la banalidad de los cínicos, quizá aluda a la vida poco ejemplar de Menipo. Éste, sea dicho de paso, fue el creador de las sátiras menipeas, género literario, mezcla de prosa y poesía, precursor de Varrón y de Petronio.

(6) Los tribunales ordinarios estaban formados por tres «decurias judiciales». Una de ellas, desde la Ley Aurelia (70 a. C.), estaba integrada por la orden ecuestre, es decir, los caballeros. Representantes del Senado y tribunos del tesoro constituían las otras.

(7) Los retóricos distinguían cinco grados de representabilidad o defendibilidad del discurso: el honesto, el dudoso, el paradójico, el humilde y el oscuro. En la Retorica del Seudo-Agustín se da el siguiente ejemplo del género «humilde y sórdido»: «un pobre vendía vestidos; apareció otro pobre que los reivindicaba como propios y manifestaba que le habían sido robados». Probablemente es una alusión a este episodio del Satiricón.

(8) El «sequester» era la persona en cuyas manos se depositaba la prenda disputada, con cargo de conservarla y devolverla a la parte que ganase la causa.

* * *

Tito Petronio Árbitro. El Satiricón (en torno al 16-66 d.C.).

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