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Sexo en Roma

22/10/2016
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CAPÍTULO 85

Cuando estuve en el Asia, adonde me había conducido el cuestor durante mi servicio militar, tomé una pensión en Pérgamo. El alojamiento me gustaba mucho no sólo por la comodidad de sus habitaciones sino también por la gran belleza del hijo de mi hospedero. Medité entonces un plan para que el padre no sospechara mi atracción por su hijo. Siempre que en la mesa se hacía mención de la costumbre de acostarse con los niños bonitos, yo me indignaba con tanta vehemencia y prohibía airado tan severamente que se continuara ofendiendo mis oídos con estas conversaciones obscenas, que hasta su madre acabó por considerarme como uno de los (siete) sabios (1). Muy pronto pude encargarme de llevar al efebo al gimnasio, de guiar sus estudios y de darle lecciones y preceptos dirigidos a impedir la admisión en la casa de cualquier seductor […] Todo empezó un día cuando nos quedamos adormecidos en el triclinio. La celebración de una fiesta había acortado las clases, y tanto nos habíamos divertido que tuvimos pereza de retirarnos. Más o menos a media noche advertí que el niño estaba despierto. Entonces, en voz baja, tímidamente, pronuncié el siguiente voto: «Venus, señora mía, si puedo besar a este niño sin que lo sienta, mañana le regalaré dos palomas» (2). El niño al escuchar el precio de mi placer, se puso a roncar. Acerquéme, pues, a mi picarillo y le di unos cuantos besitos, contentándome con este principio. Me levanté de madrugada, elegí un par de palomas y, como él esperaba, se las ofrecí en cumplimiento de mi voto.

CAPÍTULO 86

La misma ocasión se me presentó la noche siguiente. Pero esta vez amplié mi deseo y dije: «Si puedo darle mis más osadas caricias sin que lo advierta, le obsequiaré en compensación con dos magníficos gallos de pelea.» Ante este voto, fue el efebo el que se arrimó a mí, temiendo seguramente que me adormeciera antes. Me esforcé, pues, en tranquilizarlo, regodeándome con todo su cuerpo. Pero no ejecuté el placer supremo. Al amanecer le traje lo prometido, colmando su júbilo. A la tercera noche, apenas me fue posible, acercándome al oído del falso durmiente, dije: «¡Oh dioses inmortales!, si de este niño que duerme logro conseguir un coito completo y como lo deseo, mañana le regalaré un magnífico caballo amblador(3) de Macedonia, pero siempre y cuando no sienta nada». Nunca el efebo durmió con más profundo sueño. Primero llené mis manos con sus senos blancos como la leche; después me adherí a él con un beso, y finalmente satisfice en él hasta el último de mis deseos. A la mañana siguiente permaneció sentado en su cuarto esperando su regalo como de costumbre. Pero tú bien sabes que no es tan fácil comprar un amblador como palomas y gallos. Además con tan gran regalo temía que mi generosidad diera lugar a sospechas. Di un paseo por algunas horas y, al regresar al albergue, lo único que di al muchacho fue un beso. Este miró a todos lados, se abrazó a mi cuello y me preguntó: «Por favor, señor, ¿dónde está el caballo amblador?»

CAPÍTULO 87

Con mi deslealtad, yo mismo me cerré la entrada que me había abierto. Pero no tardé en recuperar mi licencia. Al cabo de unos días se presentó la misma oportunidad anterior en circunstancias similares. Apenas escuché los ronquidos de su padre, me puse a suplicar al efebo que hiciera las paces conmigo, mejor dicho, que se entregara al placer; en fin, todo lo que dicta la turgencia de la pasión. Pero él, con mucha cólera, no cesaba de replicarme: «O te duermes o se lo voy a contar a mi padre». Pero la perseverancia vence la peor dificultad. Comencé a penetrarlo poco a poco, a pesar de que seguía diciendo: «Voy a despertar a mi padre», pero disimulando mal su resistencia. Y logré conseguir por completo mi deleite. Mi rijosidad no le disgustó. Por un buen rato, primero, se quejó de mi falta de palabra puesto que, como se había jactado de mis larguezas con sus compañeros, estos se habían burlado y reído de él. Después me dijo: «Para que veas que no soy como tú, hazme lo que quieras otra vez». Al ver al niño deponer todo rencor, me reconcilié con él y aproveché el favor que me concedía hasta caer dormido. El efebo, sin embargo, no se contentó con la repetición. Él estaba en plena flor de la edad en que locamente se desea ser poseído. Me arrancó así de mis sueños con esta pregunta: «¿Quieres todavía más?» El presente no me desagradaba todavía del todo. Por consiguiente, sudando y resoplando, le di lo que quería, a pesar de mi fatiga. Pero no hubo pasado una hora cuando empezó a pellizcarme y decirme: «¿Por qué no lo hacemos más?» Entonces, harto de ser despertado a cada rato, le repliqué con verdadera cólera en sus propios términos: «O te duermes o yo se lo voy a contar ahora a tu padre».

* * *

(1) «El texto dice: como uno de los filósofos», es decir, como uno de los siete sabios famosos de la antigüedad.

(2) «¿Cuántos bellos muchachos que habían abjurado del amor, al final de su adolescencia fueron poseídos por amantes que les obsequiaron una codorniz, quien un porfirión, quien un ganso, quien un gallo?». (Aristófanes, Los pájaros, 705-707).

(3) El «asturco» era primitivamente el caballo originario de Astures (noroeste de España). Después se llamó así a los ambladores.

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Tito Petronio Árbitro. El Satiricón (en torno al 16-66 d.C.).

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