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Razón vital

15/12/2016

En el ensayo titulado Verdad y perspectiva, de 1916, Ortega contrapone dos actitudes filosóficas, que le parecen erróneas: escepticismo y racionalismo. El primero parte de que no hay más punto de vista que el individual, y por ello niega que exista la verdad; el segundo afirma la existencia de ésta, y en vista de ello, postula un punto de vista sobre-individual. Ortega considera que el punto de vista individual es el único «desde el cual puede mirarse el mundo en su verdad». «La realidad no puede ser mirada sino desde el punto de vista que cada cual ocupa, fatalmente, en el Universo. Aquélla y éste son correlativos, y como no se puede inventar la realidad tampoco puede fingirse el punto de vista.» Es decir, precisamente por ser real y no ficticia, la realidad sólo se muestra al ojo que la mira desde alguna parte; esta visión difiere necesariamente de la ajena, justamente por ser las dos verdaderas. Las visiones distintas no se excluyen, sino al contrario: han de integrarse; ninguna agota la realidad; cada una de ellas es insustituíble. El perspectivismo —primera denominación de Ortega para su posición filosófica— queda ya netamente formulado. Y, por supuesto, tiene conexión interna con la interpretación circunstancial de la realidad. Circunstancia y perspectiva se corresponden; pero Ortega preferirá después a este término de estirpe leibniziana otros menos intelectualistas y, por tanto, más inmediatos y radicales.

Pocos años después, en 1923, publica Ortega El tema de nuestro tiempo, ampliación de una lección universitaria de 1921. Es el primer libro orteguiano de contenido íntegramente filosófico y su densidad ideológica, enmascarada por la delicia formal de su estilo literario, ha hecho que sea difícil y escasamente comprendido. En esta obra, Ortega vuelve sus ojos a lo histórico; inicia con una exposición de la vida de las generaciones, que desde entonces no ha abandonado; después examina una forma de escepticismo —el relativismo—, opuesto al racionalismo y erróneo como éste. «La razón — escribe Ortega en este libro— es sólo una forma y función de la vida». «El tema de nuestro tiempo consiste en someter la razón a la vitalidad.» «Vida —agrega después— es peculiaridad, cambio, desarrollo; en una palabra: Historia». Y poco después escribe estas palabras decisivas, todavía hoy acaso no comprendidas de modo suficiente: «La perspectiva es uno de los componentes de la realidad. Lejos de ser su deformación, es su organización. Una realidad que vista desde cualquier punto resultase siempre idéntica, es un concepto absurdo». Y no se trata de nada casual o dicho de pasada; Ortega añade a continuación: «Esta manera de pensar lleva a una reforma radical de la filosofía y, lo que importa más, de nuestra sensación cósmica».

¿En qué consiste esta reforma? Antes se consideraba que la divergencia de dos visiones excluía una de ellas como falsa; se suponía que la realidad tiene una fisonomía propia y por sí, prescindiendo del punto de vista del que la mira; por eso la filosofía era rigurosamente utópica y aspiraba a una visión «absoluta». Éste es el error, dice Ortega: «Cada vida es un punto de vista sobre el Universo. En rigor, lo que ella ve no lo puede ver otra, cada individuo —persona, pueblo, época— es un órgano insustituible para la conquista de la verdad. He aquí como ésta, que por sí misma es ajena a las variaciones históricas, adquiere una dimensión vital». Por eso «la sola perspectiva falsa es esa que pretende ser la única». La filosofía anterior pretendía valer absolutamente y para siempre, de un modo exclusivista; cada sistema rechazaba los demás, y la historia se convertía en campo de ruinas, en catálogo de errores desechados. «La doctrina del punto de vista exige, en cambio, que dentro del sistema vaya articulada la perspectiva vital de que ha emanado, permitiendo así su articulación con otros sistemas futuros o exóticos. La razón pura tiene que ser sustituida por una razón vital, donde aquélla se localice y adquiera movilidad y fuerza de transformación».

Tenemos aquí postulada, nada menos que como El tema de nuestro tiempo, la conversión de la razón pura en razón vital. Y en la página siguiente encontramos una nueva precisión: «La reducción o conversión del mundo a horizonte no resta lo más mínimo de realidad a aquél: simplemente lo refiere al sujeto viviente, cuyo mundo es; lo dota de una dimensión vital».

Y en Las Atlántidas, un breve escrito de 1924. después de hablar largamente del historismo y del relativismo a que llega, por ejemplo, Spengler, escribe Ortega: «Esta reflexión que nos liberta de la limitación histórica es precisamente la Historia. Por esto decía que la razón, órgano de lo absoluto, sólo es completa si se integra a sí misma, haciéndose, además de razón pura, clara razón histórica». En el mismo año publica Ortega, en la Revista de Occidente, un ensayo titulado Ni vitalismo ni racionalismo, donde rechaza la interpretación vitalista de su filosofía y escribe textualmente: «Mi ideología no va contra la razón, puesto que no admite otro modo de conocimiento teórico que ella; va sólo contra el racionalismo».

Las dos ideas que he distinguido —la de la vida y la de la razón vital— son inseparables. Juntas, constituyen la original peculiaridad de la filosofía de Ortega, trazada en sus líneas esenciales hace más de veinte años, en un proceso de maduración mental que aparece ya indubitablemente iniciado en 1910.

Julián Marías. Filosofía española actual, (1948).

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