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XV. Graógraman, la muerte multicolor

20/01/2017
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Oyó la retumbante voz del león que decía: –¡Señor! ¿Has pasado así toda la noche?

Bastián se incorporó rápidamente, frotándose los ojos. Estaba entre las zarpas delanteras del león, el enorme animal lo miraba y había asombro en la mirada de Graógraman. La piel del león seguía siendo negra como los bloques de piedra sobre los que descansaba, pero sus ojos centelleaban. Las lámparas, en lo alto, ardían de nuevo.

–¡Ay! –balbuceó Bastián–, pensé… pensé que estabas petrificado.

–Lo estaba –respondió el león–. Muero cada día cuando cae la noche, y cada mañana despierto de nuevo.

–Yo creí que era para siempre –explicó Bastián.

–Cada vez es para siempre –repuso Graógraman enigmáticamente.

Se puso en pie, se estiró y desperezó, y anduvo de un lado a otro de la caverna como hacen los leones. Su piel llameante comenzó a arder cada vez más luminosamente con los colores de las abigarradas baldosas. De pronto se detuvo en sus paseos y miró al muchacho.

–¿Has derramado lágrimas por mí?

Bastián asintió en silencio.

–Entonces –dijo el león–, no sólo eres el único que ha dormido entre las zarpas de la Muerte Multicolor, sino también el único que ha llorado su muerte.

Bastián miró al león, que volvía a andar de un lado a otro, y por fin preguntó en voz baja.

–¿Siempre estás solo?

El león se detuvo de nuevo, pero esta vez no miró a Bastián. Mantuvo la cabeza vuelta y repitió, con voz retumbante:

–Solo…

La palabra resonó en la caverna.

–Mi reino es el desierto… y el desierto es también mi obra. A dondequiera que vaya, todo se convierte en desierto a mi alrededor. Lo llevo conmigo. Soy de un fuego destructor. ¿Cómo podría tener otro destino que una perpetua soledad?

Bastián calló confuso.

–Tú, señor –siguió diciendo el león, dirigiéndose hacia el muchacho y mirándolo a la cara con sus ojos ardientes–, que llevas el signo de la Emperatriz Infantil, podrás responderme: ¿por qué tengo que morir al caer la noche?

–Para que en el Desierto de Colores pueda crecer Perelín, la Selva Nocturna.

–¿Perelín? –repitió el león–. ¿Qué es eso?

Y entonces Bastián le habló de las maravillas de la jungla hecha de luz viva. Mientras Graógraman escuchaba inmóvil y sorprendido, le describió la diversidad y magnificencia de las plantas brillantes y fosforescentes que se multiplicaban por sí solas, su crecimiento incesante y silencioso, su hermosura y su tamaño indescriptibles. Hablaba con entusiasmo y los ojos de Graógraman resplandecían cada vez más.

–Y todo eso –concluyó Bastián– sólo puede ser mientras estás petrificado. Pero Perelín lo invadiría todo y se sofocaría a sí mismo si no tuviera que morir y deshacerse en el polvo, una y otra vez, en cuanto tú despiertas. Perelín y tú, Graógraman, sois una misma cosa.

Graógraman calló largo rato.

–Señor –dijo luego–, ahora sé que mi muerte da la vida y mi vida la muerte, y que ambas cosas son buenas. Ahora comprendo el sentido de mi existencia. Gracias.

Michael Ende. La historia interminable / Die unendliche Geschichte, (1979).

08/01/2017
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Digámoslo de una vez: No se trata de evitar el dolor, porque el dolor es inevitable; se trata de escoger las consecuencias.

Creen que no pasará nada porque cerraron la puerta, y no saben que en las almas siempre pasa algo y el mundo no termina en la puerta.

Maurice Maeterlinck.

