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Cuántos han pasado por aquí antes que nosotros

03/01/2019
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III

¡Cosa singular! Siguió el ómnibus su marcha, y yo, a mi vez, seguí pensando en la incógnita Condesa, en su cruel y suspicaz consorte, y, sobre todo, en el hombre siniestro que, según la enérgica expresión del médico, a punto estaba de causar un desastre en aquella casa. Considera, lector, lo que es el humano pensamiento: cuando Cascajares principió a referirme aquellos sucesos, yo renegaba de su inoportunidad y pesadez; mas poco tardó mi mente en apoderarse de aquel mismo asunto, para darle vueltas de arriba a abajo, operación psicológica que no deja de ser estimulada por la regular marcha del coche y el sordo y monótono rumor de sus ruedas, limando el hierro de los carriles.

Pero al fin dejé de pensar en lo que tan poco me interesaba, y, recorriendo con la vista el interior del coche, examiné, uno por uno, a mis compañeros de viaje. ¡Cuán distintas caras y cuán diversas expresiones! Unos, parecen no inquietarse ni lo más mínimo de los que van a su lado; otros, pasan revista al corrillo con impertinente curiosidad; unos están alegres; otros, tristes; aquél, bosteza; el de más allá, ríe, y, a pesar de la brevedad del trayecto, no hay uno que no desee terminarlo pronto; pues, entre las cosas fastidiosas, ninguna aventaja al que consiste en estar una docena de personas mirándose las caras sin decirse palabra, y contándose, recíprocamente, sus arrugas, sus lunares, y este o el otro accidente observado en el rostro o en la ropa.

Es singular aquel breve conocimiento con personas que no hemos visto y que, probablemente, no volveremos a ver. Al entrar, ya encontramos a alguien; otros, vienen después que estamos allí; unos se marchan, quedándonos nosotros, y, por último, también nos vamos. Imitación es esto de la vida humana, en que el nacer y el morir son como las entradas y salidas a que me refiero, pues van renovando sin cesar, en generaciones de viajeros, el pequeño mundo que allí dentro vive. Entran, salen, nacen, mueren… ¡Cuántos han pasado por aquí antes que nosotros! ¡Cuántos vendrán después!

Y para que la semejanza sea más completa, también hay un mundo chico de pasiones en miniatura dentro de aquel cajón. Muchos van allí que se nos antojan excelentes personas, y nos agrada su aspecto, hasta les vemos salir con disgusto. Otros, por el contrario, nos revientan desde que les echamos la vista encima: les aborrecemos durante diez minutos; examinamos con cierto rencor sus caracteres frenológicos y sentimos verdadero gozo al verles salir. Y en tanto, sigue corriendo el vehículo, remedo de la vida humana, siempre recibiendo y soltando, uniforme, incansable, majestuoso, insensible a lo que pasa en su interior; sin que le conmuevan, ni poco ni mucho, las mal sofocadas pasioncillas de que es mudo teatro; siempre corriendo, corriendo sobre las dos interminables paralelas de hierro, largas y resbaladizas como los siglos.

Madrid, noviembre de 1871.

Benito Pérez Galdós. La novela en el tranvía, (1871).

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