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Cultura de masas

22/02/2010

Internet: cultura de masas por primera vez

En 1957, los sociólogos Bernard Rosenberg y David Manning White publicaron una antología convertida en un hito llamada Mass Culture: The Popular Arts in America (La cultura de masas: las artes populares en América). Con ensayos de figuras como Dwight McDonald, George Orwell, José Ortega y Gasset, T. W. Adorno y otros  grandes intelectuales, Mass Culture era una cristalización de la opinión culta sobre la materia.

Los sensacionales colaboradores del libro estaban divididos en partidarios de la cultura de masas y contrarios a ella, el grupo mayoritario de los cuales era el segundo. En su ensayo introductorio, Rosenberg presentó la posición hostil, escribiendo que, «en el peor de los casos, la cultura de masas amenaza no sólo idiotizar nuestros gustos, sino brutalizar nuestros sentidos, mientras allana el camino al totalitarismo». Rosenberg lamentaba lo que percibía como una cultura de masas «repetitiva» y «estandarizada», así como sus dos supuestos básicos de que «todo es comprensible» y «todo es remediable», y su «efecto de ausencia de esfuerzo, con lo que Shakespeare podía ser introducido en el mercado junto con Mickey Spillane».

White presentaba un punto de vista opuesto. Recordaba a los lectores que la exaltación alemana por la alta cultura no impidió la barbarie del holocausto. Apuntaba también que la cultura de masas en su día fue rica y diversa, y que tuvo éxito en llevar el arte y el pensamiento formal a cada vez más gente. En lugar de provocar una lectura sofocante o un aprecio por la música clásica, la tecnología estaba  causando una explosión en la publicación de libros adustos y la producción de discos serios. En 1969, cuando los dos coeditores publicaron una segunda antología para volver a tratar el tema, sus líneas de razonamiento continuaban divididas conforme a los mismos criterios.

Medio siglo después, el debate entre Rosernberg y White parece tan arcaico como familiar. Los dos tenían razón, por supuesto. Lo que querían decir por «cultura de masas» es lo que se podría llamar una originalidad  pendular que se balancea entre responder y conformar el gusto del  público. Era verdad que esta «cultura de masas» daba la impresión de que el arte más difícil era «comprensible» y que los problemas humanos de más difícil solución eran «remediables». También permitió el disfrute del arte y la percepción de la complejidad intelectual a más gente que nunca antes. Al igual que Internet, la cultura de masas de la posguerra era una bendición y una maldición, ambas de proporciones crecientes. Pero, a diferencia de Internet (hasta el momento), provocó una observación atenta que aceleró los avances en sus aspectos positivos. Rosenberg y White estaban equivocados en una sola cosa: ni en 1957 ni en 1969 ni nunca antes del momento actual existió la cultura de masas.

En las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta, había una cultura para las masas. Sí, fue producida por las grandes compañías de discos, por las editoriales de libros, por las revistas de circulación masiva como Life, Look, Time y Newsweek, y por los libros de cómic. Estos últimos, en concreto, agitaron a Rosenberg, quien declaró que «esta espantosa yuxtaposición de palabras como “cómics de guerra” y “cómics de terror” pueden encontrarse en nuestro nuevo léxico». En aquel entonces, había tres cadenas de televisión principales, un puñado de estudios de Hollywood y, comparado con el presente, un limitado número de emisoras de radio, todas ellas comerciales. Pero la cultura para las masas no es lo mismo que la cultura hecha por las masas.

Nadie en 1957 podía responder a la serie de televisión Honeymooners (Recién casados) con un mash-up (una «reedición») de los capítulos en el que el espectador mismo apareciera en una escena con Ralph Kramden, uno de los protagonistas. Nadie en 1969 podía apretar un botón, hacer clic en un ratón y convertirse en una «personalidad viral» reconocida en todo el mundo. Nadie hasta hace diez años podía levantarse por la mañana, arrastrarse hasta el ordenador antes de vestirse y conectar con más gente con albornoz para compartir más pensamientos íntimos que en los escritos de William Faulkner, pese a su renombre. Nadie podía ir a su enciclopedia y reescribir la entrada de datos sobre este escritor (y hacer que sus nuevas anotaciones aparezcan simultáneamente en cada copia de la enciclopedia en el mundo). Por primera vez en la historia humana, todos somos, como podrían haber dicho McLuhan, Toffler y Omidyar, productores y consumidores al mismo tiempo. Esto es la cultura de masas.

«Masas» es la palabra funcional. Contrariamente a lo que dicen Toffler, Omidyar y todos sus acólitos en línea, la cultura de la Red no representa la llegada titánica de la variedad, la aleatoriedad y la individualidad. Al permitir que toda persona pueda atraer a las masas, Internet está impregnando a cada individuo «productivo» con una consciencia de masas…

Lee Siegel (2008). Against the Machine / El mundo a través de una pantalla. Ser humano en la era de la multitud digital.

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