Razón vital

15/12/2016

En el ensayo titulado Verdad y perspectiva, de 1916, Ortega contrapone dos actitudes filosóficas, que le parecen erróneas: escepticismo y racionalismo. El primero parte de que no hay más punto de vista que el individual, y por ello niega que exista la verdad; el segundo afirma la existencia de ésta, y en vista de ello, postula un punto de vista sobre-individual. Ortega considera que el punto de vista individual es el único «desde el cual puede mirarse el mundo en su verdad». «La realidad no puede ser mirada sino desde el punto de vista que cada cual ocupa, fatalmente, en el Universo. Aquélla y éste son correlativos, y como no se puede inventar la realidad tampoco puede fingirse el punto de vista.» Es decir, precisamente por ser real y no ficticia, la realidad sólo se muestra al ojo que la mira desde alguna parte; esta visión difiere necesariamente de la ajena, justamente por ser las dos verdaderas. Las visiones distintas no se excluyen, sino al contrario: han de integrarse; ninguna agota la realidad; cada una de ellas es insustituíble. El perspectivismo —primera denominación de Ortega para su posición filosófica— queda ya netamente formulado. Y, por supuesto, tiene conexión interna con la interpretación circunstancial de la realidad. Circunstancia y perspectiva se corresponden; pero Ortega preferirá después a este término de estirpe leibniziana otros menos intelectualistas y, por tanto, más inmediatos y radicales.

Pocos años después, en 1923, publica Ortega El tema de nuestro tiempo, ampliación de una lección universitaria de 1921. Es el primer libro orteguiano de contenido íntegramente filosófico y su densidad ideológica, enmascarada por la delicia formal de su estilo literario, ha hecho que sea difícil y escasamente comprendido. En esta obra, Ortega vuelve sus ojos a lo histórico; inicia con una exposición de la vida de las generaciones, que desde entonces no ha abandonado; después examina una forma de escepticismo —el relativismo—, opuesto al racionalismo y erróneo como éste. «La razón — escribe Ortega en este libro— es sólo una forma y función de la vida». «El tema de nuestro tiempo consiste en someter la razón a la vitalidad.» «Vida —agrega después— es peculiaridad, cambio, desarrollo; en una palabra: Historia». Y poco después escribe estas palabras decisivas, todavía hoy acaso no comprendidas de modo suficiente: «La perspectiva es uno de los componentes de la realidad. Lejos de ser su deformación, es su organización. Una realidad que vista desde cualquier punto resultase siempre idéntica, es un concepto absurdo». Y no se trata de nada casual o dicho de pasada; Ortega añade a continuación: «Esta manera de pensar lleva a una reforma radical de la filosofía y, lo que importa más, de nuestra sensación cósmica».

¿En qué consiste esta reforma? Antes se consideraba que la divergencia de dos visiones excluía una de ellas como falsa; se suponía que la realidad tiene una fisonomía propia y por sí, prescindiendo del punto de vista del que la mira; por eso la filosofía era rigurosamente utópica y aspiraba a una visión «absoluta». Éste es el error, dice Ortega: «Cada vida es un punto de vista sobre el Universo. En rigor, lo que ella ve no lo puede ver otra, cada individuo —persona, pueblo, época— es un órgano insustituible para la conquista de la verdad. He aquí como ésta, que por sí misma es ajena a las variaciones históricas, adquiere una dimensión vital». Por eso «la sola perspectiva falsa es esa que pretende ser la única». La filosofía anterior pretendía valer absolutamente y para siempre, de un modo exclusivista; cada sistema rechazaba los demás, y la historia se convertía en campo de ruinas, en catálogo de errores desechados. «La doctrina del punto de vista exige, en cambio, que dentro del sistema vaya articulada la perspectiva vital de que ha emanado, permitiendo así su articulación con otros sistemas futuros o exóticos. La razón pura tiene que ser sustituida por una razón vital, donde aquélla se localice y adquiera movilidad y fuerza de transformación».

Tenemos aquí postulada, nada menos que como El tema de nuestro tiempo, la conversión de la razón pura en razón vital. Y en la página siguiente encontramos una nueva precisión: «La reducción o conversión del mundo a horizonte no resta lo más mínimo de realidad a aquél: simplemente lo refiere al sujeto viviente, cuyo mundo es; lo dota de una dimensión vital».

Y en Las Atlántidas, un breve escrito de 1924. después de hablar largamente del historismo y del relativismo a que llega, por ejemplo, Spengler, escribe Ortega: «Esta reflexión que nos liberta de la limitación histórica es precisamente la Historia. Por esto decía que la razón, órgano de lo absoluto, sólo es completa si se integra a sí misma, haciéndose, además de razón pura, clara razón histórica». En el mismo año publica Ortega, en la Revista de Occidente, un ensayo titulado Ni vitalismo ni racionalismo, donde rechaza la interpretación vitalista de su filosofía y escribe textualmente: «Mi ideología no va contra la razón, puesto que no admite otro modo de conocimiento teórico que ella; va sólo contra el racionalismo».

Las dos ideas que he distinguido —la de la vida y la de la razón vital— son inseparables. Juntas, constituyen la original peculiaridad de la filosofía de Ortega, trazada en sus líneas esenciales hace más de veinte años, en un proceso de maduración mental que aparece ya indubitablemente iniciado en 1910.

Julián Marías. Filosofía española actual, (1948).

Der junge Hans Miklas ist verloren

11/12/2016

«Der geht über Leichen»: auf so despektierliche Art pflegte der junge Hans Miklas sich über seinen berühmten Kollegen, den Staatsschauspieler Hendrik Höfgen, zu äußern. Der renitente Knabe nahm keinerlei Rücksicht darauf, daß sein alter Todfeind unter dem besonderen Protektorat des Ministerpräsidenten und der großen Lindenthal stand. Miklas ließ sich auf das unvorsichtigste gehen: er schimpfte nicht nur über den Kollegen Höfgen, sondern auch über Herren, die noch höher gestellt waren als dieser. Wußte er denn nicht, was er riskierte mit seinen frechen, unbedachten Redereien? Oder wußte er es, scherte sich aber nicht darum? War er denn gesonnen, alles aufs Spiel zu setzen? War ihm alles egal?

Seinem Gesicht waren solche Gefühle und innere Entschlüsse dieser Art zuzutrauen. Niemals, auch nicht in der Hamburger Zeit, hatte er so böse und so schrecklich, trotzig dreingeschaut wie eben jetzt. Damals waren doch noch Hoffnungen und ein großer Glaube in ihm gewesen. Jetzt hatte er gar nichts mehr. Er ging herum und sagte: «Es ist alles Scheiße.» — «Wir sind betrogen worden», sagte er. «Der Führer wollte die Macht, sonst gar nichts. Was hat sich denn in Deutschland gebessert, seitdem er sie hat? Die reichen Leute sind nur noch ärger geworden. Jetzt reden sie patriotischen Quatsch, während sie ihre Geschäfte machen — das ist der einzige Unterschied. Die Intriganten sind immer noch obenauf.» Miklas dachte an Höfgen. «Ein anständiger Deutscher kann verrecken, ohne daß sich jemand drum kümmert», behauptete er in seinem großen und leidvollen Zorn. «Den Bonzen aber — denen geht es besser als je. Schaut euch doch den Dicken an, wie der herumfährt in seinen goldenen Uniformen und in seiner Luxuslimousine! Und der Führer selber ist auch nicht besser — das haben wir jetzt erfahren! Könnte er denn sonst all das dulden? Die furchtbar vielen Ungerechtigkeiten?! — Unsereiner hat für die Bewegung gekämpft, als sie noch gar nichts war, und jetzt will man uns links liegen lassen. Ein alter Kulturbolschewist aber, wie der Höfgen, der ist wieder die große Nummer…»

So zügellose und verwerfliche Reden führte der junge Miklas, jeder konnte sie hören. Kein Wunder, daß die Mitglieder des Staatstheaters anfingen ihn zu meiden. Der Intendant ließ ihn einmal zu sich kommen und verwarnte ihn. «Ich weiß es. Sie sind seit Jahren in der Partei», sprach Gäsar von Muck. «Gerade deshalb sollten Sie Disziplin gelernt haben, und wir müssen besonders hohe Anforderungen an Ihre politische Vernunft stellen.» Miklas machte sein bockiges Gesicht. Er senkte die trotzige Stirn, schob die Lippen vor, die ein ungesundes, viel zu rotes Leuchten hatten, und sagte mit leiser, heiserer Stimme: «Ich werde aus der Partei austreten.» — Wollte er es bis aufs äußerste treiben?

Während Muck dem jungen Schauspieler empört den Rücken drehte, bekam Miklas einen Hustenanfall. Der Husten schüttelte seinen mageren Körper, dem er seit Jahren zuviel zugemutet hatte. Hustend verließ er das Bureau des Intendanten. Sein Gesicht war grau, mit schwarzen Löchern unterhalb der Backenknochen. Zwischen grau-schwarzen Schatten hatten die Augen ein helles und böses Licht. — Zornig, aber nicht ohne Erstaunen, auch nicht ganz ohne Mitleid schaute der Intendant dem jungen Menschen nach.,Der ist verloren! dachte Cäsar von Muck.

Du bist verloren, armer junger Hans Miklas! Nach soviel Anstrengungen, soviel verschwendetem Glauben: Was bleibt dir nun? Nur noch Haß, nur noch Traurigkeit, und die wilde Lust, den eigenen Untergang zu beschleunigen. Ach, er kommt von allein schnell genug, er wenigstens ist dir sicher, du wirst nicht mehr lange hassen, nicht mehr lange trauern müssen. Du wagst es, dich gegen Mächte und Personen aufzulehnen, von denen du immer sehnlich gewünscht hast, sie möchten herrschen. Aber du bist schwach, junger Miklas, und du hast keinen Beschützer.

Die Macht, die du geliebt hast, ist grausam. Sie duldet keine Kritik, und wer sich auflehnt, der wird zerschmettert. — Du wirst zerschmettert, Knabe, von den Göttern, zu denen du so innig gebetet hast. Du stürzest hin, aus einer kleinen Wunde sickert ein wenig Blut in das Gras, und nun sind deine Lippen ebenso weiß wie deine leuchtende Stirn.

Weint denn niemand über deinen Sturz, über dies Ende einer so großen, so glühenden und so bitter Hoffnung? Wer sollte den weinen? Du warst beinah immer allein. An deine Mutter hast du schon seit Jahren nicht mehr geschrieben, sie hat einen fremden Mann geheiratet, dein Vater ist ja tot, er ist im Weltkrieg gefallen. Wer sollte den weinen? Wer sollte denn das Antlitz verhüllen über deine jammervoll vergeudete Jugend, über deinen jammervollen, jammervollen Tod? — So drücken wir dir denn die Augen zu, auf daß sie nicht länger offenstehen und mit dieser stummen klage, diesem unsäglichen Vorwurf zum Himmel starren. Bist du nachsichtiger, armes Kind, jetzt im Tode, als dich ein hartes Leben es sein ließ? Dann wirst du es uns vielleicht verzeihen können, daß wir es sind — deine Feinde —, die sich als die einzigen über deine Leiche neigen.

Denn dein Schicksal hat sich erfüllt, es ging schnell. Du hast das Ende provoziert, du hast es herbeigerufen. Hättest du sonst andere Knaben — noch unwissendere, noch jüngere, als du selbst einer gewesen bist — um dich versammelt und Verschwörung mit ihnen gespielt? Wem wolltet ihr denn ans Leben? Eurem «Führer» selbst, oder nur einem seiner Satrapen? Ihr meintet, alles müsse «ganz anders» werden — dies war ja von jeher euer großer Wunsch. Die nationale Revolution — so meintet ihr —, die wirkliche, echte, kompromißlose Revolution, um die man euch so schmählich betrogen hatte: nun sei sie fällig und überfällig. Ging nicht sogar ein Brief von euch ab an einen Mann in der Emigration, der ehemals ein Freund eures Führers gewesen war und sich von ihm enttäuscht gefunden hatte, wie ihr?

Alles wurde verraten, natürlich wurde alles verraten, und eines Morgens erschienen uniformierte Burschen in deinem Zimmer, du hattest früher schon mit ihnen zu tun gehabt, es waren alte Bekannte — und sie forderten dich auf, in einen Wagen zu steigen, der unten wartete. Du sträubtest dich auch nicht lange. Man fuhr dich ein paar Kilometer vor die Stadt, in ein Wäldchen. Der Morgen war frisch, du frorst, aber keiner von den alten Kameraden gab dir eine Decke oder einen Mantel. Der Wagen hielt, und man befahl dir, ein paar Schritte spazierenzugehen. Du gingst die paar Schritte. Du spürtest noch einmal den Geruch des Grases, und ein morgendlicher Wind berührte deine Stirn. Du hieltest Dich aufrecht. Vielleicht wären die im Wagen erschrocken über den unsagbar hochmütigen Ausdruck deines Gesichtes; aber sie sahen ja dein Gesicht nicht, sie sahen nur deinen Rücken. Dann krachte der Schuß.

Dem Staatstheater, dessen Bühne du schon seit Wochen nicht mehr hattest betreten dürfen, wurde mitgeteilt, du hättest ein Autounglück gehabt. Man nahm die Nachricht mit Fassung auf und war keineswegs geneigt, ihre Richtigkeit nachzuprüfen. Fräulein Lindenthal meinte: «Schrecklich, ein so junger Bursch! Uebrigens hatte ich nie besondere Sympathie für ihn. Er sah irgendwie beunruhigend aus — finden Sie nicht auch, Hendrik? Er hatte so böse Augen…»

Dieses Mal gab Hendrik seiner einflußreichen Freundin keine Antwort. Ihm graute davor, sich das Gesicht des jungen Hans Miklas vorzustellen. Es erschien ihm aber, ob er es wollte oder nicht. Da stand es vor ihm, ganz deutlich in der Dämmerung des Korridors. Die Augen waren geschlossen, auf der Stirne lag Glanz. Die trotzig vorgeschobenen Lippen bewegten sich. Was sprachen sie denn? Hendrik wendete sich ab und floh — rettete sich in den Betrieb des Tages —, um die Botschaft nicht vernehmen zu müssen, die für ihn dieses strenge, vom Tode zauberhaft verschönte Antlitz hatte.

Klaus Mann. Mephisto – Roman einer Karriere (1936).

01/12/2016
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Cabe al leer adoptar una de estas tres actitudes:

Primera. La del que no ha pensado sobre el asunto y lee para aprender del autor, reconociendo de antemano su superioridad.

Segunda. La del que, sin presunción, sabe que ha trabajado más sobre el asunto que el autor, y le interesa ver si éste coincide, si evita los escollos del problema, si ve la cuestión bajo otro haz.

Tercera. La del que, sin haberse fatigado ni un solo minuto en pensar sobre el asunto, lee para indignarse de que el autor no piensa como él. Este es el modo de leer más frecuente en España hacia 1927.

José Ortega y Gasset. Masas. El Sol, 8 de mayo de 1927.

El precio del oro

15/11/2016

CAPÍTULO 51

Hubo, empero, un artesano que logró hacer un frasco de vidrio irrompible. Por este motivo fue presentado con su regalo ante el César. En un momento dado, le rogó al César que se lo devolviese, y lo arrojó al suelo. El César no pudo disimular su gran admiración. El otro recogió del suelo el frasco, que solamente se había abollado como un pocillo de bronce. Con un pequeño martillo que sacó del pecho, arregló el frasco bonitamente, sin apurarse. Hecho esto, creyó tener ya a Júpiter por los cojones (1), especialmente cuando el emperador le preguntó si había alguien más que conociese la fabricación de aquellos vidrios. ¡Imagínate lo que pasó! A su respuesta negativa, el César ordenó que lo degollasen porque si la noticia se hubiera difundido habríamos tenido el oro al mismo precio que la basura (2).

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(1) Proverbio popular para indicar el resultado exitoso de una empresa.

(2) Anécdota célebre en la antigüedad. Plinio (H.N., 36, 195) y Dión Casio (H.R., 57, 21, 7) la sitúan en el gobierno de Tiberio.

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Tito Petronio Árbitro. El Satiricón (en torno al 16-66 d.C.).

Los motivos del odio al pueblo judío

06/11/2016

Los motivos más profundos del odio a los judíos tienen sus raíces en tiempos muy remotos, actúan desde el inconsciente de los pueblos y, a no dudarlo, podrán parecer inverosímiles de primera intención. En efecto, me atrevo a afirmar que aún hoy no se ha logrado superar la envidia contra el pueblo que osó proclamarse hijo primogénito y predilecto de Dios-Padre, cual si efectivamente se concediera crédito a esta pretensión. Además, entre las costumbres con que se distinguieron los judíos, la circuncisión ha impresionado desagradable y siniestramente, debido sin duda a que evoca la temida castración, tocando con ello una parte del pasado prehistórico que todos olvidarían de buen grado. Y, por fin, como motivo más reciente de esta serie cabe tener presente que todos esos pueblos, hoy destacados enemigos de los judíos, no se convirtieron al cristianismo sino en épocas relativamente tardías, y muchas veces fueron compelidos a hacerlo por sangrienta imposición. Podría decirse que todos ellos fueron, en cierto momento, «mal bautizados»; que bajo un tenue barniz cristiano siguen siendo lo que eran sus antepasados, adoradores de un politeísmo bárbaro. No lograron superar todavía su rencor contra la nueva religión que les fue impuesta, pero lo han desplazado a la fuente desde la cual les llegó el cristianismo. La circunstancia de que los Evangelios narran una historia que sucede entre judíos y que, en realidad, sólo trata de judíos, ha facilitado, por cierto, semejante desplazamiento. En el fondo, el odio de estos pueblos contra los judíos es un odio a los cristianos, y no debe sorprendernos que esta íntima vinculación entre las dos religiones monoteístas se haya expresado tan claramente en la persecución de ambas por la revolución nacional-socialista alemana.

Sigmund Freud. Moisés y la religión monoteísta / Moses und die monotheistische Religion (1938).